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Estremecedor: así bajaron los cuerpos congelados de los andinistas perdidos hace 25 años en Mendoza

Juan Cruz Rodríguez, de 23 años, relató cómo encontró los cadáveres de Roberto “Leroy” Villa y Nicolás Ibazeta en la cima del cerro El Plata, en Mendoza. Los andinistas habían partido a la montaña en junio de 1996. 


Juan Cruz no estaba seguro de lo que veía delante suyo, un poco más arriba, al costado del sendero sobre el filo de la montaña. No tenía certeza de si aquello era producto de una alucinación como consecuencia de la altura, el frío y la falta de oxígeno, o era parte de una realidad demasiado cruel que lo espantaba al punto de paralizarlo.

Llevaba 13 horas ininterrumpidas de escalada en el tramo final hacia el tope del cerro El Plata. Iba por el lado más complicado de la montaña que domina el Cordón del Plata, un sector al que pocos montañistas se le animan. Estaba a casi 6.000 metros de altura, a nada de hacer cumbre. Había caminado durante toda la madrugada, por momentos a 12 grados bajo cero. Casi pierde dos dedos de una mano por el frío. Tuvo detener la marcha y frotarlos durante media hora. De no sentirlos pasó a sufrir el dolor horrible que el cuerpo experimenta cuando se recupera la circulación, como pinchazos de mil agujas.

Así marchaba Juan Cruz cuando se topó con lo que primero vio como un “bulto”. Frenó, confundido, mientras aclaraba la visión, atrapado por la conmoción, en la soledad intimidante del techo de la Cordillera de los Andes: “Pensé que quizá me estaba volviendo loco porque de repente me encontré con el cuerpo de un hombre acostado en la nieve, que me miraba. No me daba cuenta si estaba teniendo una alucinación producto de la situación extrema, pero enseguida entendí que no. Era real. Y me dio mucho miedo”.


Juan Cruz tiene 23 años, él no había nacido cuando los dueños de los cuerpos que él halló desaparecieron en la fría montaña.
andinistas

“Sentí terror, hermanito”, dice a Infobae con tonada mendocina Juan Cruz Rodríguez, el andinista de 23 años que el domingo pasado mientras intentaba llegar hasta lo más alto de uno de los picos de la provincia de Mendoza encontró los cuerpos congelados de Roberto “Leroy” Villa (23) y Nicolás Ibazeta (22), dos jóvenes que en junio de 1996 (dos años antes de que el propio Juan Cruz naciera) desaparecieron durante una escalada y, ahora se sabe, murieron acurrucados en la montaña, probablemente como consecuencia del frío y el “sueño blanco” que invade a los montañistas en situaciones de tormentas de nieve y viento, frío y desorientación.

A pesar de que Juan Cruz ya había subido el cerro El Plata -por la otra ruta, la tradicional- no conocía la historia de Villa e Ibazeta. No sabía que eran los únicos dos andinistas que aun quedaban en la lista de los que jamás volvieron de esa montaña. Rodríguez estuvo no más de seis minutos frente a los cuerpos momificados desde hace 25 años, los miró con obsesivo detallismo.

Era consciente de que tenía que recordar los colores y las marcas de los equipos que llevaban porque no tenía batería en su teléfono para sacar fotos y siguió hasta la cumbre. Pero ya nada iba a ser igual. Horas después bajó, contó lo que vio, un amigo guía de montaña le dijo que probablemente se tratara de ellos y entonces Rodríguez llamó a la oficina del fiscal Carlos Torres e hizo la denuncia.

Al otro día lo llamaron de la Patrulla de Rescate de Alta Montaña de la Policía de Mendoza y el joven partió de nuevo al cerro para guiar a los rescatistas durante tres días de escalada hasta el lugar donde durante un cuarto de siglo los cuerpos esperaron que alguien los descubriera. Finalmente el equipo los bajó en camillas especiales a pie, por un tramo que demandó dos días, hasta llegar a una zona donde pudiera acceder un helicóptero. Los restos de Villa e Ibazeta fueron reconocidos por sus familiares en la morgue de la capital mendocina el jueves. Ese día, en ese momento, se desintegró el peso de la incertidumbre que habían cargado durante tantos años.

