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Vida y filmografía de Pino Solanas: un cineasta argentino celebrado en el mundo

Desde “La hora de los hornos” a la consagración internacional con la memorable “Tangos, el exilio de Gardel”. Un talento capaz de unir compromiso con vuelo artístico y militante de las causas justas. 

Extraído de TN.
Por Mariana Mactas.

La política se lleva buena parte de su memoria, pero para muchos Pino Solanas fue, ante todo, un cineasta. Y uno de los talentosos, con una obra en la que el compromiso político y la realidad urgente se dio la mano con la capacidad para contar con imágenes y crear una estética. La lucha por la liberación latinoamericana, el exilio, los saqueos de los recursos naturales: a lo largo de su carrera, desde la ficción o el documental, sus películas tendieron puentes con su época.

Lo sabe cualquier estudiante de cine, cualquier cinéfilo. Pino pudo hacer del cine una herramienta para la denuncia sin resignarlo. Y trabajó hasta sus últimos años en una obra con un nervio y una pasión que ya quisieran los realizadores más jóvenes.

Tuvo históricos socios por el camino, que puede dividirse en dos grandes etapas: antes y después del exilio en Francia. La primera, que arranca a finales del sesenta, junto a su productor, coguionista, codirector y amigo, Octavio Getino. Con él, y Gerardo Vallejo fundó el Grupo Cine Liberación. Equipo detrás de una película emblemática, esencia del film militante que marcó su momento, La hora de los hornos.

En los primeros setenta, se interrumpían clases de la facultad para apagar la luz y proyectarla. Se consideraba una obra que debía ser vista para crear conciencia. Se mostraba esquivando la represión, en donde se podía: locales, casas particulares, aulas. La película no solo simbolizó ese movimiento cultural y político. Su realización fue el eje alrededor del cual se formó: en clandestinidad, durante tres años, más de 180 horas de reportajes grabados, con copias que se sacaron hacia Roma. De vuelta en la Argentina, se dice que llegaron a verla unas 300 mil personas antes de que saliera a la luz.

Una película que es una (muy) larga bajada de línea, sin medias tintas. En favor de los desposeídos, contra los opresores y de propaganda de la única solución para el pueblo: el peronismo. Pero que es también, ya desde su larga secuencia inicial —que intercala imágenes violentas con frases y palabras que se repiten— una muestra de capacidad para fundar una reflexión crítica con el lenguaje cinematográfico, en el que se mezclan imágenes de archivo con material grabado en distintos puntos del país.

La hora de los hornos está dividida en tres actos. Neocolonialismo, Acción por la liberación, Violencia y liberación, entre los cuales se dividen sus más de cuatro horas de duración. Se realizó y difundió en forma clandestina, en 1968. Dos años más tarde, se publicaba Las venas abiertas de América Latina, de un muy joven Eduardo Galeano. Una crónica periodística urgente nacida del recorrido por la región cuyas condiciones neocoloniales denunciaba. Como respuesta latinoamericana a esas condiciones nació el movimiento que Solanas y Getino llamaron Tercer Cine. El cinema novo de Glauber Rocha en Brasil, el de Miguel Littin en Chile o el de Tomás Gutiérrez Alea en Cuba, entre otros ejemplos, proponían miradas auténticas sobre sus realidades en sintonía con las ideas de un socialismo liberador.

Su revisión, a 50 años de su estreno, implica encontrarse con una obra abiertamente panfletaria, pero también cargada de una mirada hacia las instituciones, incluso artísticas (la Sociedad Rural, el Di Tella), no exenta de sentido del humor. Y con una estética que se destaca desde las primeras secuencias.

Otro hito, pocos años más tarde, fue Perón: actualización política y doctrinaria para la toma del poder, que no es otra cosa que un largo reportaje con el general realizado en Madrid en 1971. Su eco político fue intenso, en el marco de las presiones por el regreso de Perón a la Argentina y la lucha de los más jóvenes militantes.

De su segunda etapa, y desde su exilio en París, son algunas de las películas más conocidas y premiadas de Solanas a nivel internacional. Su socio de esa etapa es otra leyenda, Envar “Cacho” El Kadri, productor (con su compañía Cinesur) de Tangos, el exilio de Gardel, Sur y El viaje. Y la ficción, el nuevo territorio.

