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La primera vez

*Por Marcelo Zlotogwiazda. Por primera vez en varios años, en 2011 la Argentina no tuvo superávit de cuenta corriente. O para ser preciso, fue de apenas 17 millones de dólares.

Muy lejos de los 2.800 millones del 2010, y ni hablar en comparación con los más de 5.000 millones de dólares que hubo en cada uno de los años anteriores desde que se estableció el modelo que tenía como pilares a los superávit gemelos: el fiscal y el de cuenta corriente.

Por primera vez desde la crisis de 2009, en febrero de este año la producción industrial bajó respecto de igual mes del año pasado. El Indec registró una caída del 0,8 por ciento en el Estimador Mensual Industrial.

Y también por primera vez desde diciembre de 2009, en febrero de este año la Inversión Bruta Interna fue menor a la de un año atrás. La caída fue de 4,3 por ciento según el relevamiento del estudio de Orlando Ferreres.

Los tres datos muestran un claro debilitamiento en la macroeconomía y son claves para entender varias de las últimas iniciativas del Gobierno; en particular, el impulso a la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, el conflicto con YPF en el contexto de escasez energética, y las restricciones a la importación y a que las multinacionales giren ganancias a sus casas centrales.

La evaporación del excedente de la cuenta corriente de la Balanza de Pagos es consecuencia del deterioro en cada uno de los tres rubros que la componen: el comercio de mercaderías (exportación e importación), las operaciones con el exterior de servicios (fletes, viajes, turismo y regalías), y el movimiento originado en rentas, ya sea por intereses de deuda o por giro de utilidades: mientras que la balanza comercial arrojó un resultado positivo inferior al 2010, los otros dos rubros tuvieron un saldo negativo más pronunciado.

Los dos factores clave del menor superávit comercial han sido el salto del 110 por ciento en la importación de combustibles y lubricantes respecto de 2010 (la cuenta trepó a 9.400 millones de dólares), y el atraso en el tipo de cambio.

El abaratamiento del dólar también incidió en la duplicación del déficit del rubro servicios, por el incentivo a mayores gastos en viajes y turismo.

Y dentro del rubro rentas (que en un año amplió su déficit de 9.900 a 10.800 millones de dólares) se verifica un mayor resultado neto negativo tanto en el pago de intereses como en el de giro de utilidades.

En resumen, los dólares generados por el comercio exterior fueron absorbidos por los servicios, los intereses y la remisión de ganancias al exterior. Por este último concepto, el año pasado salieron del país 8.556 millones de dólares. Es un número que impacta y que revela el grado de extranjerización del aparato productivo y su nivel de rentabilidad.

Y dado que en 2011 no sobraron dólares en la Cuenta Corriente, el déficit de la cuenta capital de la Balanza de Pagos (originado básicamente en las amortizaciones de deuda externa pública y privada y en la fuga de capitales) tuvo que ser cubierto por una merma en las reservas del Banco Central.

En vista de esa radiografía, el Gobierno contraatacó por diversos frentes:

- Obligado a mantener el dólar como ancla frente a la inflación, restringe importaciones para que no se achique demasiado el superávit comercial en el corto plazo.

- Logró que YPF no distribuya ganancias, lo cual evita que los dólares se vayan del país; queda por ver si eso se traduce en más inversión, más producción, y en un alivio para la cuenta de importación de energía.

- Con la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central se permite seguir usando reservas (estiman que alrededor de 6.000 millones de dólares) para pagar deuda.

La reforma al estatuto del Banco Central tiene como segundo objetivo macroeconómico habilitar una cantidad de emisión monetaria adicional del orden de los 50.000 millones de pesos, una cifra casi equivalente al 10 por ciento del Presupuesto Nacional. Con esos fondos y a través de diversas vías el Gobierno pretende financiar una política fiscal expansiva que sostenga un nivel de crecimiento compatible con la continuidad de su predominio político.

Fuentes oficiales explican que esa emisión es posible porque previamente se activaron dos filtros: a la compra de dólares y a las importaciones, mediante sendos mecanismos de autorización que estableció la AFIP. Esos filtros regulan el riesgo de que la mayor cantidad de dinero y el impulso a la actividad se traduzcan en atesoramiento de divisas y en compras al extranjero.

Pero queda una gran pregunta, que es acerca del efecto inflacionario de la estrategia. Desde fuera del kirchnerismo son mayoría los que responden que, en el actual contexto, una fuerte expansión monetaria es, como mínimo, incompatible con una disminución de la inflación, y conlleva el riesgo de alguna aceleración.

Desde el kirchnerismo se escuchan cosas distintas. En una declaración antológica que no es acorde con su preparación, su seriedad y su habitual mesura, Mercedes Marcó del Pont afirmó que "es totalmente falso decir que la emisión genera inflación". Lo dijo así; como una verdad absoluta. Por si quedara alguna duda agregó: "Descartamos que financiar al sector público sea inflacionario".

Si la presidenta del Banco Central tuviera razón, se habría descubierto la fórmula de la felicidad (al menos para los que creen que el dinero la hace): bastaría con imprimir billetes, repartirlos, y disfrutarlos. No hay que ser monetarista, neoliberal u ortodoxo para entender que en determinadas situaciones la emisión y el déficit son fuente de inflación.

Es muy cierto que Estados Unidos y Europa pudieron emitir sin freno y eso no se trasladó a precios. Tan cierto como que estaban en una de las peores crisis de su historia y no tienen la memoria inflacionaria de los argentinos.

Incluso puede suceder que el gobierno de Cristina emita mucho sin que la inflación se mueva demasiado. Pero de ahí a afirmar con contundencia que "es totalmente falso decir que la emisión genera inflación" hay una prudente distancia.

Pero hay quienes en el oficialismo contemplan la posibilidad de que el impulso monetario impacte en los precios. Aunque se manifiestan convencidos de que una mayor demanda agregada determina el nivel de inversión, no descartan que en las actuales circunstancias los empresarios respondan más con precios que ampliando la oferta, provocando un escenario cercano a la estanflación.

Para que eso no suceda, le rezan a Guillermo Moreno.