Dos gemelas argentinas de 12 años decidieron terminar con sus penurias arrojándose al vacío desde el balcón del departamento donde vivían, en la ciudad de Sabadell, Barcelona.
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José Luis Ferrari
En Mar del Plata se está llevando adelante un nuevo juicio que investiga la muerte de Lucía Pérez, una adolescente que murió como consecuencia de una sobredosis al ingerir voluntariamente cocaína. La familia sostiene que la drogaron y que abusaron de ella. En el primer juicio quedó claro que nada de esto pasó.
Tal cual adelanté en anteriores columnas, los violentos fueron condenados. En mi opinión, están bien impuestas las condenas.
Terminó el proceso penal con la justa condena impuesta a las culpables de tamaña atrocidad.
Ningún acto de gobierno, y mucho menos la política de seguridad, puede estar sustentada en no respetar la ley y los derechos de las personas, porque de suceder eso cualquiera de nosotros está en peligro.
Pasaron los alegatos, largos, trabados y tediosos por parte de los acusadores, fiscalía y abogados de la familia de la víctima, y con abuso de la emocionalidad. Mientras tanto, la gran sorpresa fue el letrado de los acusados, el impenetrable Hugo Tomei.
La dinámica y el interés general de la información no me permitieron abordar la absurda y evitable muerte de Lucio, el chiquito de 5 años que murió a manos de muchos y que sólo llevo a juicio a la madre y su pareja. Los primeros días de febrero tendremos la sentencia.
Como no podía ser de otra forma y a medida que se acerca el final del juicio, con la consecuente e inexorable condena a los homicidas, aparecen voces anónimas que claman por clemencia para el grupo de jóvenes asesinos que mataron a Fernando Báez Sosa.
Les queda poco tiempo para intentar escapar a morir en prisión. En estos momentos se vuelve evidente la ausencia de la familia que no decide cuanto menos nombrarles otro abogado y así intentar despegarse de lo que será la segura condena de todos.
Pasaron casi tres años desde la fatídica noche en la que ocurrió un trágico episodio de violencia, de esos que vemos todos los días. A la salida del boliche Le Brique de Villa Gesell, un grupo de rugbiers golpeó salvajemente en el piso al joven Fernando Báez Sosa y sus amigos. La peor parte fue para Fernando, que murió en la puerta del local después de la inexplicable golpiza.