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Nazismo, antisemitismo, antiperonismo, zoofilia y marginalidad: así es el grupo que quiso asesinar a Cristina Kirchner 

Lo que pareció ser un atentado fallido cometido por solo una persona, en realidad tiene muchas aristas. Los detalles de la información descubierta a través de la investigación. 

Brenda Uliarte, Nicolás Carrizo, Fernado Sabag Montiel
Brenda Uliarte, Nicolás Carrizo, Fernado Sabag Montiel

La investigación sobre las llamadas, chats, cámaras de seguridad y la geolocalización de cada integrante del grupo que intentó matar a la vicepresidenta va indicando que Nicolás Gabriel Carrizo parece ser quien tenía la voz cantante y lo que se investiga es una instigación, una manipulación a través de él. Pero Brenda Uliarte es la más politizada y la que tenía más contactos, de manera que también se analizan sus relaciones -con Revolución Federal, grupos republicanos y foros de Mar del Plata- en toda la época anterior al ataque. Hace un tiempo Brenda era más bien tímida, pero en los últimos años se volvió ferviente antikirchnerista, antiperonista y en contra de los planes sociales. Es, por lejos, la más activa en lo político. 

Fernando Sabag es un furioso antisemita, admirador de Hitler y que le decía a todo el que se acercaba que “hay que matar a los judíos que son los que dominan el mundo”. Pero al mismo tiempo es un marginal, considerado un tonto en el grupo y que todo el tiempo trataba de ganarse algún elogio con una “avivada”. En su celular se encontró pornografía infantil, pero quienes lo conocen afirman que destinaba mucho tiempo a mirar relaciones sexuales entre animales. Tiene tres denuncias por maltrato animal. Con ese cuadro de situación, el foco de la investigación se empieza a poner sobre Carrizo y Brenda, las relaciones que pudieran tener y que, por esa vía, alguien haya puesto al grupo a trabajar en el atentado. No se puede desconocer que el ataque tampoco fue producto de un gran complot: se usó un arma de hace 50 años y un tirador que no supo accionar la pistola. Aún así, estuvo a centímetros de la cabeza de Cristina Kirchner. 

La Dirección de Asistencia Judicial en Delitos Complejos y Crimen Organizado (Dajudeco), que depende de la Corte Suprema, entregó el jueves un informe de 120 páginas, en el que se combinaron elementos surgidos de distintas fuentes: por ejemplo, llamadas entrantes y salientes de los celulares y la localización de esos celulares en cada uno de los momentos. El trabajo tiene un problema: según quienes conocen a Sabag, él tenía varios celulares, algunos comprados, algunos robados. No se descarta lo mismo respecto de los otros integrantes del grupo y que a Comodoro Py hayan llevado sólo un celular cada uno. De manera que podría ser que el trabajo esté acotado por esa razón, detallan desde P/12. 

Aún así, está claro para la Dajudeco que Sabag y Brenda estuvieron juntos todo el jueves 1 de septiembre y también los días anteriores. Una secuencia reconstruida por la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) indica, como anticipó Página/12, que ambos viajaron juntos en tren desde Quilmes, donde Sabag intentó hacerse un tatuaje, estuvieron en un local de comidas rápidas y luego,  desde Constitución, tomaron el subte hasta el Obelisco y de allí fueron caminando hasta Juncal y Uruguay. Llegaron cerca de las 20.30 y se ubicaron directamente para concretar el plan de dispararle a CFK. Ni siquiera cruzaron una palabra entre ellos.

En un principio, la Dajudeco estableció que Carrizo también estaba en la esquina, pero el dato finalmente no se confirmó. Está claro que Carrizo estuvo en los días anteriores, haciendo inteligencia. A veces usaron el carro de los copitos de nieve y a veces fueron como supuestos adherentes a Cristina, siempre ocultándose con gorritos y barbijos. Ese trabajo precario de inteligencia les permitió saber cuántos militantes rodeaban a la vicepresidenta, cómo acercarse y qué resistencia podía haber. Un dato asombroso es que Sabag quiso hacerse el tatuaje en Quilmes cuando ya tenía la pistola Bersa en el bolsillo izquierda de la campera y ya sabía que iba a intentar el magnicidio.

