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Femicidio: la relación víctima- victimario, la teoría de la tábula rasa y el círculo de la violencia

Por Omar Ledesma. Para comprender acabadamente la figura de femicidio/ feminicidio resulta lo más correcto remitirnos a la fuente.

Para comprender acabadamente la figura de femicidio/ feminicidio (ambas acepciones son correctas), resulta lo más correcto remitirnos a la fuente o acusación del término que muy rápidamente se convirtió en un común denominador de causales de muertes violentas entre géneros: Diana Russell, (escritora y activista feminista, Ciudad de Cabo, 1938) promotora inicial del concepto, lo definió como “el asesinato de mujeres por hombres motivados por el odio, desprecio, placer o sentido de posesión hacia las mujeres”.(Caputi, Jane; Russell, Diana [septiembre-octubre de 1990]. “Femicide: speaking the unspeakable”- Femicidio: hablando de lo que no se habla).

Como se verá ya en la lectura de la definición y en el posterior análisis, la descripción resulta precisa, certera y lo suficientemente amplia para la inclusión de figuras intermedias desde todas las áreas a las cuales compete la detección, valoración de riesgos, toma de denuncias, contención, aislamiento del sujeto de riesgo, detección de patología mental si esta existiera, intervención sobre la víctima y la prevención o intervención (prevención de segundo nivel), cuando el acto fuera intentado pero no consumado; esto resulta de relevancia dado que al momento de aplicar la posvención (o mal llamada prevención de tercer nivel) es cuando ya se cuenta una nueva víctima.

Tales disciplinas son las Ciencias Jurídicas, la Medicina (especialmente la medicina legal y la psiquiatría), la Psicología, la Sociología, la Asistencia Social, el Acompañamiento Terapéutico y los Equipos Transdisciplinarios de Reinserción Social y las Ciencias Políticas, haciendo un especial énfasis en éstas últimas porque mientras en todos los niveles jerárquicos de las disciplinas mencionadas no exista un criterio científico de aplicación a los cargos políticos, con generación de políticas de estado.a largo plazo, continuaremos solamente realizando un censo de víctimas. Todas las mencionadas son aquellas que atraviesan al sujeto en su ambiente y desarrollo diario, y a través de las cuales el Ser Humano se convierte en sujeto de la sociedad, y, requerido el caso, en sujeto y objeto de análisis de tales áreas científicas. En todos los casos mencionados, el objeto sería solo aquel de que se extraiga la prueba del delito denunciado, debiendo siempre prevalecer, sin predominio de ninguna de las ciencias, el principio galénico de “primum non nocere” (primero no dañar), tal cual se halla tutelado en la Constitución Nacional y pactos de jerarquía constitucional, el deber de preservar la vida y en segundo lugar la función, es decir, no victimizar o generar más daño a la víctima de violencia de género.

Violencia de género

Este punto nos lleva genéricamente a referirnos a “todo daño o acto de denigración generado a un individuo a consecuencia de género, discapacidad, minusvalía, desigualdad de todo tipo, profesión de fe, elección sexual en libertad de condiciones, practicas, sociales, pensamiento o ideología política o cualquier circunstancia que a criterio del violento lo aparte de la pauta social imperante”.

Como vemos, el violento es violento, sin más, lisa y llanamente. Este concepto, expresado como una verdad de Perogruyo, sin embargo, tiene raíces muy profundas implicadas, de las cuales solamente vemos la punta del iceberg.

El círculo de la violencia

En la gran mayoría de las relaciones humanas, incluidas las laborales, se da sin solución de continuidad una relación de tipo circular.