El camino hacia el reencuentro con los andinistas perdidos comenzó para Juan Cruz el viernes de la semana pasada. Salió de su casa en colectivo hasta Potrerillos. Desde la base caminó ocho horas hasta que cruzó la laguna del Platita, en Los Morteritos, en el Cordón del Plata, ya a 4.100 metros sobre el nivel del mar. Pasó la noche allí y el sábado arrancó la trepada hasta la base de la cara sur del cerro El Plata, en la Quebrada de Casas, donde descansó la segunda noche.

“La cara sur es la más jodida, la más expuesta y alejada”, explica Juan Cruz sobre su aventura. Él tenía la ventaja de que ya conocía el lugar, había estado y tenía todo estudiado. “Conozco bastante los tiempos, me conozco a mí mismo. Hay que encarar la montaña muy enfocado, pensando en el itinerario de la subida”, detalla. La organización y la concentración son determinantes. Cada minuto es importante para un montañista. “Si salís una hora tarde a caminar te agarra el sol y ya cambia las condiciones porque te derrite la nieve y podés morir en una avalancha”, pone como ejemplo.

Por eso el último tramo Juan Cruz lo inició a las a las 4 am del domingo. Era de noche: “Salí a esa hora para aprovechar que la nieve está congelada y progresar más rápido y evitar avalanchas”. La naturaleza puede ser cruel en su búsqueda del equilibrio. La ventaja de un terreno sólido por la falta de sol era a la vez un problema: “Estuvo frío, sufrí bastante de frío, 12 grados bajo cero. Dos dedos de la mano ya no los sentía y no los podía mover y estuve un largo rato reanimándolos para poder sentir. Duele mucho eso”.

La montaña exige al andinista desde todo aspecto. La fortaleza mental es tan importante como la capacidad aeróbica o la potencia de los músculos de las piernas o la capacidad para leer el clima. A las 8.30 salió el sol. Juan Cruz ya estaba a 5.500 metros. “Y la nieve se empezó a poner blandita y me tiré a la izquierda, al acarreo, a la pendiente de roca”, cuenta, porque en la nieve ya se hundía mucho y no podía caminar.

La pendiente lo llevó al filo suroeste del cerro. El sector más complicado y hostil. El andinista caminaba lento, como si cada paso valiera una vida de energía corporal. Allí arriba el oxígeno es poco y vale como el oro. Eso provoca que la frecuencia cardíaca se acelere demasiado. Se camina despacio para no hiperventilar.

Así iba Juan Cruz cuando se cruzó el primer aviso de algo extraño: la varilla de una carpa. Y luego, inmediatamente, un pedazo de tela en un lugar donde no hay más que nieve y piedra. “Me estaba cruzando con todo, me estaba chocando”, relata Juan Cruz, y la voz parece caer en un túnel vertiginoso, como si otra vez estuviera allá arriba. “Hice cuatro pasos y cuando miré para arriba vi que había una persona mirándome. Un bulto enorme de colores, y me di cuenta y caí en la cuenta de todo. La varilla, la carpa, el bulto. Eran personas congeladas, muertas. Y me dio mucho miedo. Me agarraba la cabeza, y no me la podía ni creer, parecía que me observaban”, contó.

Atrapado por el estupor, Juan Cruz tomó valor y se acercó a los cuerpos. Me puse al lado y fue tratar de ver lo más que pueda, el equipo que tenían, las chaquetas, vi las marcas, busqué alguna insignia de un club andino, estuve un ratito, pero no los toqué, no quise tocarlos”, admite el joven, que sintió la aparición de los cuerpos congelados como un mensaje intimidatorio de la montaña: “Era una tremenda señal. Me estaba encontrando con dos personas muertas, lo interpreté como una señal”.