Uno de los objetivos de la investigación es determinar cómo funcionaba el grupo y si alguien por encima de ellos influenció o instigó el atentado.

Brenda Uliarte era sumisa y al mismo tiempo vendía sus fotos eróticas, buscaba beneficios económicos en sus relaciones. Hasta hace un tiempo no le interesaba la política. Ahora, en cambio, dejó cierta timidez que tenía y hablaba mucho contra el peronismo, el kirchnerismo y los planes sociales. Sus exparejas se sorprendieron de verla hablando en los medios y mintiendo en forma reiterada: que estudia, que tenía un plan social, que renunció a él. Todo falso. El sábado en que el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta puso las vallas frente al domicilio de CFK, Brenda posteó frases de Milei de ese mismo día. O sea que estaba integrada a la diatriba e incluso a la violencia política, algo que se verificó con su presencia en la marcha en que tiraron antorchas prendidas contra la Casa Rosada. No parecería que Brenda pudiera vivir de las fotos y videos eróticos que vendía.

Fernando Sabag contaba con cierta holgura económica cuando heredó de la madre la propiedad en la calle Terrada y tres vehículos, uno de los cuales lo tenía trabajando como taxi trucho. Gastaba dinero para impresionar y se fue quedando sin plata, al punto que no podía arreglar los vehículos, tiene cuarenta multas impagas en Provincia de Buenos Aires y diez en CABA, y debe todas las patentes. Finalmente se mudó a San Martín a un mono ambiente. Iba a locales de comidas rápidas, levantaba tickets del piso y reclamaba que no le habían dado la comida.

Políticamente estaba obsesionado con los judíos a los que les adjudicaba todos los males. Pero no tenía demasiado interés en la política: era más bien sumiso y trataba de hacer cosas para agradar a Brenda y a otros del grupo. Su papel está claro: participó de la inteligencia en los seis días anteriores a la tentativa de asesinato y él mismo puso la pistola a 35 centímetros de la cabeza de Cristina Kirchner. El ataque también tiene su sello: o no supo mover la corredera o no puso la bala en la recámara de entrada.

El foco en los últimos dos días está puesto también en Nicolás Gabriel Carrizo. Es el dueño de la máquina de hacer los copitos de nieve de azúcar, es el que habla en los medios y, según el informe de la Dajudeco, aparece como el líder del grupo, de acuerdo a los entrecruzamientos de llamadas que analizaron.

Lo que se busca ahora es lo que se llama la instigación, o sea que alguien los impulsó e incluso les hizo llegar algún dinero para concretar el homicidio.

Es cierto que no se sabe de qué vivía el grupo. Está claro que no obtenían nada de la venta de copitos, dado que esa solo era la pantalla para hacer esa inteligencia precaria que hicieron. Pero entre los investigadores hay algunos que sostienen que no se les perciben grandes gastos. Sin embargo, tenían celulares -varios- y estuvieron, a lo largo de seis días, horas y horas en Juncal y Uruguay.

Tampoco está claro si el ataque se condice con la pasión por la política que tenía el grupito. Es verdad que aparecieron en Tigre hablando contra Sergio Massa, en la calle Corrientes criticando los planes sociales y, sobre todo Brenda, participó de varias marchas y escraches. No parece suficiente para una tentativa de magnicidio.

La idea de que alguien los influenció, los operó, no está descartada para nada. Si eso fuera así, la instigación entró al grupo por el lado de Carrizo o de Brenda y por eso el análisis de las comunicaciones se centra en ellos. 

El problema es que todos tuvieron demasiada ventaja. Sabag fue detenido por militantes kirchneristas cuanto trató de matar a Cristina. Llevaba un celular, del cual se perdió casi toda la información. Pero quienes lo conocen dicen que tenía varios. Brenda terminó apresada tres días después. En su celular tenía una carpeta segura, pero la PSA lo desencriptó: no se conoce el contenido aún. Y Carrizo, que probadamente participó de las operaciones previas, aún no fue detenido. Una parte de los investigadores le reclaman por esa detención -y la del resto de los integrantes del grupo- a la jueza María Eugenia Capuchetti y al fiscal Carlos Rívolo. En Comodoro Py, ambos dicen que todavía no tienen pruebas suficientes.

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