Para generar un vínculo estable en el tiempo, se desprenden de parte de cada uno de los individuos que interactúan una serie de elementos que se ponen en despliegue y son controlados por las partes según las necesidades: el primero es un vínculo de empatía, estableciendo una relación de tipo vincular leve a netamente preferencial por sobre el resto, le sigue a esa empatía, hasta ahora neutral (despierta solamente emociones vagas y controlables por las partes), una simpatía (sintonía con las emociones del otro), es decir una descarga emocional preferencial con la persona de elección. Es en este punto donde la eventual asimetría de poderes (en todas las circunstancias que se pueda imaginar), puede generar fantasías (pensamientos sin sustento fáctico) o ilusiones (percepción distorsionada de la realidad), en ambos casos de preferencia tendientes al ascenso, incremento de la popularidad, poder, etc, que tienen en sí mismas un efecto potenciador. La contraparte de la relación establecida, bien puede detener tal progresión o embarcarcarse en el mismo círculo, una persona con un estado de salud mental sin patología realizaría lo primero, en tanto aquel que presenta como rasgo personal y en una forma distorsionada de percepción de la realidad rasgos seductores, hábil socialmente, consciente de la debilidad de su futura víctima y de sus ambiciones a sus expensas, pero sobre todo con capacidad de sostener la situación y sin capacidad de arrepentimiento), utilizará el caudal de su víctima en su favor sin exponer ningún perfil personal ni profesional, siendo éste el primer paso de la violencia de género: el desprecio por la persona. Existirán discusiones (fases de descarga), las cuales se solucionarán en forma pasional (no me refiero solamente a la esfera sexual sino a las pulsiones individuales), en tanto comienza nuevamente la acumulación de tensión, la cual requerirá de una nueva descarga energética por parte de la víctima, que va menguando su capital de respuesta), otra resolución (o fase de “luna de miel” en las parejas constituidas), y así sucesivamente, con periódicas descargas de violencia, que pueden llevar o bien al ilícito de quitar la vida al otro o pretender hacerlo sin logarlo), a la patología mental de la víctima por un mecanismo de desesperanza aprendida (learned helplessness, Martin Seligman, 1964-1994) que conlleva a la víctima a una depresión por la distancia insalvable entre sus logros y lo deseado, y cuadro dentro del cual se halla incluido el suicidio (lat. suis: uno mismo- caedes: dar mente). A tal ejemplo, que se desarrolló para explicar el círculo de la violencia, corresponde la epidemia de suicidios ocurridos en París en la empresa Stet- Telecom France (luego Telecom France) ocurrida en el año 2004, donde 27 personas perdieron la vida arrojándose del edificio de la empresa, por lo cual fue encontrado culpable uno de los sub gerentes de la empresa, condenado penal y civilmente (Diario Le Monde, Sept./2004/// 2010).

La teoría de la tábula rasa

Hasta hace no más de 5 décadas, se consideraba que el cerebro del recién nacido venía tal cual una tabla o pizarrón donde comenzar a inscribir las experiencias, sin embargo, los estudios anatómicos y biológicos demostraron que traían una impronta muy bien grabada, determinada por código genético más todo lo que podían aprender sobre todo en los primeros 4 años de vida, los estudios más relevantes provienen de la escuela inglesa de las manos de Melanie Klein y sobre todo de John Bowlby, quien desarrolló de este modo su “Teoría del apego” en la cual describe 3 modalidades sobre más de 20000 casos hospitalizados en instituciones de menores y estudiados:

  • Apego seguro: el niño dispone de una madre o cuidador que le brindan siempre las mismas condiciones de bienestar ante su inseguridad, se incentiva a una exploración de su entorno.

  • Apego inseguro: las condiciones de su cuidado y la modalidad de respuesta de contención que reciben son variables acorde al estado de ánimo de su cuidador, generando inseguridad en su contacto con el mundo exterior.

  • Apego elusivo: el niño sin recepción de afecto va a tender a aferrarse a sus modos y objetos de seguridad, con escaso contacto con el mundo exterior.

  • Ahora bien, hablamos que si estas condiciones resultan reversibles en los casos adversos, (puntos 2 y 3), existe una variación en la expresión de las conductas del menor hacia una mejoría que le permite una inserción social, por tanto, estamos hablando acorde a la evolución darwiniana que factores epigenéticos (aquéllos que estado fuera de la codificación genética generan una influencia en la misma), tienen una importancia capital tanto en el individuo como en su transmisión genética, por lo tanto, el medio es un regulador influyente- no determinante en la herencia de las características adaptativas de las generaciones siguientes).

Importancia en la violencia de género

En el inmenso abanico de individuos que componemos el complejo entramado social, cada historia resulta particular y propia, no obstante existen elementos que son de relevancia y que se dan en forma común como para permitir identificar rasgos indiciarios, cuando no determinantes, de la víctima o del victimario:

Respecto de la víctima: baja autoestima, inconclusión de los estudios, maternidad a edades tempranas, vivencia en ambientes precarios, alcoholismo paterno y /o materno (en ese orden), violencia doméstica, violencia infantil, sentimientos de culpa respecto de su sexualidad, o, por el contrario, “cosificación” de su propio cuerpo, autoflagelación, tentativas de suicidio, manifiestas o no, con ejecuciones de las mismas o no, fugas reiteradas del hogar, antecedentes de consumo problemático de sustancias

