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La civilización del espectáculo mató a cinco personas en Costa Salguero

Las cinco muertes en el festival Time Warp son la consecuencia del desenfreno provocado por las drogas y la música electrónica, características de la cultura del siglo XXI.

Por Agustín Szafranko
@agustinszaf
aszafranko@diarioveloz.com

La noticia conmocionó la mañana de todos. Y no es para menos, cinco jóvenes murieron en un festival de música electrónica en Costa Salguero. Cinco jóvenes que pueden ser hijos, sobrinos, nietos, hermanos e incluso padres de alguien. Otras cuatro personas pelean por su vida. Pero no fue un desencadenamiento de casualidades sin motivo.

Desde hace unos años, el mundo transita lo que muchos exégetas de ciencias sociales llaman "la cultura del espectáculo", en la que la palabra pasa a estar subordinada a la música y a la imagen, lo que propicia la entronización de las pantallas y los recitales.

Se acabaron la reflexión y la crítica en beneficio de las sensaciones y del consumo, proceso que el pensador francés George Steiner califica como "la retirada de la palabra". Los bienes culturales son chatos, superficiales y descartables, dignos de una cadena de ensamblaje.

A su vez, la diversión se convierte en el fin prioritario de la existencia y todos los productos simbólicos están constituidos por ella, al punto de poner en riesgo la vida para conseguir algunos minutos de experiencias destacables de la rutinaria y gris monotonía semanal.

"La cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura", dice el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa en su magistral ensayo "La civilización del espectáculo". Desde luego, no se necesita la sagacidad del escritor para entender el fenómeno. Lo perceptible se impone en las prácticas sociales de la gente y sustituye a lo inteligible.

Sin lugar a dudas, Time Warp se inscribe en este fenómeno cualitativo. Durante el último siglo, el valor de los bienes culturales se fundió con el precio que impone el mercado. Así, el sujeto abandona el consumo material y se torna "un consumidor de ilusiones", como ya anunciaba el escritor francés Guy Debord en 1968.

Cerca de 4000 personas concurrieron al festival alemán para divertirse y desconectarse por algunas horas, en aras de evadir la rutinaria realidad. En trance y a oscuras, depositan su conciencia en una situación ilusoria con ayuda de drogas sintéticas, que en Argentina son ilegales. Y los resultados de la velada son tapa de todos los diarios.

Pero esto no se agota en Time Warp o en festivales de música electrónica, sino también en todos los recitales de música que aglutinan a miles de personas y que emulan los ritos religiosos de tribus arcaicas.

Los altoparlantes a un volumen estridente, las luces de colores y la dudosa percepción de los jóvenes bajo efectos de las pastillas como el éxtasis son comparables al misticismo que rodeaba a los antiguos integrantes de los actos paganos de hace miles de años.

Incluso desde la lingüística se equiparan las situaciones, tal como indica la denominada "misa ricotera" que inauguró el grupo de rock Patricio Rey y los Redonditos de Ricota.

La masividad de estos eventos acelera la gravedad de las consecuencias, ya que los consumidores de espectáculos, cada vez más jóvenes, miden menos la ingestión de las drogas. La mimetización con el ambiente que no hace más que estimularla. El círculo virtuoso de la cultura del espectáculo.

La situación podría emparcharse con la suspensión de la edición del Time Warp del sábado, con multas a los organizadores o con la prohibición de festivales de música electrónica en la zona por un tiempo, pero eso no solucionaría el problema de fondo que asola la cultura en el siglo XXI, y no sólo en Argentina, donde se produce la pequeña réplica de la oleada de banalidades que afecta a todo Occidente.

Seis personas murieron, seis están intoxicadas en el Hospital Fernández y la lista se robustece. Y lo peor es que no va a ser la última vez. Es hora de recuperar la reflexión y la primacía de la palabra para destronar a la diversión y a las sensaciones de la línea de meta de nuestra existencia.