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El salmón

*Por Dante Augusto Palma. Si hay algo que caracterizó a Kirchner, fue ser un hombre de decisión. Esto es lo que se entendía en un principio por "estilo K": ritmo frenético, adelantamiento y sorpresa.

"Siempre seguí la misma dirección, la difícil, la que usa el salmón." Andrés Calamaro

El romanticismo alemán del cual han abrevado pensadores argentinos de distintas tradiciones decía que la mejor forma de entender determinados tiempos históricos era a través de la figura de los "grandes hombres" que los protagonizaron. Ahora bien, la idea de "gran hombre" no pretende ser un calificativo positivo necesariamente sino que más bien hace referencia a la acción de aquellos cuyo desconocimiento nos impediría comprender la historia en toda su dimensión. Stalin, Hitler, Guevara, Allende, Bin Laden, Gandhi, Menem, son, en este sentido, "grandes hombres" no porque sean equiparables o porque su influencia haya sido similar, sino porque en ellos se condensa un zeitgeist, un espíritu de época.

Creo que puede sumarse a Néstor Kirchner a esta lista de hombres que tanto seguidores como detractores no pueden obviar. Sin duda, un año de su muerte es demasiado poco para poder medir objetivamente la relevancia de una figura, máxime cuando su legado está presente en un proceso que está lejos de concluir y que acaba de conseguir un apoyo en las urnas que deriva en un tercer mandato consecutivo. Sin embargo, y a pesar de correr el riesgo de estar demasiado impregnados e inmersos en el presente, lo intentaremos.

Kirchner fue un hombre con ambición de poder y que entendió que la política no es aquella articulación consensual en la que el conjunto de actores racionales de la sociedad resuelve sus diferencias haciendo que todos ganen y pierdan por igual. Esto supone que la política tiene un carácter agonal, término que proviene del griego "agon", esto es, "disputa". No sabemos si tal mirada sobre el poder estaba arraigada mucho antes o fue casi la consecuencia necesaria del contexto en el que asume Kirchner, con su 22 por ciento a cuestas, un país incendiado, y contra los pronósticos de los "escribanos de la buena salud de la nación republicana" que auguraban un máximo de seis meses de mandato.

Ahora bien, más allá de que, como el búho de Minerva, levantemos vuelo tarde y en retrospectiva podamos darle sentido y continuidad a las decisiones políticas de los primeros años de Kirchner en el poder, más bien cabe decir que muchas de ellas no fueron azarosas pero tampoco parte de una estrategia. Lamento desilusionar a aquellos que sólo consiguen erecciones buscando desentrañar teorías conspirativas de hombres muy malos, con cara y cuerpo de malos también. Pero digamos que las decisiones de Kirchner hicieron camino al andar y fueron la muestra de la lógica de unos tiempos donde el largo plazo era, más que la figurita difícil, un álbum inexistente.

Sin embargo, tampoco caigamos en la otra interpretación que atenta igualmente contra el mérito de tales decisiones. Me refiero a los que afirman que se trataba de acciones inevitables, naturales, casi condicionadas históricamente y que cualquiera las hubiera llevado adelante porque el contexto así lo exigía. De ningún modo esto es así, pues no hay devenires inevitables de la historia y esta se reescribe constantemente. Hubo voluntad y decisiones porque si hay algo que caracterizó a Kirchner, fue ser un hombre de decisión.

Esto es lo que se entendía en un principio por "estilo K": ritmo frenético, adelantamiento y sorpresa. Por esto es que me atrevería a afirmar que muchas de sus decisiones no fueron producto de la presión popular ni de reivindicaciones de la ciudadanía. Así, aunque resulte antipático, Kirchner se adelantó e hizo suyas reivindicaciones que luego fueron apoyadas por buena parte de la ciudadanía. Algunas de esas decisiones estuvieron a la izquierda de la sociedad o fueron mucho más allá de lo que la gran mayoría esperaba. De este modo, la construcción política se hizo de arriba hacia abajo y la base de sustentación del kirchnerismo se constituyó a partir de esas decisiones. Una vez más, esto no es necesariamente negativo pues las construcciones se comienzan por donde se puede. Pero esa construcción que tuvo sus mojones y que tenía directrices amplias enmarcadas en cierta tradición del peronismo, no tenía nada pre-escrito, era puro acontecimiento, pura acción.

En este sentido, me atrevería a decir que el kirchnerismo como fenómeno político comienza a aparecer, paradójicamente, una vez que él deja la presidencia y se produce la partición de aguas del conflicto con las grandes corporaciones del país encarnadas en el ficcional "campo". Considero que esto se da recién en ese momento porque hasta allí la identidad kirchnerista no era clara y se mantenía más bien oscilante entre la transversalidad y el aparato del PJ, aparato que, a su vez, se intentaba "depurar" pero para lo que no había tiempo.

Digamos entonces que hasta el 2008 había líneas generales: una intención clara de recuperación del Estado; un cimiento institucionalista clave como la nueva Corte Suprema; la decisión política de avanzar contra las leyes de impunidad, y señales de autonomía en la negociación por la quita de la deuda, el desendeudamiento con el FMI y el "ALCA, ALCA, al carajo" de Mar del Plata que inauguraba una épica de la patria grande latinoamericana como nunca antes se dio en la historia. Sin embargo, todavía no existía el "kirchnerismo" y paradójicamente, lo mejor estaba por venir porque el Kirchner más disruptivo es el de la adversidad, el que "escapa" hacia adelante doblando la apuesta. Así nadie confiaba en que después de la derrota esmeriladora que le propinó "el campo" y la consecuente cachetada de las legislativas, el kirchnerismo pudiera recomponerse y lo hizo probablemente con una tozudez casi irracional. Se trataba de, en el peor momento, ir por la batalla final: la ley de medios.

