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Nuevo capítulo de una vieja historia

La absurda guerra no declarada entre la Argentina y Brasil por las licencias de importación no automáticas comienza a producir efectos negativos en nuestra industria automotriz.

José Mujica, presidente del Uruguay y pro témpore del Mercosur, anunció su intención de mediar en el conflicto planteado entre la Argentina y Brasil por las licencias de importación no automáticas. Será la enésima gestión que realizan periódicamente mandatarios sudamericanos en procura de sentar bases perdurables de concordia, sometidas desde siempre a disensos, conflictos y decisiones unilaterales que cuestionan las esencias mismas del proyecto de integración económica del Mercosur.

Ya la creación de ese espacio económico regional se produjo en un contexto de desacuerdos basados en la insoluble prevalencia de los intereses nacionales sobre los comunitarios.

Pasan los años y no se avanza hacia la conciliación de esos intereses; se tornan más confrontativos. Hay una asimetría estructural que se está solidificando: mientras Brasil produce ahora a escala mundial, la Argentina produce a escala brasileña.

Ahora nuestro país traba el ingreso de textiles, vestimenta y plásticos brasileños, y Brasil aplica tasas de importación a los vehículos que no tengan al menos 65 por ciento de sus componentes fabricados en el bloque regional, una medida de fuerte impacto negativo en la industria automotriz.

La contracción en nuestras exportaciones de vehículos en septiembre fue también automática: una caída de 19,3 por ciento respecto de agosto y de 11,4 por ciento en relación con el mismo mes de 2010. Brasil sigue siendo el principal destino de nuestras exportaciones (81,2 por

ciento de los automotores y casi el 40 por ciento de todas las industriales).

Medios europeos señalaban el 8 de este mes la fantástica afluencia de inversiones extranjeras directas en la industria automovilística brasileña. En cinco días, se conocieron impresionantes anuncios: la corporación china Jac Motors invertirá 400 millones de euros; la también china Chery, 350 millones; la japonesa Nissan, mil millones; la francesa Renault, 200 millones y la alemana Volkswagen, 3.400 millones hasta 2016. Brasil les ofrece mano de obra barata, crecimiento económico sostenido y el hecho de ser el quinto mercado mundial de automóviles por volumen. A las corporaciones extranjeras les resulta más ventajoso fabricar en territorio brasileño que pagar ahora el 30 por ciento de impuesto por unidad no producida al menos en un 65 por ciento en ese país o en alguno de los países del Mercosur.

Juegan en contra de nuestras posibilidades la mayor tasa inflacionaria real, no la que dibuja el departamento de arte del Indec (siete por ciento en Brasil para todo 2011 contra un alza estimada entre el 22 y 25 por ciento en Argentina); la sobrevaluación del peso en relación con el real; la costosa incertidumbre que crean nuestras reacciones unilaterales, testimonios de una ominosa carencia de política de Estado en comercio exterior, y, además, la marginación del mercado global de capitales, que frena la expansión.