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La palabra ya no tiene valor

Todos hablan sobre los precios de los productos y servicios, pero: ¿cuánto vale hoy la palabra?

Numerosos informes e índices se ocupan de hacernos saber cuánto aumentó el pan, el subte y la nafta. En cualquier momento se comienza un debate sobre lo que se paga de luz, de alquiler o de colegio. Notas, titulares y programas enteros dedicados a los precios en cualquier rubro: indumentaria, alimentos o juguetería. Sin embargo nadie habla del valor, casi nulo, de la palabra.

No hace falta remontarnos a la antigüedad, solo basta con recordar algunos consejos de la infancia o rememorar anécdotas de padres y abuelos, la palabra tenía valor, mucho valor. La persona, detrás de su decir, tenía el mismo valor que su palabra. Por eso un contrato, una negociación o un acuerdo familiar podían reposar en la palabra de sus partes.

“Te doy mi palabra” era sinónimo de firmar un documento, de hacerse cargo de la promesa y del pacto. Era un sello de confianza. Quien iba en contra de su palabra, no solo faltaba al otro, sino a sí mismo; ya que perdía credibilidad y don de gente.

Decir algo tenía un peso casi profético: lo que se decía, se cumplía. Como en las obras shakespeareanas,  lo expresado oralmente no era llevado por el viento y olvidado, lo dicho iluminaba el devenir. Obviamente existían quienes hacían caso omiso a esta regla, pero podían hacerlo en contadas ocasiones, ya que una vez hecha la fama de “no cumplidores” les sería difícil que confíen en ellos para nuevos acuerdos.

Hoy se escucha mucho el “¿no le hiciste firmar algo?”, “me imagino que le pediste un recibo”, “¿había un escribano?”, “olvidate, te dijo eso, pero es tu palabra contra la suya”, “que te lo pague Dios”, “¿cómo vas a ser tan bobo de creer en su palabra?”; la palabra sufrió la peor devaluación. Quizás a pocos nos importe, porque añoramos que se pueda creer en el otro sin burocracia de por medio, porque anhelamos que la coherencia entre el decir y el hacer.

Es verdad, también, que hoy cualquiera dice cualquier cosa sobre cualquier tema y cualquier persona. Todo vale, opinar es gratis, y si bien hay figuras legales como “calumnias e injurias” que se supone debieran frenar la diarrea verbal que poseen muchas personas, no alcanza ni para asustarlas. En los medios, en la calle, en las reuniones, en los trabajos, en cualquier lado se sintoniza el famoso “radio pasillo” que lleva y trae información de dudosa procedencia y veracidad, pero que se replica con facilidad y de manera exponencial.

Hablar, habla cualquiera, y encima pocos se hacen cargo de lo que dicen. Y así se forja una sociedad de vacío discursivo y de valores paupérrimos. Tiene que ver con los códigos, con el aprendizaje más básico e inicial. Quizás parezca divertido y ocurrente; pero la realidad es que hablar sin saber o faltando a la verdad, es sinónimo de mediocridad, inseguridad e inmadurez.

Se promete en campañas políticas, en entrevistas laborales, en citas amorosas, en charlas con amigos; se adorna el presente con un futuro encantador. Pero el tiempo pasa y no se cumple. Algunas pocas veces, sí y se celebra como excepción. El no cumplir está prácticamente naturalizado como opción.

A veces queda mal decir “estoy muy cansado para ir” o “no voy a poder cumplir con esa exigencia”; entonces se chamuya o se bicicletea (términos muy argentinos). Se trata de ingenuo al que confía en el otro y de vivo al que sacó ventaja por mentir. Se festeja a quien habla de más y sin poder dar cuenta de lo que dice sobre personas o sucesos, que quizás ni conoce. 

Es verdad que no todos somos así, que muchos buscamos que la palabra vuelva a cotizar en bolsa y que el decir tenga su correlato en el accionar; pero siendo sinceros todos nos topamos a diario con algún personaje de estas características y quizás lo dejamos pasar, porque entre tantos malos y males, “este habla, pero de gil nomás”.

Podríamos comenzar a ser menos tolerantes con los estafadores de palabra, porque si volvemos al origen, esas personas no valen nada, “ni para tenerlos de enemigos”.               

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