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La derrota que rompió un código

*Por Sergio Suppo. De la Sota no parece molesto con el triunfo de Mestre. Todo lo contrario: le servirá para cumplir el propósito de hundir a Juez en su propio territorio.

La derrota que rompió un código
José Manuel de la Sota no aterrizará en los rigores cordobeses hasta que le toque asumir. "Cuando se gana una elección, los políticos tenemos una luna de miel con la gente que se termina en el momento de jurar", ha dicho durante las últimas horas el gobernador electo.
De hecho, rodeado por una reducida comitiva que incluye a una parte de su equipo, hoy volverá a tomar distancia de la Argentina para una visita de cinco días a Madrid.

La foto de ayer, con la presidenta Cristina Fernández en Morteros, parece haber sido apenas eso: una imagen de cordialidad para paliar el vacío y el silencio por una relación lastimada durante los juegos electorales del invierno.

¿Intentará apurar una negociación con la Casa Rosada? No parece posible.

El apabullante triunfo de Cristina, en las primarias del 14 de agosto, liberó de acuerdos o favores a la Presidenta y, como revés de esa misma moneda, dejó poco que ofrecer a gobernadores que, como De la Sota, esperan una respuesta a necesidades perentorias.
"Cristina quiere contar los porotos el 23 de octubre y mostrar que todos los votos que sacó son de ella y de nadie más", dice un muchacho kirchnerista que se pasea por la provincia con la camiseta de moda puesta.

Es así que la campaña de la Presidenta se organiza y se financia desde Buenos Aires y se ejecuta en Córdoba con militantes propios y, en lo posible, claramente ajenos al peronismo que, con el triunfo de De la Sota, renovó su tiempo por otros cuatro años en la provincia.
De la Sota ganó y eligió la ausencia. Cuando no se recluyó en Río Cuarto, estuvo en Brasil o viajó a Israel. Y hasta se guardó de ser visto organizando su gabinete en su búnker de avenida Patria.

No estar tiene su utilidad. Al gobernador que viene le sirve para hacer olvidables las heridas abiertas con la Presidenta y su equipo.

Pero el conflicto con Buenos Aires no es lo que hizo tangible la distancia de De la Sota. Al fin, es el Gobierno provincial el que necesitará de otro acuerdo de financiamiento del déficit de la Caja de Jubilaciones, entre otras ayudas.

Un misil inesperado. Fue la decisión de De la Sota de asociarse poco y nada a la suerte del peronismo capitalino, en su desdichada aventura del domingo pasado, la que terminó por ponerlo por unas horas en la mira.

El que le tiró un misil que no esperaba fue nada menos que Juan Schiaretti, quien rompió el viejo código político de no citar en público conversaciones privadas.

El lunes, cuando todavía ardía el incendio del fracaso de la postulación de Héctor Campana, el gobernador reveló que fue su antecesor/sucesor quien vetó a su ex esposa Olga Riutort como candidata oficial del peronismo a la intendencia capitalina.

De la Sota se cuidó de publicitar su ira. Y no dirá una palabra que pueda ser reproducida sobre el endoso de la derrota que intentó Schiaretti.

El triunfo de Ramón Mestre provocó varias cosas, además del regreso al poder del radicalismo propiamente dicho. El hundimiento del Frente Cívico de Luis Juez brilló como un dato inocultable apenas conocidos los primeros números.

Mestre se prepara para gobernar la Capital pero también para encaminar lo que el mismo llama renovación generacional, que en los hechos implica mandarles el telegrama jubilatorio a los dirigentes de la generación que media entre la suya y la que encabezaron Eduardo Angeloz y Mestre padre.

Gobernar y conducir el partido a su recuperación no tienen, sin embargo, el mismo nivel de prioridad. Mestre asume que lo primero le hará posible lo segundo.

Juez, el gran derrotado del domingo pasado, todavía no acierta a interpretar su desgracia. Pidió que no le pidan que cambie sus convicciones, cuando no hay cordobés que le haya planteado tal cosa.

Alguna vez, Juez debería enterarse de que en 2011 no alcanza con decir que es decente. Y que la demanda de eficiencia y de condiciones para gobernar ha sido la razón de los incontables triunfos electorales registrados este año.

Lo conocido y lo explosivo. Tanto la victoria del hijo del último gobernador de la UCR como el abismo juecista eran datos conocidos antes de las elecciones.

La noticia que siguió a lo importante fue el desencuentro entre los dos gobernadores, que hizo estallar Schiaretti.

Todo debe ser dicho: fue un acto de desesperación para zafar de la ola indignada que todavía inunda a todos los rincones del peronismo.

Sobre los hechos consumados del significativo segundo lugar de Riutort y del lejano tercer lugar de Campana, el grueso de la militancia oficialista terminó de registrar el enorme dato de que la pelea de sus jefes había impedido hacer posible el postergado sueño de poner a un

peronista en el Palacio 6 de Julio.

Riutort creyó estar cerca, un mes y medio atrás, cuando el radicalismo sufrió dos golpes en los domingos de agosto en que Oscar Aguad fue tercero de De la Sota y Juez, y Ricardo Alfonsín fue relegado al pelotón de presidenciables desbarrancados.

Campana y Schiaretti, en cambio, nunca pasaron de gastar millones y realizar operaciones mediáticas sin jamás acercarse a la punta.

El peronismo capitalino lleva dos elecciones de intendente negando a Riutort como su candidata más competitiva.

Schiaretti quiso incorporar a De la Sota en la factura de la derrota, pero este no se moverá de su silencio. "No sabe cómo se llaman los concejales que puso Schiaretti, no veo por qué lo tienen que involucrar", lo defendió un dirigente que será ministro en diciembre.

Si De la Sota compartió con Schiaretti la responsabilidad de habilitar la división del PJ en dos candidaturas a intendente, al menos tuvo la habilidad de esquivar las inevitables consecuencias de esa decisión. El gobernador que se va hizo lo contrario. Se metió de cuerpo entero en una pelea imposible.

Los intereses de Schiaretti nunca salieron a la superficie, pero no hay peronista que pueda ignorarlos. Una semana atrás, el gobernador buscó ganarle la interna a Riutort, como un pasaporte automático para quedarse con las riendas verdaderas del peronismo capitalino. Y ese logro no hubiese sido sobre la candidata, sino sobre el propio De la Sota.

Este último no parece molesto con el triunfo de Mestre. Todo lo contrario: le servirá para cumplir el propósito de hundir a Juez en su propio territorio y le valdrá para presentarse como un presidenciable que convive de manera pacífica con sus adversarios.

Schiaretti tiene un buen consuelo. Se irá de su administración con una gran consideración social. Lo que está por verse es si gasta o invierte ese gran ahorro político ahora que volverá al llano.

Para eso, hay tiempo.