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Una guitarra en la tempestad

*Por Juan F. Marguch. Asegurar que no nos puede afectar el colapso económico mundial es ejercer la capacidad de manipulación y aislamiento que caracteriza al kirchnerismo.

El ministro de Economía y candidato a vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, afirmó con llamativa soltura que la Argentina está blindada frente a la crisis financiera internacional. Habida cuenta de su pasión rockera , es probable que en su declaración se haya deslizado un verso de alguna flamante composición de Fito Páez, que quizá se llame, casualmente, "Blindaje con asco".

Asegurar que nuestro país no puede ser afectado por el colapso económico mundial es ejercer, en su más alto grado, la capacidad de manipulación y aislamiento que caracteriza al kirchnerismo. Es verdad que, como ministro de Economía, Boudou está obligado a decir lo que dijo; su silencio o su alusión a un riesgo eventual hubiesen gatillado la alarma de pánico en un pueblo que tiene un muy afinado reflejo condicionado para evadir impuestos y fugar capitales ante el menor indicio de inestabilidad.

Los recuerdos de las "baladas de 2001" y del rock "corralito/corralón" deben estar seguramente vivos en la memoria del ministro cantor o cantor ministerial, da igual.

El problema con Boudou es que suele ser bastante difícil distinguir cuándo habla como ministro o como rockero .

Por cierto, con su temeraria afirmación no hizo más que prolongar una bizarra tradición nacional: la de creer que la Argentina es un territorio cubierto por una campana de cristal de 3.761.274 kilómetros cuadrados.

El mundo nos necesita. El argentino nace, crece, se reproduce y muere manteniendo siempre lozana su certeza de que el mundo lo necesita.

En el pasado, eran el trigo y la carne; ahora es la soja. ¿En el futuro? "En el futuro todos estaremos muertos", respondió John Maynard Keynes cuando le preguntaron por el porvenir de sus teorías económicas.

No estamos blindados contra nada ni contra nadie (ni siquiera contra nosotros mismos ni, menos aún, contra quienes tocan la guitarra dentro o fuera de un despacho ministerial).

Vivimos en un mundo cada vez más interrelacionado, donde lo que sucede o deja de suceder en un lejano rincón también nos afectará, por acción u omisión.

Los 50.323 millones de dólares de reservas no nos aseguran nada. Si se confronta esa suma con el vértigo de billones de dólares y euros que se manipulan de manera febril en estos días tratando de obturar gigantescos huecos presupuestarios y financieros, la única seguridad que nos brindan es la reconfortante sensación de que estamos mejor que numerosos países del África subsahariana.

Pero si nos comparamos con naciones económicamente más poderosas (España e Italia, para no hablar de Estados Unidos), nada ni nadie puede garantizarnos que no llegarán a nuestras playas oscuras oleadas de recesión o de reducción de los flujos de intercambio.

Es verdad que los países de la eurozona violaron todas las regulaciones de los tratados de Maastricht en materia de límites para el endeudamiento en relación con el producto interno bruto (hasta 60 por ciento de sus PIB) y déficits presupuestarios (tres por ciento).

Para agravar el problema, el euro se valorizaba cada vez más ante un dólar en incontenible proceso de degradación (Nicolas Sarkozy, recién llegado al Eliseo, postuló en 2007 abandonar el dólar como moneda de referencia o, por lo menos, compartir ese rango con el euro).

Adiós superávits gemelos. En nuestro país, un histérico continuismo disparó el gasto público y arrumbó la política prudente de los superávits gemelos, que subsisten ahora como recuerdos de tiempos mejores. Según datos del Banco Central, la deuda externa bruta total, a fines de marzo de 2011, ascendía a 130.827 millones (más del 40 por ciento del PIB), con un aumento respecto del trimestre anterior de 2.227 millones, sin olvidar que en 2005 la dupla Néstor Kirchner-Roberto Lavagna había logrado una excepcional quita del 76,07 por ciento, refinanciándola con bonos de 30 a 42 años.

En 2010, el gobierno de Cristina Fernández renegoció el 92 por ciento de deuda vencida y no pagada, por 100 mil millones de dólares, emitiendo nuevos bonos a tasas más altas. No importa: "El que venga atrás que arree", ordena y manda otra de las bizarras tradiciones. Y los que arrearán serán, como siempre, los sectores de ingresos fijos, con jubilados y pensionados marchando con las banderas al frente de la doliente procesión.

Pero hay argentinos que no esperan a los que vienen detrás: son los que evaden impuestos y fugan divisas. En el primer semestre de 2011, la salida de fondos alcanzó los 9.801 millones de dólares, lo que representa un aumento de 12,5 por ciento respecto de 2010, según el Banco Central, aún no controlado por Guillermo Moreno. El acumulado de los dos primeros trimestres se acerca peligrosamente a lo que se fugó durante 2010 (11.410 millones).

El peso está más sobrevaluado que en la convertibilidad, cuando el desfase era del 40 por ciento. En 2001, un kilogramo de pan costaba 1/1,25 dólar; ahora se paga dos dólares; un kilo de queso semiblando valía 1,50 dólar en 2001 y 10 dólares una década después; por un café se pagaba 80 centavos de dólar y hoy, dos dólares; ni hablar de la carne. Los argentinos tenemos adicción por un peso sobrevaluado, la plata dulce, los viajes a Miami y las demás ordalías del consumo.

Sabemos, por nuestra vasta experiencia histórica, que tarde o temprano la realidad nos presentará la verdadera factura. Pero no importa: siempre encontraremos quién nos refinancie o preste. Sigamos pues con la guitarra, que bajo la campana de cristal suena gloriosamente.