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Son las reglas

*Por Ernesto Tenembaum. Toda la gente, hasta la más testaruda, termina por rendirse al sentido común. Si de un lado hay una Jefa, con el cincuenta por ciento de apoyo popular, del otro lado no hay nada.

(N. del A.: Para tranquilidad del lector hay que aclarar que esto nunca sucedió ni sucederá en la Argentina. Es pura ficción, sobre todo si se tiene en cuenta que entre Cristina y Moyano está todo bien. Nunca las cosas estuvieron mejor. Lo demás son sólo habladurías de quienes quieren perjudicar al modelo imaginando una ruptura donde sólo hay paz y armonía. Cualquier semejanza con la realidad es imposible.)

La llamada puede provenir de un operador –de esos experimentados, de esos que conoce todo el peronismo, de esos que no conoce casi nadie de los que están ajenos a la política–, o de uno de tres ministros –¿el de Santa Cruz?, ¿el candidato porteño?–, o quizá de un jefe de Gabinete con pretensiones literarias.

Negro, sé que estás caliente, pero necesito hablar con vos, quizá le diga.

Se encontrarán, luego de ciertos retaceos acerca del lugar, en el primer piso de un sindicato ubicado en el barrio de Constitución, en un despacho en cuya antesala hay siempre una media docena de muchachos muy grandotes y donde el Negro exhibe muchos trofeos pero, sobre todo, un busto de sí mismo.

A ambos todavía les sonarán en la cabeza los últimos disparos cruzados. Las palabras de Ella, por ejemplo: "Cuando a una organización sindical solamente le impacta o le importa lo que les pasa a sus afiliados y a partir de eso toma actitudes que terminan perjudicando al conjunto de la sociedad deja de ser un sindicato para transformarse en una corporación... Estoy cansada de las hipocresías, estoy cansada de los que dicen ayudar y vivan el nombre de Cristina y al otro día hacen exactamente todo lo contrario para que esto tenga problemas o se derrumbe".

Y también la respuesta de El Negro, a través de uno de sus laderos. "En este ispa parece que pueden hacer política cantantes, actores, deportistas, vedettes, empresarios, amas de casa, vagos, fiscales, escritores, curas, rabinos, payasos, narcos, periodistas, apropiadores, apropiados, pero sindicalistas NOOO! Los sindicalistas le venimos bien a la política cuando las papas queman. Tenemos que poner el cuerpo, la cara, los h..., pero participar no. Lo peor es que ese pensamiento lógico, en Clarín, en La Nación, en la Sociedad Rural, en Techint, Alfonsín, Macri, Carrió... lo tomen quienes se dicen peronistas..."

El enviado será un hombre con experiencia, de esos que saben qué cara poner en cada momento y por eso estará preparado para escuchar durante media hora la catarsis del Negro. Los dos sabrán a estas alturas que las cosas no están bien, que pueden estar aún peor, que quizá sea la última vez que hablen en mucho tiempo y que es ocioso ponerse a discutir quién tiene razón, quién empezó la pelea, quién es más desleal que el otro, quién le debe qué a quién. Pero también que será inevitable hacerlo.

Las cartas, en definitiva, están echadas.

–Quiere que te bajes –dirá el enviado en algún momento.

–¿Que me baje de dónde?

–De la CGT. Antes de las elecciones.

–¿Me estás jodiendo? –dirá El Negro, casi fuera de control.

El enviado estará preparado para esa reacción.

–Mirá, Negro: a vos no te voy a enseñar a ser peronista. Y vos sabés que algunos puestos son del Jefe del movimiento, desde que este negocio existe. Ahora, la Jefa es ella y ella elige al jefe de la CGT. No te quiere.

El Negro se pondrá a gritar: que cuando lo necesitaron para movilizar gente durante el conflicto rural les llenó tres veces, no una, la Plaza de Mayo, que movió a su gente para intimidar ruralistas hasta Entre Ríos, que puso la estructura a disposición las veces que fue necesario, que organizó los actos más importantes para el kirchnerismo, que estuvo en las buenas y en las malas, estuviera o no de acuerdo, que él es tan creador del modelo como casi ningún otro, que pese a todo eso nunca le pararon las causas judiciales en su contra y, en un exabrupto, llegará a decir algo así como "siempre supe que estos zurdos nunca me quisieron, pero cuando hubo que enfrentar a Menem éramos pocos y ustedes no estaban".