Una hora y media después llegó a la cumbre. Era la primera vez que tocaba la cima de la montaña por la ruta más difícil. Pero Juan Cruz no podía parar de pensar en Roberto y Nicolás. “Estaban enteros, momificados. El frío los conservó, estaban los dedos, las piernas, los pies, las caras. Vi que eran jóvenes. Lo que más quería saber era cómo se llamaban, quiénes eran, qué vida habrán tenido. Habrán tenido sueños, como cualquier persona”, dice conmovido.

Rodríguez llegó extenuado a su casa el domingo a las 21 y el lunes a la noche volvió a salir para la montaña por pedido del fiscal Torres. “Fue volver a ver la escena del terror”, comenta Juan Cruz. Caminó junto a siete rescatistas. Dos de ellos llevaban las camillas especiales. “Ellos estaban tristes porque los conocían, me agradecían, me decían ‘gracias, hermano, vas a dejar gente tranquila, en paz’. Cuando los encontramos se pusieron los guantes, yo no toqué nada, ayudé a bajar las camillas”.

De la cumbre bajaron hasta la Quebrada de Casas, por el otro lado, el más “fácil”. Durmieron allí y al otro día llevaron los cuerpos hasta la laguna del Platito. Ya era miércoles. “Estábamos expuestos a avalanchas y buscamos un buen lugar para dormir”, cuenta Juan Cruz.

La expedición de rescate terminó a las 2 de la mañana del jueves, cuando los rescatistas volvieron a la base del cerro. Ese día a las 10.30 un helicóptero levantó los cuerpos en la orilla de la laguna. “El cansancio fue letal, fue muy duro, estuvimos sin comida, con ganas de volver. Sufrimos mucho, fue muy duro”, comenta Juan Cruz. La frase corta indica la profunda conmoción.

“Leroy” Villa y Nicolás Ibazeta eran jóvenes y tenían experiencia. A los 22 años, Villa había subido la pared sur del Aconcagua, el cerro más alto de toda América, una gesta que para los andinistas es como para un tenista ganar un Grand Slam. Quizás confiados en esa capacidad atlética y mental los jóvenes decidieron subir durante aquel invierno pleno de 1996, y tomaron el riesgo que siempre existe en la montaña.

“Siempre asumís que puede pasar cualquier cosa. En este caso los chicos estaban en invierno. Las temperaturas se van a -25 grados, mínimo. Y sopla mucho el viento”, describe Juan Cruz, que se anima a conjeturar sobre el destino de Villa e Ibazeta: “Seguro los agarró una tormenta. Las condiciones climáticas, la altura, el frío, todo se junta y todo suma para que pasen esas cosas. Es muy extremo, la montaña mendocina en esos lugares es hostil, estás solo, alejado, sin comunicación, estás por tu cuenta. Quizás ellos en su época habrán tenido el equipo. Leroy tenía mucha experiencia. Nico también. Hay que saber mucho para mandarse al cerro Plata en invierno por esa cara. Es una decisión fuerte”.

Al volver de traer los cuerpos, Juan Cruz habló con los familiares de los andinistas encontrados. “Estaban con un montón de cosas en la cabeza, felices porque se terminó la incertidumbre, muy agradecidos conmigo. Ellos ya no esperaban encontrarlos”, se emociona. La madre de Villa, que sufrió esa incertidumbre, ya no está para cerrar el círculo que permaneció abierto durante 25 años.

“A las familias se les termina una tristeza enorme. Espero que ahora les venga paz y que puedan volver a recordarlos. Serán días de festejo”, dice el joven de 23 años. Mientras habla, una cicatriz invisible marca la historia de su vida para siempre. Es una de las formas humanas de crecer.

Extraído de Infobae.

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