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Diablos en las pantallas y en la Tierra

*Por Alejandro Mareco. No sólo las películas le ponen nombre y cara al Diablo. El imperio también, y sale a cazarlo.

El Diablo siempre está. Cada tanto se lo puede ver en las pantallas de cine: la industria del entretenimiento de Hollywood, al parecer tan afecta al pasatismo inocente, lo recrea una y otra vez en historias fantásticas. ¿El cine de otros países suele ocuparse de este personaje o de exponer la lucha del bien contra el mal de un modo tan trivial? Es poco frecuente, al menos.

Entonces, ¿el pasatismo de gran parte del cine industrial norteamericano es inocente? Más bien parece claramente intencionado o que se corresponde con un discurso político, con una manera de contar la realidad, de montar la cultura popular. Y en principio está dirigido al propio público norteamericano, pues es el primero que se necesita que asuma las cosas de ese modo, para poder respaldar el cuento que también después se le cuenta al mundo.

La manera en que se anunció la captura y muerte de Osama bin Laden y la leyenda sobre su persecución durante casi una década parecen parte de ese cuento. Desde los gestos del presidente y Nobel de la Paz Barack Obama hasta la alegría sobreactuada de presentadores de televisión contribuyeron a esta sensación.

Bin Laden, a quien se le podía apuntar la singular hazaña de haber evadido durante 10 años a los servicios de inteligencia y a las fuerzas armadas más poderosas y sofisticadas del planeta, fue el responsable señalado del más tremendo y conmocionante atentado terrorista que inauguró el terrible calendario sangriento con que se iniciaría el nuevo siglo, y evaporó las esperanzas de que cruzar la barrera del 2000 podría representar el amanecer de una era de sensatez.

Las confusas versiones sobre su muerte o asesinato, sobre si estaba armado o fue ejecutado, alimentan las sospechas de que para Estados Unidos no hubiera sido muy prudente llevar a juicio a quien fuera su aliado por 20 años y de quien se ha dicho que su familia tenía grandes negocios con norteamericanos poderosos.

Pero este tipo de sospechas siempre quedan en la especulación, porque lo que la política muestra habitualmente sobre el escenario es (di)simulación e hipocresía. De la verdad, poco se sabe, y los mortales comunes tenemos que vivir la vida acorralada por la ignorancia.

Para más, la reacción terrorista talibán realimenta el ciclo demencial, como lo demuestra la reciente masacre en Pakistán.

No sólo las películas le ponen nombre y cara al Diablo. El imperio también, y sale en su caza. En este siglo, ya se "vengó" de Saddam Hussein y de Bin Laden, y en estos días sueña con la bomba que dé en la cabeza del libio Muammar Kadhafi (casualmente, los tres fueron sus aliados en algún momento).

En este último caso, ya no es el 11 de septiembre el motivo del rencor. ¿Cuáles serán los próximos "diablos" a cazar y los próximos motivos enunciados, siempre con el petróleo de fondo?

Claro que darle nombre y cara al Diablo es como si los asuntos del bien y el mal fueran cuestiones de personas individuales. Esto es como creer que George W. Bush fue el único genio que esparció el fuego en Irak y Afganistán, convencido, como alguna vez dijo, de que es la guerra lo que hace grande a Estados Unidos: hoy, Obama está en su mayor pico de popularidad porque también ha demostrado ser capaz de tirar bombas y cazar "diablos"; en este caso, el que más obsesionó a los norteamericanos.