–Son las reglas, Negro –explicará suave, pacientemente, el enviado.

Además, las cosas no son exactamente como vos las decís: también recibiste todo lo que querías para las obras sociales, y el Gobierno te entregó la cabeza de Ocaña, que vos pedías, y pagamos costos por errores tuyos como lo de Madonna Quiroz o el asesinato de Beroiz por cuestiones internas, o el día que Facundito destrozó las oficinas de peaje o el bloqueo contra Clarín que nadie decidió en la Casa Rosada. No sólo vos bancaste, también te bancamos a vos. Pero nada de eso es importante. Lo que importa ahora es que te bajaron el pulgar, y vos lo tenés que aceptar. Ningún Jefe tolera que le amenacen, desde adentro, con pararle el país, o que le exijan cargos que él no ofreció, o que le recriminen que no es un trabajador, o que no consensúen con él las medidas de fuerza, o que lo amenacen con twitters.

Te bajaron el pulgar, Negro. Tenés que aceptarlo.

A estas alturas, el Negro estará nuevamente de pie, dibujando surcos sobre la alfombra.

–Eran los códigos con Néstor. Nos bancábamos los errores. Nos apoyábamos mutuamente. Y así construíamos.

–Sí. Pero Néstor ya no está.

–Se nota. Por eso ella ahora muestra lo que es: rompe todo los códigos, presiona para que no pidamos aumentos, debilita el modelo sindical, se alía con el enemigo. Se ve que lee La Nación todas las mañanas.

–Negro, podés tener razón o no: pero es la Jefa. Ella manda. ¿Entendés?
Se hará entonces un silencio. El enviado posará suavemente su mano sobre la pierna derecha, que cruzaba sobre la otra, y el Negro lo mirará fijo. Largos e incómodos segundos.

–¿Y si no me bajo? –desafiará entonces, con una mueca parecida a una sonrisa.

–No me obligues a explicártelo.

–¿Vos estás seguro que soy el que más tiene que perder?

El enviado, entonces, dará la estocada.

–No hubo peronismo sin Perón, ni habrá kirchnerismo sin Cristina. Nosotros somos así. Si hay un jefe, hay un jefe. Sólo un líder sindical desafió desde la cúspide de la CGT al Líder.

–¿Me estás amenazando? ¿A mí me va a pasar lo que le pasó a Vandor?

–No es eso...

–Esperá: yo desafíé a todos, y les gané. A Menem. A Duhalde. ¿Dónde están ahora? A todos. ¿Me entendés? Me llegaron a poner una bolsa de merca en casa y sobreviví. Era mucho menos que ahora. ¿Con qué creen que me van a frenar? Déjenme afuera y siéntense a ver qué pasa.

–Te ofrecemos una salida digna. Replegate en tu sindicato. Vos entendés de esto. Nadie te va a joder si volvés ahí.

–No es así. Si me achico, termino preso. Yo sigo acá. Nadie se suicida. Y menos la Jefa.

–Ajá. Y nadie muere en las vísperas. Y en casa de herrero cuchillo de palo.

–No me tomés en joda, que esto recién empieza.

El enviado –el ministro de Santa Cruz, o el jefe de Gabinete, o el candidato porteño– se parará, estirará su mano para despedirlo y volverá a guardarla sin que nadie se la estreche.

–Andá. Vos conocés el camino –le dirá El Negro, sin mirarlo, sin levantarse de la silla.

El hombre caminará hacia su Peugeot y sonreirá. Tanto grandote armado y todo al pedo, pensará.

No esperaba más de esa reunión. Sólo había ido a transmitir un mensaje, no a ganar una discusión, ni mucho menos a conseguir, en apenas media hora, la cabeza del Negro. La ley de la gravedad, al final, siempre se impone. Toda la gente, hasta la más testaruda, termina por rendirse al sentido común. Si de un lado hay una Jefa, con el cincuenta por ciento de apoyo popular, del otro lado no hay nada.

Berrinches.

Caprichos.

Sólo eso, hasta aceptar lo inevitable.

El Negro va a entender que algunas personas sirven para una época y no para otra. Y sabrá esperar. Si no lo hace, las cosas se van a poner divertidas, como tantas otras veces en el peronismo.

Aunque, hay que reconocerlo, con Néstor todo era mucho más sencillo.

Es que era hombre, y entonces se encontraban, comían asado, hablaban de fútbol y todo fluía.

Con las mujeres no se puede.

Está claro que con las mujeres no se puede.