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Hacia una educación integradora

Si hay algún valor fundamental que la Escuela debe transmitir a los jóvenes dentro de una educación integral y armónica, ese es el de la tolerancia y el respeto a todas las culturas, personas, sexos y estilos de vida. Es hora de llevar a cabo entre todos una contrarréplica pacífica y solidaria para poner las cosas en su sitio.

Escribe con acierto el antropólogo C. Kluckhohn: "El mundo debe llegar a ser como una gran sinfonía, una heterogeneidad orquestada; debe existir un plan de conjunto, una relación entre las partes que lo integran, pero sin que eso signifique que tenga que perderse el delicioso contraste de temas y ritmos".

No creo en el pesimista Homo homini lupus de Hobbes, sino en la concepción renacentista de Pico de la Mirándola o de Erasmo de Róterdam, que hacen del Hombre (varón y hembra) el centro del Universo, capaz de elevarse, por medio de su razón y su libertad, a las más altas creaciones del espíritu, o, por el contrario, de rebajarse al nivel de las bestias. De nosotros depende que construyamos una casa común con futuro, o que salte por los aires, inerme, estéril, muerto de miseria, nuestro pequeño y bello planeta, cada vez menos azul, más hambriento, más sediento, más injusto e inmoral.

Cuando comprendemos a los demás, estamos aportando luz para conocernos a nosotros mismos, ya que por debajo de las variables y diferencias lógicas y deseables existentes, se mantienen constantes en toda la Humanidad ritos y mitos, relaciones e instituciones, afanes y deseos, tristezas y esperanzas que nos muestran que pertenecemos a una sola raza humana embarcada en la aventura de vivir y evolucionar, de construir un mundo mejor: un mundo sin humillaciones, sin violencia, sin pobreza, sin marginaciones: ésa es, sin duda, la más bella utopía jamás pensada.

"No todas las sociedades, no todos las personas", en palabras del profesor José L. Aranguren, "son igualmente buenas y honestas; solo pueden ser calificados de buenas y honestas aquéllas que luchan para hacer real la Justicia y la igualdad".

Son el machismo y el feminismo radical dos actitudes perniciosas y bastante frecuentes en nuestro tiempo, que representan en toda su crudeza y urgencia el grave problema que estamos tratando en este artículo: las relaciones de igualdad y desigualdad entre hombres y mujeres. No cabe duda de que, a pesar de los indudables avances de carácter ético y social que se están produciendo en nuestro siglo, existe aún una clara desigualdad y discriminación entre los dos sexos.

Urge una verdadera educación integradora en la que la igualdad no crezca como planta aislada, sino que se nutra y apoye en otros valores éticos fundamentales, como son la responsabilidad, el respeto, la solidaridad, la justicia y el amor al prójimo.

Hay quienes opinan que "son las mujeres las que tienen "la sartén por el mango", son ellas las que mandan, las que imponen las modas, las que eligen la casa, la decoración, los viajes; los chicos son los pagafantas que no se enteran de nada". Mónica, en el primer curso de Universidad, nos dice que "la clave está en la educación en la casa, en la familia; yo tuve la suerte de que mi madre, maestra de Escuela, nos enseñó a mis hermanos y hermanas, a sus alumnos y alumnas, el respeto a todos por igual, el trabajo inteligente, las obligaciones comunes sin ningún tipo de discriminación sexista".

"La idea de que los chicos que rechazamos cualquier tipo de discriminación nos integremos en la lucha por la igualdad de los sexos me parece totalmente necesaria; en definitiva, todos luchamos por la racionalidad, la libertad, la dignidad humana; no nos podemos quedar en un enfrentamiento estéril, misógino, acomplejado, que no lleva a ninguna parte; está en juego el futuro de toda la sociedad, no de una parte de ella", dice Alfredo, un joven estudiante universitario.

Todos nos necesitamos, todos nos complementamos, todos somos diferentes, pero todos somos iguales en dignidad personal