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Víctor Hugo Morales destrozó a Adorni: “Un mal bicho acorralado no deja de ser peligroso”

En su editorial, el periodista y conductor de La Mañana analizó lo que será una jornada marcada por la visita del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, al Congreso de la Nación para hacer el balance de la gestión.


Hoy ya lo tenemos a Adorni dentro del Parlamento. La derecha va a ese lugar a defender su derecho a robar sin pasamontañas. A cara descubierta, como si tal cosa.

Adorni debe haber pasado la noche mirando hacia el espejo, mirando la cara que pondrá hoy frente a los diputados. Seguramente habló solo, como una actora aprendiendo la letra. La corrigió varias veces, esa cara.

Puso cara de inocente, puso cara de ofendido. Se entrenó, estaba elongando, puso cara desafiante. Probó una sonrisa, para cuando surge ante los balcones las voces de la hinchada de Todos Somos Manuelito.

Adorni durmió como los que tienen un duelo a la mañana siguiente. Pensó en esquivar las estocadas y contraatacar con fiereza. Y sobre todo, como cualquier criminal, puso en claro que es inocente. Él ya siente que es inocente, que no hizo lo que hizo.

Las jubiladas, la escribana, las agencias de viaje Grandio, los hoteles, los aviones, los pasajes, Aruba, Río, Madrid, Punta del Este. Todo eso son inventos de los que quieren desestabilizar al gobierno.

Un hombre, fíjese usted, que debería estar preso por los robos propios y los del gobierno en general, subió las escaleras de mármol con la seguridad de un emperador, me lo imagino. Por lo menos eso se prometía anoche.

Una sonrisa aquí, otra más allá. Guiños a los cómplices que lo aplauden, conversaciones por lo bajo con Milei y miradas de entendimiento con Karina, bebiendo en la fuente de sus ojos la certeza del éxito final.

El otro día, cuando Milei dijo que no podía dejarse llevar por tres corruptos, ¿se acuerdan? Ahí se cortó en el aire, se quedó como pensando, se quedó en blanco.

El público contuvo el aliento, los segundos parecieron eternos y para escapar de su rostro demudado, el director de cámaras, pobre, ponchó a las personas en las que pensó Milei cuando se le escapó eso de los tres corruptos.

Ahí estaban Karina, Adorni. Después siguió Milei, pero esos segundos se apoderaron de todo lo que vendría más tarde.

Ahora, cientos de diputados lo van a estar mirando dentro de un rato. Cada uno sabe lo que es Adorni, y Adorni sabe que lo saben. Admitamos que no es fácil su papel.

Consideremos que el tipo tiene coraje. Ese coraje del que se emborracha en el bar y empieza a revolear una silla amenazando a los presentes. Un mal bicho acorralado no deja de ser peligroso.

El plan es el escándalo. Así no se puede hablar, entonces me voy. Zafar como sea de lo pesado que sería explicar la desventura de un ladrón atrapado con las manos en la masa.

¿Y el papel de Milei cuál será? ¿Desaforado y a los gritos? ¿Aplaudiendo cualquier respuesta de Adorni? ¿Arengando a la barra brava libertaria? Hay que recordar que afuera, al salir, los espera un país que no los merece, por más que se haya equivocado. Es mejor el país que esa runfla del gobierno.

Cuando bajen las escalinatas, cuando todo haya terminado, el país que Milei se ufana en señalar que come más huevos que nunca, que tiene récord de huevos fritos, pasados por agua, con mermelada, sin mermelada. Eso dijo en su discurso a la Nación del otro día. Bueno, huevos estrellados. A mí me parece que Milei y Adorni están en la sartén.

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