Respecto del potencial victimario: conductas antisociales sin medición de las consecuencias potenciales o reales, fugas reiteradas del hogar, imposibilidad de control paterno/ por cuidadores, violación sistemática de normativas de convivencia, consumo problemático de sustancias, involucramiento en riñas, agrupamiento en bandas con o sin fines delictivos, pero selectivamente diferentes del contexto social, portación de armas, antecedentes de violencia individual o entre bandas del mismo sexo, antecedentes de relaciones problemáticas de parejas, autoestima falsamente elevada sobre la base de su potencial de acción, o realmente elevada (distorsión de la percepción de realidad), por sus logros generalmente sobre acciones delictivas (generalmente) de índole menor, conflictos sistemáticos con la autoridad.

“Lo que el mono ve, el mono hace...” (Marco iacoboni)

Ahora bien, las neurociencias, una sub rama de la Psiquiatría y la Neurología, han avanzado tanto en los últimos 30 años, desde su surgimiento, que nos permite comprender mecanismos que antes solo podíamos imaginar como posibles. Uno de ellos, publicado por Marco Iacoboni (Turín, 1991), “Las neuronas espejo” nos entrega un panorama detallado del lóbulo frontal del ser humano y de zonas de células hiper especializadas, tendientes a reproducir aquellos actos que se consideran adaptativos para la supervivencia de la especie. Simplemente, se premia al animal objeto de estudio (mono, compartimos más del 99,5% del cerebro con ellos), al momento que desarrollan conductas que son repetitivas de las del examinador, y las cuales siempre tienden a la complejización en el uso de herramientas y desarrollo de conductas tendientes a la socialización y a la supervivencia. Este mecanismo es posible por células hiper especializadas tendientes a copiar y generar memoria de mecanismos de conducta, las denominadas “neuronas espejo”, ubicadas en zonas específicas de la corteza frontal, la misma que a los humanos nos da el sentido “yo, hoy, aquí y ahora”

La relación víctima- victimario

El (lamentablemente) extenso preámbulo, sirve para ponernos en contexto de situación de aquellos elementos que van a ponerse en juego en la relación víctima- victimario. En la interacción compleja de todos los elementos o teorías probadas desde la Psiquiatría, las Neurociencias y la Psicología, la unicidad de cada persona establece una relación única con otro ser humano único, en ambos casos, con las “cargas” (defectos y virtudes) que pudieran corresponder en cada caso a las personas (en palabras de Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”).

Como toda relación de dispares, deberán negociarse los términos de llevarla a cabo, los roles a cumplir por las partes, etc. Sin embargo, desde este mismo momento, y aún sin conocimiento, las cargas individuales van a dar lugar a que las debilidades de una de las partes pueda ser eventualmente utilizada como talón de Aquiles por la otra, si hubiese en el momento o a posterior, una intencionalidad maliciosa o de sometimiento. A este punto, aún no hemos definido cuál es la parte que puede actuar como victimario, siendo, en el modelo clásico de una pareja heterosexual y hablando de femicidio, la mujer quien utilice estas herramientas. Por lo general, de producirse tal caso, resulta de menor frecuencia el homicidio por razones de género (ver más adelante), siendo que en tales casos, existe una manipulación sobre los regímenes de visitas establecidos sobre los hijos, la polijudicialización (permítase el neologismo), con abundancia de causas en diferentes fueros que no se continúan, no obstante implican un peregrinaje judicial del denunciado, y, por último, las denuncias por abuso sexual, aunque las mismas por ser correspondientes al ámbito penal y aunque de instancia privada, no resultan de las más frecuentes. Si en cambio existe la coerción sostenida y sistemática del atentado contra la vida propia o la de los hijos, o todo ello con más bienes materiales, que, al recaer en Juzgados de Familia, paradójicamente son las de más lenta resolución y por regla general en instancia prejudicial.

