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Universidad para todos, una idea para abandonar

* Por Robert Samuelson. La cruzada, en Estados Unidos, de la universidad-para-todos ya no tiene razón de ser. Ha llegado el momento de abandonarla.

Como la cruzada para convertir a todos los norteamericanos en propietarios de viviendas, esta idea está perjudicando más que beneficiando a la gente. Figura como el mayor error en política educativa desde la Segunda Guerra Mundial, aún cuando la expansión de la educación superior también se encuentre entre uno de los mayores triunfos de la posguerra en Estados Unidos.

Consideremos lo siguiente. En 1940, menos de un 5 por ciento de los norteamericanos contaba con un título universitario. Asistir a la universidad era "un privilegio reservado para los más brillantes o más ricos" graduados de la escuela secundaria, escribió Diane Ravitch en su historia de la educación norteamericana titulada "The Troubled Crusade" (Una cruzada conflictiva). Pero ya no. En el último conteo, aproximadamente el 40 por ciento de los norteamericanos tenía algún tipo de título universitario: alrededor del 30 por ciento, un bachiller universitario (bachelor's degree) de una institución de cuatro años; el resto, títulos asociados de institutos terciarios comunitarios (community colleges).

Desde la década del 40, el gobierno promovió la educación universitaria. Entre 1947 y 1980, la inscripción saltó de 2,3 millones a 12,1 millones de estudiantes. Además del impulso democrático, ese surgimiento fue un reflejo "del viraje en la estructura ocupacional hacia el trabajo profesional, técnico, administrativo y gerencial", señaló Ravitch. La economía exigía destrezas mayores; la universidad conducía a puestos de trabajo mejor remunerados.

BOLETO A LA CLASE MEDIA

La universidad se convirtió en el boleto hacia la clase media, el único fin de la educación primaria y secundaria. Si no se iba a la universidad, se fracasaba. Mejorar el "acceso" -que más estudiantes asistieran a la universidad- fue lo que impulsó la política pública.

Fue una exageración. La obsesiva fe en la universidad tuvo un mal resultado.

Para comenzar, bajamos el nivel de exigencia de la educación superior. La manera más fácil de matricular y retener más estudiantes es bajar los requisitos. Aún así, las tasas de deserción son altas; en las instituciones de cuatro años, menos del 60 por ciento de los alumnos de primer año se gradúa en el plazo de seis años. Muchos otros no aprenden mucho.

En un libro reciente, los sociólogos Richard Arum y Josipa Roksa informan que el 45% de los estudiantes universitarios no mejoró en forma significativa su pensamiento crítico y su redacción después de dos años; tras cuatro años, la proporción aún era del 36 por ciento.

Aún así, la mayoría de estos estudiantes terminó la universidad, aunque muchos están llenos de deudas. La persistencia importa. La consecuencia mayor -y que se pasa por alto- de la obsesión con la universidad es que se ha socavado a la escuela secundaria. La primacía de la vía preparatoria para la universidad margina a millones de estudiantes, para quienes está desconectada de la "vida real" y de sus necesidades. La escuela los aburre y les molesta. Enseñarles es difícil, porque no están motivados. Pero también hacen que enseñar al resto sea más difícil. Su alienación y sus periódicas interrupciones agotan el tiempo y la energía de los profesores. El clima pedagógico está envenenado.

METIDA DE PATA

Es por eso que la universidad-para-todos ha sido una gran metida de pata. El tamaño único no funciona para todos, como ha sostenido el sociólogo James Rosenbaum, de Northwestern University. Es necesario motivar a los no-motivados. Una de las maneras es establecer vínculos más estrechos entre la escuela secundaria y los puestos de trabajo. Sin embargo, se da menos importancia a la educación vocacional y se la menosprecia. Los programas para aprendices, que combinan clases con capacitación en el trabajo -programas exitosos en Europa- son escasos.

La crítica contra la educación orientada hacia un empleo es que atrapa a los pobres y a las minorías en trabajos de baja remuneración y sin salida. En realidad, las expectativas poco realistas de ir a la universidad a menudo los atrapan en trabajos de baja remuneración y sin salida -o directamente en el desempleo-. Al subestimar estos programas se niega a algunos estudiantes el orgullo y la confianza en sí mismo, que produce dominar complicadas destrezas técnicas, creando al mismo tiempo escasez de mano de obra.

Hay mucha inquietud en la actualidad porque algunos países (por ejemplo, Corea del Sur, Noruega, Japón) tienen tasas de asistencia a la universidad, incluyendo capacitación técnica post-secundaria, más elevadas que las de EE UU. Esta ansiedad es errada. La mayoría de los empleos -el 69% en 2010, según cálculos del Departamento de Trabajo- no requiere un título de educación terciaria. Son camioneros, vendedores de tiendas, algunos técnicos. En teoría, estamos produciendo suficientes graduados universitarios para satisfacer nuestras necesidades.

La real preocupación es la calidad de los graduados en todos los niveles. La fijación con ir a la universidad, justificada en las primeras décadas de la postguerra, estigmatiza a los no-universitarios y minimiza sus necesidades de mayores destrezas vocacionales. Abarata el valor de un título universitario y genera el engaño de que sólo el título -no las destrezas y el conocimiento que lo sustentan- importa. Debemos repensar este asunto.