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Del cepo al cepo: la licuación de los salarios y las jubilaciones

Por Marcelo Ramal. La apertura al capital internacional ha terminado en una nueva cesación de pagos.

Que el gobierno de Macri termine sus días con un megacepo –cuando había debutado con el levantamiento del cepo kirchnerista- nos dice mucho respecto del fracaso de sus propósitos. La apertura al capital internacional ha terminado en una nueva cesación de pagos, porque el Banco Central carece de los recursos para atender cualquier demanda de dólares. Sin embargo, y al igual que el cepo “nacional y popular” de 2011-2015,  el grillete cambiario del macrismo no será igual para todos. La salida de capitales continuará, por la vía del pago de vencimiento de deuda y por la caída de depósitos, que están contabilizados en las reservas del Banco Central.  Como siempre ocurre en estos casos, sólo el pequeño ahorrista quedará esposado de pies y manos. Los grandes operadores, por su parte, seguirán contando con la variante del “contado con liqui”. 

Las primeras horas del “megacepo” han presentado una calma aparente, que seguramente será desafiada por el cúmulo de contradicciones que alberga el desmadre económico.  El gobierno carece de financiamiento, y los compromisos de gasto de acá a fin de año obligarán a una mayor emisión. A tal efecto, ha empezado a desmontar las colocaciones en Leliq,  con los efectos explosivos que ello acarreará en el plano inflacionario.  En esas condiciones, el megacepo augura un “megasalto” del mercado paralelo,  y una nueva escalada de los precios a la altura de un dólar que nadie tendrá,  pero que todos sentirán a la hora del bolsillo.

La licuación de la deuda pública en pesos–que es lo que busca ese salto inflacionario- será también la licuación de los salarios y las jubilaciones, lo cual debe obrar de poderoso alerta para los trabajadores y sus organizaciones.   Las elecciones, que terminaron hace horas, constituyen un acto de delegación política.   Pero muy pronto, estará claro  que los que viven de su trabajo tendrán que tomar en sus manos –y no delegarle a nadie- la defensa de sus más elementales condiciones de vida.

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