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El desafío de Hollande

De tomarse en serio su retórica de campaña, el presidente electo francés cree que se puede elegir entre la austeridad y el crecimiento.

De tomarse en serio su retórica de campaña, el presidente electo francés, François Hollande, cree que se puede elegir entre la austeridad, que es mala, por un lado y el crecimiento que, huelga decirlo, es muy pero muy bueno, por el otro, como si sólo fuera una cuestión de voluntad.

De más está decir que tal actitud asusta sobremanera a los vecinos alemanes que se habían acostumbrado a convivir con el aún presidente Nicolas Sarkozy que, a pesar de sus excentricidades y sus esporádicos intentos de rebelarse, compartía las opiniones de la canciller adusta Angela Merkel en torno a la necesidad de ajustarse a la realidad económica. Si bien coinciden los dirigentes teutones con Hollande en que sería mucho mejor que Francia y otros países de la Eurozona crecieran vigorosamente de lo que sería que todos se resignaran a años de estancamiento, entienden que no es posible seguir endeudándose indefinidamente con la esperanza de que andando el tiempo un eventual salto productivo sirva para restaurar el equilibrio fiscal perdido, razón por la que hace más de diez años su propio gobierno, en aquel entonces encabezado por el socialista Gerhard Schröder, no vaciló en llevar a cabo reformas que la izquierda dura y los sindicalistas calificaron de "neoliberales".

Asimismo, los alemanes temen verse invitados a financiar el déficit que, para su asombro, Hollande parece dispuesto a aumentar a fin de "actualizar" una y otra vez el salario mínimo, reducir nuevamente la edad de jubilarse a los 60 años –en Alemania es de 67 años–, invertir en programas sociales ambiciosos y, desde luego, crear más empleos, sobre todo en educación. He aquí el motivo por el que Merkel reaccionó ante el triunfo de Hollande insistiendo en que "no es negociable" el pacto fiscal, según el que los gobiernos de la Eurozona se han comprometido a respetar pautas que son mucho más severas que las reivindicadas por el sucesor de Sarkozy que, como tantos otros mandatarios europeos, ha caído debido no sólo a sus propios errores y su estilo a menudo populista, propio de un nuevo rico fascinado por las extravagancias del jet set internacional, sino también al impacto de la crisis económica exasperante que afecta a todos los países desarrollados.

Al iniciar su gestión en el 2007, Sarkozy se propuso dinamizar la ya anquilosada economía francesa para que se asemejara más a la norteamericana, pero, de acuerdo común, los resultados de sus esfuerzos en tal sentido han sido sumamente decepcionantes: aparte de elevar la edad de jubilarse de 60 años a 62, la verdad es que logró muy poco. Mientras tanto, siguieron aumentando la deuda pública, que ya se acerca al 90% del producto bruto anual, el gasto público, que se aproxima al 56%, y la tasa de desempleo, que ha sobrepasado el 10%, afectando especialmente a los jóvenes y a los inmigrantes.

Puesto que a Hollande le preocupa más la cohesión social que el estado de la economía, los datos fiscales alarmantes no parecen haberlo impresionado demasiado, pero su presunta voluntad de pasarlos por alto por suponer que lo que está en juego es mucho más importante que algunas estadísticas desalentadoras significa que durante cierto tiempo se enfrentará con el escepticismo, cuando no la hostilidad, de los mercados financieros que es de prever lo castigarán por su heterodoxia. En las fases finales de la campaña electoral, Sarkozy afirmó repetidamente que si ganara Hollande Francia no tardaría en terminar como España o Grecia. ¿Exageraba? Pronto sabremos la respuesta.

De todos modos, Hollande se encuentra en una situación difícil. Si opta por emular a François Mitterrand, intentará cumplir con sus promesas electoralistas, aun cuando le suponga correr el riesgo de provocar la reacción airada de los mercados, apostando a que a diferencia de su antecesor socialista no se vea constreñido a batirse en retirada en medio de una crisis mayúscula; pero si decide que dadas las circunstancias le convendría actuar con mucha cautela, demorando hasta nuevo aviso las reformas que tiene en mente, sería criticado con ferocidad por los muchos que lo toman por el abanderado de un cambio radical y que lo votaron por creer que, con él en el Palacio del Elíseo, se alejaría la pesadilla del colapso del Estado benefactor que, en Francia como en el resto de Europa, está motivando tanta angustia.