Una consagración que lleva el nombre de una película, Tangos, el exilio de Gardel, quizá una de las películas más creativas y originales que se han hecho sobre el exilio sudamericano en Europa. En sintonía con la estética ochentosa de su época, mezcla lo musical con el drama en torno a la historia de unos argentinos exiliados que intentan montar un espectáculo de tango en París, con una joven Gabriela Toscano que rompe la cuarta pared. Y canta aquello de “un país/donde pueda ser yo”. Un ángel que se mezcla entre un elenco de actores de ambos países, así como Solanas mezcló géneros y registros: el recordado Philippe Leotard, Miguel Ángel Solá, Ana María Picchio (a cargo de una escena divertidísima en el Pompidou), y Marie Laforet, que murió el año pasado.

Una película que es puro artificio, irrealidad, performance y gesto, y pura emoción. Una obra de arte que puede percibirse hoy cursi y afectada, pero es gloriosamente inmune a lo demodé. Nutrida de grandes talentos: la música de Astor Piazzolla, la fotografía del Felix “Chango” Monti, el elenco, la producción vistosa. Premiada en festivales como Venecia, El exilio puede haber envejecido mejor o peor, pero es la obra mayor de un cineasta en plena capacidad y disposición de sus recursos. Al que la distancia (la física y la de la ficción) le sienta bien para observar detalles, usos y costumbres de la nostalgia de los argentinos en el exilio.

Solanas filmó después Sur, en un tono similar, pero más dramático, repitiendo actores de El exilio y colaboradores en los rubros técnicos, con Susú Pecoraro y Solá como protagonistas. Le mereció el premio al “Mejor Director” en Cannes, un festival que lo ha valorado a lo largo del tiempo y que homenajeó su trayectoria en 2018. Se trata de “un inmenso personaje, artista y poeta”, lo presentó el director artístico del festival, Thierry Frémaux. “Uno de los cineastas con una obra más potente entre todos los directores contemporáneos, de una vida extremadamente rica, senador indisciplinado, comprometido y muy respetado”. Esa coronación de su obra en Cannes, a sus 82, sucedía a 50 años del estreno clandestino de La hora de los hornos.

Con El viaje y La nube, en colaboración con Eduardo Tato Pavlovksy, cierran su ciclo de films ficcionales para abrir un período de producción que alterna con su carrera política, incluyendo candidaturas a la presidencia de la nación. En La Nube actúa su mujer, la actriz brasileña Angela Correa.

Desde Memoria del saqueo (2004) a la reciente Viaje a los pueblos fumigados (2018), Solanas mantuvo vivo su trabajo como cineasta en una serie de documentales, algunos de coyuntura, en su mayoría políticos, que pueden verse como complemento a su tarea como político. La pasión con la que, ya a una edad avanzada, se metía a recorrer la Argentina para documentar historias vinculadas al cultivo de soja y sus efectos colaterales, al lado b de la minería y el fracking (La guerra del fracking, de 2013), entre otros temas que lo preocupaban. Esa pasión que le conocieron bien las mayorías al escucharlo como político, encendido, defendiendo las causas en las que creía. Y que emocionó a las multitudes que acompañaron la vigilia por la ley de aborto legal, cuando Pino, siempre lejos de las solemnidades, se animó a hablar en la cámara legislativa del placer del amor. Del goce.

La suya es, en conjunto, una obra de extraordinario valor que llevó a cabo con la vitalidad y las ganas de un joven realizador de cámara en mano. De alguna manera, como los buenos novelistas, supo mantenerse conectado, pasados los 80 años, a ese entusiasmo que el prejuicio suele reservar a los realizadores noveles. Un joven realizador octogenario, con piezas sobresalientes, como la excelente La próxima estación (2008), su película sobre la decadencia de la industria ferroviaria, el proceso de exterminio de los trenes en la Argentina. Uno de esos documentales que debieran darse como ejemplo en las escuelas, capaz de ahondar exhaustivamente en su tema, contarlo de una manera clara y atrapante, sin que se pierda su contundencia política.

La película abre con una imagen de la estación Constitución, a la que llega un tren abarrotado. Y la voz en off de Solanas, con una frase perfecta: “Millones de argentinos utilizan diariamente los servicios públicos sin saber que les pertenecen”. Lo que sigue es un viaje riguroso hacia la historia reciente y el origen del ferrocarril, siempre cerca de sus protagonistas, a los que acompaña y escucha. Fascinante, combativa, melancólica, como la imagen de un último tren. Pero con esa luz de optimismo, de fe en que un cambio es posible, contenida en un título que cambia última por próxima. Como puede contarlo un cineasta de los que dejan huella.

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