DOLAR
OFICIAL $65.22
COMPRA
$70.22
VENTA
BLUE $118.00
COMPRA
$128.00
VENTA

Matar en banda, morir en soledad y desprotección

Hoy asistimos a la escabrosa muerte de Fernando Báez Sosa, producto de un trabajo en equipo muy poblado de músculos y muy escaso de neuronas.

Hay dos actos en la vida que cumplimos obligatoriamente en solitario, más allá de la asistencia que podamos recibir: nacer y morir, y para este razonamiento no es necesario ser filósofo.

Sin embargo, cuando la muerte como acto solitario y único es “acompañada” por la acción u omisión de otro que pudiera prevenir o provocar el evento muerte, las cosas cambian en una forma diametral.

Como los animales más evolucionados que se conocen en la escala biológica que somos, igual poseemos instintos, sobre todo aquellos tendientes a la perpetuación de la especie por parte de los más aptos, Darwin sigue teniendo razón. Éstos son pocos, básicos pero poderosos en su persistencia para evolucionar, y tienen que ver con la supervivencia del más apto: comer, disponer de su terreno, alimentarse y reproducirse. Todos cursamos en la escala zoológica ese evento finito que es la vida.

Cuando en los albores de la psicología como última ciencia desprendida de la filosofía a fines del siglo XIX y principios del XX, el término “instinto” es cambiado por el concepto de “pulsión”, y de allí un intento de explicar sobre el ser humano lo que para la Etología (estudio de las conductas animales). Basta observar un animal doméstico y evaluar sus conductas para ver que las mismas son repetitivas ante determinados eventos, incluso en la pelea o lucha, por ejemplo, por su comida. Sus juguetes son presas, su instinto de apareamiento se da en los momentos específicos del celo de una hembra (si nos referimos a un macho), y la marcación de sus territorios específicos, además de integrarnos en su manada si son sociales (como los perros) donde intentan al inicio de la relación establecer su lugar de “alfa”, y está en los miembros de su manada permitírselo o no. En el caso de los gatos, y tomando como ejemplo a los leones, si hay una hembra con cachorros en su territorio, matan a los cachorros para generar el celo de la hembra, aparearse y así continuar la especie. Puede resultar a la vista humana como una aberración, que va en nuestro repertorio emocional desde el horror hasta la desconsideración, pero nunca pensamos, sin establecer un juicio de valor, si nosotros somos peores.

Y sí, efectivamente lo somos. Los animales pueden tener particularidades que los caractericen, que parten de su instinto, pero no tienen dos conceptos que evolucionaron con el ser humano en una forma más o menos relativa tanto como individualista, la moral y la ética. Generamos una conciencia propia y nos diferenciamos del otro, en conceptos del psicoanálisis “nos constituimos a la mirada del otro”, dado que es el otro quien nos diferencia como individuos con nuestras características particulares, y en este reconocimiento nos volvemos sociales, y por ende establecemos sistemas de usos y costumbres que en tanto pasan generaciones o bien son aceptados o cambiados, y con una tendencia al beneficio de la media, es decir, se establece un conjunto de normas no escritas que dan lugar a un Derecho consuetudinario, y su posterior pasaje a un soporte para su registro, el Derecho Positivo. Como se ha generado esta costumbre, todo aquello que la contradiga, en tanto acto humano, merece la penalización por la violación de la norma. La ética va entonces directamente ligada al hábito individual, en tanto la moral, por ser un colectivo generador del Derecho brinda el continente necesario para que el Derecho deposite su dictamen. En síntesis, para el ser humano, moral y ética son dos de los principios en constante evolución, y como todo ser social, se ve modificado en si mismo y su entorno, del mismo modo que es partícipe de similares cambios en sus pares.

Sin embargo, hay quienes quebrantan la norma en forma sistemática, hayan tenido antecedentes judiciales o no: ¿cuál es entonces la falla o error? La Etología tiene sus objetivos, métodos y fines. La filosofía eleva su pensamiento a corrientes y épocas, la psicología indaga desde el inconsciente hasta la comunicación y la conciencia y actitudes generadas, y las neurociencias nos dan una apreciación de afectación a nivel molecular a la que hasta hace 25 años no podíamos disponer. Sin embargo, y si bien están reconocidas en las neurociencias las regiones moduladoras de los afectos, de la memoria, la moral y la ética entre otras tantas, ninguna nos designa la maldad. Y esta misma es, efectiva y exclusivamente, humana. Se corresponde con un rasgo dimensional de la personalidad, pero como dimensión, no estamos en condiciones de medir su extensión. Sin embargo está allí, para ejecutarse en el momento junto.

 

El acto de matar

 

Tan simple como la palabra, consiste en el hecho de quitar la vida en forma lícita o ilícita. Si lo ponemos en un contexto ético- moral y por ende del Derecho, es el primer bien tutelado por nuestra Constitución Nacional y el delito más grave del Código de Fondo de la materia, el Código Penal. Como todo evento delictual, tiene por mano del Legislador atenuantes o agravantes al momento de expresarse el Juzgador mediante su fallo o sentencia. Hay en todo el mundo homicidios de las más diversas índoles, y en nuestro ámbito local, también. Puede existir o no una voluntad manifiesta, o puede ser derivado de otro acto. Se podrían brindar tantas explicaciones como para escribir un tratado del tema, pero el resultado siempre es el mismo, un agresor que culmina en forma abrupta y violenta con la vida de su víctima, es decir, interpone en continuo vital el “evento muerte”.

