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Pedir perdón

El “Día del Perdón” llega este año en condiciones particulares para nuestro país. Quizás sea un buen momento para que toda la dirigencia política, el sindicalismo, los referentes sociales y empresariales analicen la expresión popular y tomen parte de esta tradición judía para los meses venideros.

Como cada año, y tras 9 días de Rosh Hashaná (el año nuevo según el calendario judío), desde la salida de la primera estrella del 15 de septiembre y durante 24 horas este pueblo celebra Yom Kipur, conocido popularmente como el “Día del Perdón”, que supone introspección, arrepentimiento y pedido de disculpas con el fin de expiar los pecados del año anterior y ser inscriptos en el libro de la vida. Este año, llegamos a Yom Kipur con una particularidad: el último fin de semana se celebraron nuestro país elecciones legislativas, cuyos resultados llamaron la atención a propios y ajenos.

Este marco sería un buen momento para que toda la dirigencia política, los representantes, el sindicalismo, los referentes sociales y empresariales analicen la expresión popular volcada en las urnas, adopten esta tradición judía y aprovechen a pedir perdón. 

Es momento de pedir perdón por la generación de una crisis de representación que gritó desde el silencio: la participación electoral en los últimos comicios fue la más baja desde que se instauraron las P.A.S.O. Solamente concurrió a votar un 66% del padrón. Esta escasa participación tuvo el agregado de contar con un 6,99% de votos que exclamaron descontento, entre los que fueron en blanco, los impugnados y los nulos. Los resultados se explican, entre muchos otros motivos, por una sociedad con necesidades insatisfechas derivadas de un manejo cuestionable de las variables económicas en los últimos años, una pandemia que asoló al mundo y un Estado lánguido con bajas condiciones de respuesta. 

Es momento de pedir perdón, además, porque se generaron las condiciones para que esta apatía fuera apuntalada por las condiciones de gestación y reproducción de una ultraderecha que creíamos limitada a los márgenes de nuestro sistema electoral, cuyas propuestas económicas no difieren en gran medida de lo que llevó al país al abismo del 2001, pero con peores modales y una cantidad de decibeles que atemoriza a cualquier consola de canal de televisión. Esta “nueva derecha” autopercibida liberal pero que se opone a las libertades individuales no económicas, grita, se desencaja y en esa performatividad, atrae a un electorado múltiple: por un lado, aquellos desencantados de la política tradicional, que no vieron mejorado su nivel de vida a pesar de la alternancia democrática; por otro lado, una juventud ahistórica, sujeto tradicional de la revolución, pero que esta vez se desentiende del pasado nacional y desconoce las recetas ya adoptadas; por último, un sector conservador que no encontró una representación directa desde la recuperación de la democracia y ve con simpatía a ciertos personajes que invocan a la violencia y amenazan con prender fuego (literal y simbólicamente) instituciones del Estado nacional.

Es momento de pedir perdón por no haber sabido dar respuestas a aquellos que aún no cuentan con unas condiciones habitacionales acordes. Y no únicamente a los beneficiarios (o futuros) de aquellas viviendas construidas por el flamante ministerio de Desarrollo Territorial y Hábitat. Es momento de pedir perdón, también, a aquellos eternos inquilinos que ven, mes a mes, cómo se escapa la posibilidad de la “casa propia”. 

Es momento de pedir perdón por no haber podido dar el debate sobre el rol de la justicia, de su necesaria reformación y reformulación, para que dé mejores y más rápidas respuestas a los problemas que abruman al pueblo. Es momento de pedir perdón, también, por sostener una Procuración en stand-by, por no alcanzar el consenso necesario para resolver ese interregno permanente que brinda pocas certezas, ninguna garantía y bajísima confianza.

Es momento de pedir perdón por la falta de proyectos ambientales, por la ausente aprobación de la Ley de Humedales y por una timorata apropiación del freno a la contaminación. Es momento de pedir perdón por no comprender que los problemas del futuro se solucionan en el presente, porque en el futuro será tarde para hacerlo. 

Es momento de pedir perdón por los escándalos institucionales, las desavenencias televisadas y los desencuentros a viva voz que le dan aire a dirigentes que no dirigen, sino que entorpecen. Dirigentes con cargos y sin ellos, del gobierno y la oposición, con escasa, baja, media o alta representación.

Es momento de pedir perdón también para aquella oposición irresponsable que considera que su único rol en el desenvolvimiento democrático cuando no detenta el gobierno es la de oponerse sin proponer, de entorpecer sin facilitar, de impedir sin coadyuvar a la solución de problemas comunes. 

Es momento de pedir perdón para la dirigencia agropecuaria que siempre brega por una devaluación, que aduce costos altos y baja capacidad exportadora, que presiona para eliminar los cupos, los aranceles y los impuestos, que considera a las retenciones como confiscatorias, pero especula con la rendición de sus saldos de exportación. Es momento, para ellos, de pedir perdón por expresarse a voz en cuello por el bajo nivel de desarrollo de nuestro país pero, al mismo tiempo, por contribuir a su reproducción. 

Es momento de pedir perdón por haber llegado a este proceso electoral con el salario real más bajo en los últimos 18 años, que supone menos resto para el consumo en el mercado doméstico. Es momento de pedir perdón a la industria, que no encuentra compradores para sus productos y funciona con el freno de mano puesto, por debajo de su capacidad instalada. Pero es momento que la industria también pida perdón por la falta de consolidación, la ausencia de una conciencia burguesa empresaria, la práctica de remarcación preventiva y unos márgenes de ganancia muy por encima de los estándares regionales y globales. 

Es momento de pedir perdón para aquellos dirigentes que se esconden, que no dan la cara y no asumen las consecuencias de su accionar. Es momento de pedir perdón por una deuda indiscriminada y estranguladora, que no se plasmó en inversión productiva y ancla las variables económicas que asoman con despegar.

Es momento de que todos y todas, cada uno desde su lugar, aproveche para pedir perdón. No un perdón culposo, ni siquiera verbalizado. Un perdón reflexivo, introspectivo, que se evidencie en toma de consciencia y generación de consensos. Porque en la política, como en los deportes en equipo, nadie juega solo. Y, fundamentalmente, porque de esta crisis nadie se salva solo (ni sola).  
 

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