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Una invitación a hacer el bien

*Por Arnaldo Pérez Wat. La injusticia del Gólgota se repite cada vez que se tortura a un ser humano o se sacrifican niños inocentes.

Dice Archibald Joseph Cronin que cuando llegó a Viena, después de la Segunda Guerra Mundial, sufrió una desilusión: la catedral de San Esteban y la Ópera estaban despedazadas por las bombas. Caminaba; entró en una iglesia que se había salvado de la destrucción, esperando que pasase el aguacero. De pronto, llegó un anciano flaco y alto que llevaba en brazos una nena paralítica y le acomodó las manos en la baranda para que pudiese rezar.

oyó el eco de una moneda en la caja de las ofrendas, acto seguido, el vienés colocó un cirio en el altar.

–¿Es la guerra? –le preguntó Cronin señalando a la pequeña.

–Sí, la misma bomba que mató a sus padres.

–¿Vienen aquí con frecuencia?

–Sí, todos los días –dijo y, sonriendo levemente, añadió: "A mostrarle al buen Dios que no estamos enojados con él". Puso a la niña en un cajón con dos rueditas, sacadas de un coche de bebé al que ya no le quedaban ni las llantas de goma, y se marcharon.

Siempre los males del mundo se debieron en gran parte a la oscuridad del pensamiento, producto de la desinformación. La codicia y la presión por el poder y la riqueza son inherentes al espíritu humano. Cuando ellas se incentivan, no se vacila en engañar al pueblo y lanzar a los hombres a la guerra.

Viena simbolizaba la esperanza en esa época. El Danubio, dividiendo a la ciudad en dos, y los soldados rusos cometiendo arbitrariedades con los austríacos. En la década anterior, los soldados alemanes hicieron otro tanto. Cronin, autor de La ciudadela y de Las llaves del reino , reflexionó que en esa ciudad arrasada, mientras el cirio ardiese en el altar, parecía haber esperanzas para el mundo. Y el mundo tiene de ella algo que aprender.

Hacer el bien. En el Evangelio según San Mateo, se lee: "Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Yo, empero os digo que no hagáis resistencia al agravio; antes, si alguno te hiere en la mejilla derecha, vuélvele también la otra". No se puede obligar a nadie que haga suyas estas palabras, pero sí se lo puede invitar a que se decida por el bien. Quien hace el bien por convicción, no necesita de presiones. El que se ha olvidado del prójimo tiene –tras la celebración de Semana Santa– la oportunidad para meditar. "Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen; y orad por los que os persiguen y calumnian", dijo Jesucristo.

La celebración de Pascua invita a algunos a meditar sobre los desastres que amenazan a la humanidad: unos naturales, como cuando el océano invade ciudades sembrando terror. Pero otros peligros de extinción del género humano se fundan en pasiones exaltadas, como el odio, y se montan misiles apuntando hacia el país vecino. A la larga, el odio es un gasto improductivo que desde tiempo inmemorial ha dejado en el frente de batalla millones de víctimas inocentes.

Entonces, muchos seres piensan que para que no se trastorne la paz es menester buscar la virtud en su primera fuente y vuelven a las Sagradas Escrituras para obtener el ansiado eterno consuelo.

Preguntaba el pintor Gustave Coubert a su alumno de Bellas Artes: "¿Has visto a Jesucristo... ¿por qué haces entonces su retrato, si nunca lo has visto?". Es que Cristo puede aparecer en toda gran obra de arte como símbolo de esperanza para el que tiene fe y como símbolo cultural orientado al bien para la imaginación del artista agnóstico. Igualmente, aparece a diario en cualquier lugar, porque la injusticia del Gólgota se repite cada vez que se tortura a un ser humano o se sacrifican niños inocentes.