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Moyano, un camión de caudales

*Por Carlos M. Reymundo Roberts. Como para que no quedaran dudas de que es un programa democrático, pluralista y abierto a los distintos estamentos de la sociedad, incluso a los más resistidos por el Gobierno, el programa 6,7,8 invitó el domingo a uno de los empresarios más poderosos del país: Hugo Moyano.

Sí, es cierto, el hombre también es el jefe de la CGT y de los camioneros. Pero da la impresión de que sus múltiples ocupaciones en negocios de los más diversos rubros -a través de familiares o del propio sindicato tiene bajo su órbita firmas de recolección de basura, construcción, trenes, textil, hotelería, carpintería, club de fútbol, peajes en puertos...- le han de dejar poco espacio para lidiar con cuestiones gremiales. A estas alturas de su vida de exitoso entrepreneur , esas cuestiones parecen asuntos menores.

De hecho, en ese programa de TV comentó que si el día de mañana un eventual gobierno de Julio Cobos no atendiera los intereses de la clase obrera, él le coparía la Plaza de Mayo. "Pero no iría yo, que ya estoy grande, sino mis hijos Pablo y Facundo". Extraordinaria admisión: debe de ser la primera vez en la historia que un jefe sindical reconoce que ya no tiene ni edad ni fuerzas para luchar por sus trabajadores.

Pero no es difícil estar de acuerdo con él. En el fondo, al pobre se le plantea un conflicto de intereses: ¿a quién defiende, a los trabajadores que lo votaron, a sus colegas empresarios o a la clase política, a la que ahora quiere sumarse como gobernador de Buenos Aires y, con un empujoncito más, hasta como presidente de la República? Ya sabemos que cuando HM se mira al espejo en una de sus casas, quintas o departamentos (se le atribuyen no menos de siete domicilios), la imagen que le devuelve es la de Lula.

En el caso de Moyano, no es la movilidad social o económica el aspecto que más destaca, aun siendo tan elogiable, sino su movilidad política: a la vuelta de los años venimos a descubrir, gracias a que los escribas del Gobierno así nos lo han hecho notar, que es un progre hecho y derecho. Y pensar que lo creíamos un dirigente peronista gremial clásico, de esos que se pasan la vida combatiendo a "los zurdos" (así los llaman) en las fábricas, en los sindicatos y en las calles.

Es lo que acaba de ocurrir, precisamente, en el caso de Mariano Ferreyra, el militante del Partido Obrero asesinado en un choque con un grupo de la Unión Ferroviaria.

Pero no: don Hugo, cercano en los años 70 en Mar del Plata a grupos de la derecha peronista dura como la CNU (Concentración Nacional Universitaria), hoy defiende al gobierno progre con el mismo entusiasmo con que lo hacen Carlos Kunkel, Eduardo Luis Duhalde, Nilda Garré, Jorge Taiana. De ese modo, en la figura de HM se produce, al fin, la síntesis histórica: los viejos montos que enfrentaron a Perón y el viejo sindicalismo que defendía a Perón de los montos dan vuelta la página y se dan cuenta de que, en realidad, hoy caminan por la misma senda y con el mismo destino, un espectáculo sobrecogedor.

Moyano negó rotundamente, en ese programa de televisión, que hubiese tenido una discusión telefónica con Néstor Kirchner pocas horas antes de que un súbito ataque le causara la muerte al ex presidente. Dijo que fue una conversación "normal". Por supuesto, le creemos (quizá no tanto Cristina, que le propinó un gélido saludo en el velatorio). Lástima que no lo haya hecho antes: tomarse nada menos que cinco días para desmentir una versión -surgida de fuentes oficiales- que lo dejaba en una posición tan enojosa no es lo más recomendable.

Pero Hugo es un hombre muy ocupado. Además de comandar la CGT y de seguir celosamente la evolución de sus emprendimientos, maneja el PJ bonaerense, organiza actos multitudinarios en River, discute con la Casa Rosada el impuesto a las ganancias (vaya si le interesa este rubro), tiene bien ajustado el delivery que provee de gente a los actos oficiales, bloquea empresas a diestro y siniestro, va a la televisión, habla con las radios, viaja al interior y al exterior...

Para peor, en su agenda ha aparecido una actividad incómoda, antipática, riesgosa: el seguimiento de la causa judicial en la que está involucrado, junto con su esposa -Liliana Esther Zulet ("mi administradora", la define él), que maneja la obra social de los camioneros-, por la llamada "mafia de los medicamentos", caso que llevó a la cárcel al líder de los bancarios, Juan José Zanola, y a su mujer. Don Hugo está acostumbrado a lidiar con "zurdos" (bueno, estaba), con poderosos e insensibles empresarios, con "los Gordos", con intendentes del conurbano profundo, con dirigentes políticos, con funcionarios, con sus contadores, pero no con jueces.

Son tiempos difíciles para HM, que ha crecido tanto, en todo sentido, que ahora es admirado y temido, pero también odiado y perseguido. ¿Cómo luchar contra todas las tormentas que por momentos se le vienen encima? ¿Cómo revertir esa imagen negativa que llega al 80 por ciento?

Del camión que manejaba décadas atrás al avión privado Cessna Citation 550 II que lo espera siempre en el aeropuerto de San Fernando ha pasado mucho tiempo, mucha conquista, mucha sospecha. Nadie desde la CGT había llegado tan lejos. Lo que no se sabe es dónde terminará.