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Y “sí se puede”: ¿por qué no hacerlo ya?

Por Mariano Gendra. Los ochenta días que separan las PASO de las elecciones se han transformado en un eterno limbo.

Los ochenta días que separan las PASO de las elecciones se han transformado en un eterno limbo. Si antes de esa fecha convivíamos con una grave crisis política, el efecto de las primarias no hizo más que profundizarla.

Nuestro presidente, que hasta entonces no había sido capaz de percibir el hondo malestar de la sociedad, se deshace ahora en expresiones de comprensión y conmiseración hacia un pueblo que, castigado por todos los flancos, harto de sacrificarse para estar cada día peor, en el más honrado  acto democrático finalmente le dijo “basta”.

Los más de 15 puntos de diferencia con respecto al principal candidato de la oposición dispararon un tardío revoleo de medidas que intentaron paliar el daño ocasionado en estos tres años y medio; pero de una forma torpe, desarticulada y abiertamente contraria a lo que el gobierno venía sosteniendo desde sus propias huestes. Enajenados por la urgencia de la campaña, soltaron a mansalva decisiones improvisadas e inconsultas que desordenaron aún más el caótico escenario. Basta como ejemplo el congelamiento de los precios de los combustibles, que no soportó los 90 días previstos, recortándose apenas a 33; o la quita del IVA a los alimentos que, aunque en la práctica resultó casi imperceptible para los bolsillos de los consumidores, generó un enorme trastorno en las cuentas de las provincias, con intervención judicial incluida; o la demorada implementación de la emergencia alimentaria.

Todo lo que no pudieron, no supieron o no quisieron hacer, ahora lo levantan como promesa de campaña. Y otra vez se equivocan. Ya no son esa oposición que en 2015 podía llenarse la boca con promesas vacías, asumiéndole los adalides del cambio, los gestores de “la revolución de la alegría” y los jardineros de esos brotes verdes que serían regados por lluvias de inversiones. Hay un abismo de distancia: primero, porque la situación del país es varias veces más grave que la de entonces; segundo, porque fueron ellos mismos los que causaron ese deterioro; tercero, porque solo quien está actualmente en ejercicio del Ejecutivo tiene el poder para tomar las decisiones necesarias para modificar esta realidad.

Pero embarcado en su Road Tour 30-30, Mauricio Macri parece demasiado ocupado como para gobernar. Está más entusiasmado con su rol de candidato al que ovacionan sus acólitos que con el de presidente de la nación. Inyectados por un optimismo injustificado, insisten en corear impunemente el mantra del “Sí, se puede”, como una consigna atemporal e impersonal, liviana de objetivos y responsabilidades. Si, como dicen, se puede, ¿por qué no hacerlo ya? Y si no puede ni pudo, ¿por qué iría a poder en el futuro?

Si necesita esperar al 11 de diciembre para convertir las promesas en realidad es lisa y llanamente porque nunca las va a concretar; son, otra vez, ofertas huecas que solo generan más desesperación y agudizan la inestabilidad política. Ahí reside precisamente una de las mayores debilidades de este gobierno, la sociedad ya no le cree. A esta altura, ninguna de las palabras que pueda decir genera alivio, sino por el contrario, causa malestar e incertidumbre.

Toda promesa genera unas expectativas que más tarde se contrastarán con los resultados. Y los resultados hoy nos pegan donde más nos duele: índices record de pobreza, inflación galopante, endeudamiento irremontable, industricidio y desempleo. Una economía que refleja la crisis política y social que venimos padeciendo en los últimos cuatro años.

El daño ya está hecho. El próximo gobierno habrá de lidiar con emergencias de todo tipo y otros cuatro años de inflaciones de dos dígitos. Confiemos en que estará a la altura desde el primer día. Que todos lo estemos. Ya no al amparo de la promesa, sino del compromiso.

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