Cuando en la mayoría de los casos, la víctima es la mujer, los trámites de denuncia de la violencia doméstica, ya en pleno curso inclusive desde años previos de evolución, los trámites resultan por regla general lentos, ineficientes, no se establece la medida de apartamiento del hogar del violento hasta mediar comprobación fehaciente, vejatorios de la denunciante o lo que es peor, revictimizantes, lo que implica que muchas denuncias no se continúen por miedo a las consecuencias que las mismas podrían traer en el ámbito doméstico, aun existiendo violencia de género, como ya fue mencionado. Los números hablan por sí solos: menos de un 20% de las mujeres continúan el trámite judicial por temor a represalias, al menos 32% iniciaron uno o más trámites, los cuales fueron discontinuados, y un 97% de las mujeres han sido víctimas manifiestan haber sido víctimas de violencia de género en cualquiera de sus modos sin haberlo denunciado.

Como corolario del presente, un 45% 50% de las mujeres que concurren a consulta psiquiátrica- psicológica enuncian en el ámbito del consultorio (en el caso de los especialistas que nos dedicamos a la atención preferencial de stress- trauma- depresión), manifestando en un 20% de los casos abuso sexual, sin haber mediado denuncia por ninguno de los hechos, y hallándonos los profesionales restringidos por el secreto médico- paciente, y por la falta de relevamiento de tal secreto por parte del paciente para poder denunciar y/o de magistrado competente a los mismos fines (Ley de Derechos del Paciente, art. 29 del CCCN, Derechos Personalísimos). (Estadística propia, período 2008-2019).

Conclusión del presente ítem: en todos los casos, al igual que en los cautiverios prolongados ilegales, el miedo como emoción, produce 3 tipos de respuestas, la lucha, la huída, o el congelamiento. Es casi regla general que en el caso de la inferioridad psicológica, traducida por parte del victimario de forma verbal, sexual, laboral, doméstica, etc., la mujer adopte una modalidad de respuesta de tipo “desesperanza aprendida” (ver más arriba), que tienda a su freezing o congelamiento, generando un estado de incapacidad de respuesta que tiende a generar con su victimario una situación simbiótica de orden netamente patológico, que continúe el descenso por la escalera en espiral de la violencia de género, pasando de ser un sujeto digno de atención a un objeto digno de pertenencia, y donde el goce del victimario se da en el deterioro progresivo y sistemático de su bien de uso, hasta el momento en el cual “deja de servir”, ante lo cual se procede a su descarte por obsolescencia. La delgada diferencia entre el homicidio calificado por el vínculo y el femicidio se da por la comprobación fehaciente de la existencia previa de “violencia de género”. Tan solo una delgada línea gris y sinuosa sobre la cual el Derecho se queda filosofando sin criterio práctico de aplicación a una situación desbordante.

El Derecho, las figuras legales, las posturas y los números. ¿Qué hacemos con esto?

Los números son más que elocuentes: consultadas fuentes del Ministerio del Interior de Francia, su número máximo de femicidios fue de 130 en el año 2017; en Italia la mayoría de los femicidios ocurrieron en la zona de mayor nivel adquisitivo e industrialización, esto es en el centro- norte, con un promedio de 1 muerte violenta cada 72 hs., en tanto, en Argentina se produce un femicidio en un lapso de 25 a 33.5 hs., con un nuevo punto de corte cercano al límite más bajo, establecido en 27,5 hs. Para establecer una comparativa, se consultaron las cifras en países del Oriente Medio, regidos y/o habitados por gobiernos teocráticos, arrojando una cifra de 1 femicidio cada 29 hs. Japón, como referente de la cultura oriental y de acuerdo a su ordenamiento social, dispone de estadísticas desde 2002, con una casuística total a la fecha de 20992 casos de violencia doméstica denunciados, con 62 femicidios en el 2007, cifra similar a la presentada en el transcurso del presente año. Se estima que la falta de estadísticas oficiales tanto como la baja incidencia de femicidios se debe a “la sumisión de la mujer japonesa” (cepal.org) (Biblioteca del Congreso Nacional de Chile- Programa Asia- Pacífico, bcn.cl)

Las posturas planteadas por el Derecho a esta temática tienen un punto concluyente: es un delito, de instancia pública por atentar al primer bien tutelado por la Constitución Nacional (la vida), y por ende posible de condena del imputado. Ahora bien, desde las Ciencias Jurídicas, las posturas son variopintas, y para tal basta con conocer las posturas de terceros, todos magistrados, que en muchos casos debieran dejar honorablemente vacante su sillón, habiéndose recogido en los medios de difusión masiva que “son un delito de instancia privada”, que “el personal de las Comisarías de la Mujer debe tomar intervención de inmediato y no citar para el día siguiente”, etc, que se planea la distribución y mejora de las redes de botones de pánico”, etc. Realmente atrasamos en los tiempos de la Justicia si comparamos el cronómetro con el de las víctimas, actualmente en promedio de 27,5 de separación entre 2 hechos delictivos no conexos, o, tal cual fuera el fin de semana pasado, con 4 mujeres muertas en el término de 48 hs.