Se ha intentado a lo largo de los años establecer algún tipo de característica individual del homicida, que, comprobada por el método científico, pudiera establecer quién era proclive a matar, pero nunca se ha arribado a una clasificación fehaciente por la heterogeneidad de las personas. La única clasificación publicada en la década del 90 fue el “Índice de Maldad”, elaborada por Michael Stone en Estados Unidos. Consiste en la determinación de una escala de 22 puntos que evalúa el grado de psicopatía según su autor, pero fue rápidamente desestimada o al menos poco usada cuando se descubrió la inherencia de la CIA en su confección y utilización. Sin embargo, el solo mencionarla nos brinda un soporte de trabajo para la nota: la psicopatía o trastorno antisocial de la personalidad.

Cuando doy mis clases a los alumnos del posgrado de Psiquiatría, al mencionar la psicopatía o a quien la padece pongo el ejemplo de “una persona que nos vende una línea de tranvías luego de que nos ha convencido de las ganancias aseguradas”, es seductor, egoísta disfrazado de filántropo, sin capacidad de empatía a pesar de la cortesía en el trato y sin capacidad de arrepentimiento. Estas serían las características que darían el trastorno completo. Sin embargo, puede estar como rasgo de la personalidad (forma persistente y preferente de expresarse), sin cumplir con todos los criterios para el trastorno de manual, y esta característica ser suficiente para alterar el orden público matando a alguien. Y aún sin tenerlo, todos podemos matar, es solo cuestión de circunstancias o enfermedad.

 

La máquina de matar: un equipo de trabajo

 

En pocos días, el mundo conmemora el Yom HaShoah, o Día del recuerdo del Holocausto, en honor a la toma del campo de concentración de Auschwitz- Birkenau, que funcionaba realmente como campo de exterminio en el delirio mesiánico de Adolf Hitler. Era precisamente una máquina de matar y disponer de los cadáveres, y esto tuvo una razón práctica: era muy difícil organizar un sistema para deshacerse de los cuerpos muertos, sobre todo las producidas en fosas comunes previamente cavadas, y que eran ejecutadas por los soldados alemanes, que incluso comenzaron a padecer de enfermedades mentales a consecuencia de mirar a los ejecutados con la intervención de su acto. Pero también estaban quienes mataban por placer o convencimiento, inclusive como método satisfactivo justificando un bien mayor injustificable. Sin lugar a dudas, se hallaba una resolución al narcisismo considerando al otro diferente, y por ende, pasible de ser suprimido.

 

Matar en banda: un trabajo en equipo

Hoy asistimos a la escabrosa muerte de Fernando Báez Sosa, producto de un trabajo en equipo muy poblado de músculos y muy escaso de neuronas. La agresión recibida por la víctima es en el piso y en estado de indefensión, por parte de un grupo de adolescentes mayores compuesto por jugadores de rugby. Y acá comienza la eterna polémica de casi todos los años, porque casi todos los años, en los boliches de moda en la costa, siempre hay algún muerto o lesionado grave por grupos de personas, generalmente adolescentes/ adultos jóvenes, que casualmente juegan al rugby. “El rugby es un deporte bruto jugado por caballeros” y otros tantas frases preformadas intentan despegar la formación deportiva del hecho delictivo, pero asociar cualquier frase hecha con el evento muerte no hace más que generar una distracción del evento real, es más, si fuera hecho por un equipo amateur de futbol, se discriminaría por el tono de la piel, pero no por el deporte sacro-santo de los argentinos, entonces sí, hablaríamos de la víctima, cuando en este momento son noticia los victimarios.

Su índice de antisocialidad, aunque sea un rasgo de personalidad y no trastorno, dieron pie a satisfacer la gula de su narcisismo: había más de tres cámaras filmando a diferentes ángulos y distancias, y no se inmutaron en su accionar, se van caminando tranquilamente dejando en el piso a una persona muerta o en un proceso irreversible hacia el evento muerte en directa relación con su accionar delictivo.

 

 

 

La satisfacción del ego

 

El antisocial puede gozar con los medios o los fines, o con ambas instancias. Este fue un salvaje festival narcisista para la demostración de superioridad, según el criterio que demuestran en su accionar, el justificativo primario y visible, la víctima procedía de otra extracción social y a los términos de la calle, “era negrito”, y en su retirada, se ve a algunos que se van hablando, o sea, no huyen de la escena del crimen, solo se van, hicieron lo que quisieron o debían con un espíritu corporativista (que no incluye el deporte que practican), están más allá de los preceptos sociales y la norma. No hay frustración, la tarea está completa.

Sin duda la casa es el primer núcleo social formador, habría que revisar todos y cada uno de los antecedentes de vida de estos jóvenes que, contando con una carga genética, expresan la misma y se modula por las acciones del entorno, o sea, lo más básico de los mecanismos formativos de la personalidad. Sin embargo hay una salvedad, no en el trabajo en equipo, sino en la agresión en horda, es mucho más fácil matar, porque quien va a nuestro camina bajo el mismo precepto, esta carga emocional tan grande, motiva al fanatismo y hasta el fundamentalismo, donde el otro, el contrario, el que hay que suprimir, es un objeto, y como tal puede romperse.

Siempre que hubo masacres, fueron realizadas o lideradas por fanáticos o fundamentalistas. El espíritu de equipo está muy lejos del fundamentalismo, pero a Fernando Baez Sosa lo masacraron.

Dejá tu comentario