Creo que ese es el punto central, el cual, no casualmente, es el imán que atrae a toda esa inmensa masa de juventud que antes que en su velorio, ya se notaba presente en los festejos del bicentenario.

La clave estuvo en que Kirchner fue el hombre que estando en el poder se posicionó como un contrapoder. Esto, otra vez, más que una estrategia, fue ante todo, una posición realista. Y por más que algunos se escandalicen, es claro que se libró una batalla por el poder. ¿Por qué no habría de hacerlo? Si es el elegido por el pueblo ¿por qué relativizamos y demonizamos una pelea con el eslogan de "es una lucha por el poder"? En este sentido, Kirchner mostró que el poder no estaba en la clase dirigente elegida por el pueblo sino en las corporaciones económicas cuya principal arma cultural son los medios de comunicación. Es por eso que entendió que la batalla era por la hegemonía y que el sujeto de ese cambio tenía que reconstituirse. Esto suponía nadar contra la corriente, como el salmón, y, eventualmente, saber que podía no haber regreso.

Era una disputa a todo o nada y es ahí que apareció con claridad el enemigo, no en el sentido que algunos intelectuales venidos a menos y periodistas con ínfulas de buenos lectores, les adjudican a los K en tanto seguidores de la línea del nazi Carl Schmitt. No muchachos. Del ridículo no se vuelve. El proyecto K es perfectible pero no es nazi, no es fascista, no persigue imbéciles impunes con pluma o micrófono. Y una buena razón para comprender esto, además de la realidad, es que, justamente, en el kirchnerismo que todavía se está haciendo y que no tiene una identidad fija, confluyen dos tradiciones bastante distintas. Por un lado una tradición democrática y popular más cercana al primer peronismo y a sus ideales, este que se erigía sobre la preponderancia de lo colectivo y de la voluntad general de Rousseau. Pero, por otro lado, también hay una base institucionalista, republicana y liberal en este proceso que en cierto punto podía encontrarse en los principios del peronismo aun cuando pudieran estar en tensión con la otra tradición.

Hablo de que buena parte de las políticas de inclusión de ciudadanía se hace sobre la base de derechos individuales, algo que pone límites a los avances colectivistas. En este sentido, contra los derechos individuales no hay decisión, ni voluntad colectiva legitimada para vulnerarlos. Así, en el caso de Kirchner, la relación con el enemigo supone una disputa cultural que nunca llega a la posible aniquilación física como se sigue de pasajes de los libros de Carl Schmitt y no hay decisionismo autoritario en un gobierno que no ha abusado de los decretos de necesidad y urgencia y que ha hecho de la política de derechos humanos un rasgo identitario.

En todo caso hay elementos que pueden entenderse en la lógica de Ernesto Laclau, este filósofo que era desconocido por las principales plumas y que ahora parece ser un nuevo López Rega que es tema de conversación hasta en las peluquerías de Recoleta donde ganó el binnerismo. En Laclau está el populismo entendido como una lógica de lo político que supone partir aguas, identificar a un otro para darle unidad al sujeto de la transformación. Asimismo, las categorías de Laclau también permiten entender cómo el pueblo no es algo dado sino que es constituido alrededor de la dimensión afectiva en torno a un líder y en el marco de una operación discursiva.

Esto es lo que da lugar a los que se escandalizan con la palabra "relato", entendido como "ficción", y suponen que existe un ámbito de la política en la que esta es una "no-ficción" que hace prescindible cualquier "relato", pues la verdad no necesita a nadie que la narre, está allí, esperando ser descubierta para hablar por sí sola.

En lo particular, creo que somos los que intentamos hacer historia de las ideas y los procesos los que incluimos a Kirchner en una u otra tradición y no a la inversa, como creen algunos, esto es, que marido y mujer se ponían a leer autores nazis y neomarxistas antes de dormir y al otro día decidían perseguir periodistas independientes.

Con todo, cabe señalar que Kirchner no es un mérito nuestro y no es el emergente natural de unas condiciones objetivas. En otras palabras, de la crisis del 2001 no se seguía un gobierno que tomara las decisiones que él tomó. De hecho basta repasar el resultado de las elecciones de 2003 para notar cómo el 70 por ciento de los votos fueron a Menem, López Murphy, Adolfo Rodríguez Saá y Carrió. Tampoco tengo la sensación de que una mayoría de la ciudadanía tuviera claro el camino a seguir. Más bien había perplejidad, escepticismo y estupor.

En esta línea, el camino del salmón, como no podía ser de otra manera, fue a contramano de lo esperable, y a diferencia de la mayoría de los gobiernos que han asumido con grandes porcentajes del voto popular, pareciera que Kirchner y su propuesta han hecho el camino inverso y han ido convenciendo a cada vez más gente de que el camino correcto era el que todavía quedaba por transitarse. El salmón, como todos sabemos, nada contra la corriente para desovar y morir. Es responsabilidad de los que nacen de esa acción tomar en sus manos el curso de una historia abierta que todavía está por escribirse.