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La Scaloneta y una nueva costumbre argentina

La Selección campeona del mundo no sólo cambió la historia del fútbol sino que incorporó nuevos rituales a la vida cotidiana, despertó un orgullo que parecía dormido y convirtió la alegría compartida en una de las expresiones más genuinas de la argentinidad.

Lo que comenzó como un equipo de fútbol terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural que trascendió largamente el deporte para instalar nuevos rituales, modificar hábitos y devolverles a millones de argentinos la emoción de celebrar juntos.

Hay una escena que ya nadie encuentra extraordinaria porque pasó a formar parte de la vida cotidiana. Basta caminar unas cuadras por Buenos Aires para descubrir camisetas de la Selección en un día cualquiera, mascotas luciendo orgullosas sus ponchos celestes y blancos, banderas que permanecen en balcones y ventanas como si nunca hubiera terminado el festejo y vidrieras donde el color albiceleste ganó un lugar permanente. 

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La pasión dejó de aparecer sólo cuando rueda la pelota; se instaló en las calles y terminó convirtiéndose en una nueva postal de la ciudad.

La camiseta dejó de ser una prenda deportiva para convertirse en una manera subliminal de decir "este también es mi lugar en el mundo".

La bandera argentina también recuperó un protagonismo que había perdido. Durante décadas apareció reservada para los actos escolares, las fechas patrias o los grandes acontecimientos deportivos. 

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Hoy flamea en balcones, comercios, ventanas y hasta en bicicletas o mochilas. Ya no hace falta una final para verla ocupar el espacio público. Volvió a despertar un sentimiento de orgullo que los argentinos necesitábamos reencontrar.

Quizás sea esa la mayor herencia de este grupo de jugadores. Nos recordó que todavía somos capaces de emocionarnos colectivamente. En un país acostumbrado a discutir, a dividirse y a convivir con malas noticias, la Selección consiguió reunir generaciones enteras alrededor de una misma alegría. 

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Abuelos, padres, hijos y nietos compartieron abrazos que difícilmente olviden. Familias enteras volvieron a reunirse frente a un televisor. Los amigos recuperaron el viejo ritual de encontrarse para ver un partido y el Obelisco terminó consolidándose como el gran escenario de los festejos populares, un lugar donde nadie pregunta de dónde viene el otro porque todos llegan con el mismo motivo.

También cambió la manera en que nos mostramos ante el mundo. Durante mucho tiempo los turistas llegaban atraídos por el tango, la gastronomía, la arquitectura o la intensidad de la vida porteña. Todo eso sigue intacto, pero ahora existe una motivación adicional que atraviesa continentes que es conocer el país de Lionel Messi

Es frecuente cruzarse con visitantes asiáticos, europeos o norteamericanos que recorren Buenos Aires con la camiseta número diez, buscando esos escenarios que tantas veces vieron por televisión durante los festejos mundialistas. 

Empiezan por el Obelisco, siguen por Caminito, San Telmo o La Boca y luego descubren que la Argentina ofrece mucho más que una ciudad y continúan viaje hacia las Cataratas del Iguazú, la Patagonia, Mendoza o el Noroeste, llevando consigo una imagen del país construida, en buena medida, por un capitán que se transformó en el mejor embajador que podíamos imaginar.

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Los negocios multiplicaron los objetos con los colores nacionales, las camisetas dejaron de venderse únicamente en las tiendas deportivas para aparecer en ferias, locales de recuerdos y comercios barriales, mientras que el mate con el escudo argentino o el termo con la imagen de Messi pasaron a integrar la lista de regalos más elegidos tanto por turistas como por los propios argentinos. No es solamente merchandising. Es una forma de llevarse un recuerdo de una emoción compartida.

Durante años fue habitual escuchar que en la Argentina todo estaba mal. La conversación cotidiana parecía girar siempre alrededor de las mismas preocupaciones. 

Sin desconocer las dificultades que siguen existiendo, la Scaloneta consiguió abrir un espacio para otro relato, uno donde el esfuerzo, la humildad, el trabajo en equipo y la perseverancia también ocupan un lugar central. 

No resolvió los problemas del país, por supuesto, pero nos recordó que todavía somos capaces de producir historias admiradas en todo el mundo y que la excelencia también puede hablar en argentino.

Quizás dentro de algunas décadas nadie recuerde exactamente cuándo empezó esta nueva manera de vivir la camiseta, de cantar el Himno con los ojos húmedos o de sentir que un desconocido puede convertirse en un compañero de festejo con apenas un abrazo. 

La Scaloneta dejó mucho más que una estrella bordada sobre el escudo. Dejó una costumbre nueva que es la de sentir orgullo de ser argentinos sin necesidad de pedir permiso, la de celebrar al otro como si fuera propio y la de comprobar que, a veces, la felicidad también puede convertirse en una tradición.

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