La CEPAL, con toda la relevancia de su tarea, no obstante, ha mantenido desatinos dignos del mas llano de los desconocimientos, por ejemplo, una publicación de Julio/1996 (la última reforma constitucional en Argentina que incorpora la mayoría de los Tratados Internacionales data de 1994), donde bajo su responsabilidad (según el disclaimer de tercera página) una de sus integrantes, Nieves Rico, Consultora de la Unidad Mujer y Desarrollo de la CEPAL, en la publicación “Serie Mujer y Desarrollo 16), titula su trabajo “Violencia de género: un problema de Derechos Humanos”, y en su desarrollo establece a la violencia de género hacia la mujer como un nuevo problema de los tales Derechos. A este punto, no resiste el menor análisis, siendo que la proclama de los Derechos del Hombre (entendido como especie viva), parte de los principios que dieron lugar a la Revolución Francesa de 1789, y que El Tratado de los Derechos Humanos, y por tanto nuestra Constitución Nacional, consagran que todos los habitantes son libres e iguales ante la Ley (principios de Libertad e Igualdad). Ahora bien, si todos los habitantes son iguales ante la ley, y vamos a basar la necesidad de un calificativo a la figura delictual sobre la que pesa el odio específico (racial, étnico, religioso, sexual, sexista), la eventual violencia no denunciada genera la condición necesaria para calificar al delito y brindarle un nombre propio?. Porque si entrásemos en esa disquisición, debiéramos hablar de (y nuevamente permítanseme los neologismos) de trasvesticidio, homosexualicidio, nigromicidio, y una larga lista de etcéteras.

Siempre que existe un homicidio (homo/ hominis: hombre, caedes: quitar la vida), existe una situación de supremacía sistemática o circunstancial de la víctima sobre el agresor, independientemente del vínculo de las partes, graficado antes entre homicidio agravado vs. femicidio. A este punto el artículo 80 del Código Penal de la Nación define como homicidio “...aquel que matare a otro...”, dentro de los cuales se imputa el acto cometido, en tanto los agravantes o atenuantes dan forma a la situación particular del individuo imputado.

Desde su puesta en vigencia en 1921, el Código Penal de la Nación sufrió más de 900 cambios o reformas parciales, los cuales se pretendieron adecuar al tiempo pero desnaturalizando necesariamente su contenido en forma y fondo. El último paso dador es un anteproyecto y luego proyecto del año 2018, que a criterio de este autor, son innecesarios sino existen políticas de Estado, o, lo que es peor, ausencia de Estado y sistemas rápidos y protocolizados manejados por profesionales, la ausencia no ocurre cuando un fiscal no acusa, sino cuando la víctima llama al 911 o 144 y no recibe o respuesta o ayuda, cuando se le entrega un botón antipánico y se la envía a la casa; de proseguir así, y como he dicho en muchas entrevistas, los sistemas de alertas remotos ayudan a reducir el radio de búsqueda de una nueva escena del crimen.

Conclusiones

Es realmente abrumadora la cantidad de información acerca de esta temática, no obstante, refleja cifras alarmantes que, con grandes diferencias culturales, parecen sin embargo estar reducidas a escasas diferencias en tiempo, por lo cual, de hacer un simple cálculo matemático, estaríamos en la curiosa observación de que resulta un fenómeno trans global.

Este fenómeno, que por sus características podríamos decir que resulta de un carácter símil pandémico, es, lamentablemente, siempre seguido desde atrás, es altamente dificultoso realizar alguna prevención cuando se conoce la estadística pero no los lugares ni las formas intrínsecas de cada relación, el entrecruzamiento de datos policiales de imputados o condenados resulta a este momento imperioso, se requiere personal específicamente capacitado con capacidad de apelar a la fuerza pública sin pasar por trámites desgastantes, en síntesis, cada cual puede aportar una nueva idea que pueda ser bien recibida, pero la mayor y mejor idea es el nucleamiento político, apartidario (no mueren las de una sola ideología, y se defiende un bien supremo) y activista, ese que grita para hacerse escuchar, el que defiende un solo evento, el de amanecer viva al día siguiente para vivir otro sin temor.

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