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“Es un entorno transero, traidor y obsecuente”, la carta de un cirujano sobre el Vacunatorio Vip

Pan y circo, y las culpas del Presidente.


Vacunatorio Vip. "En todos los años que llevo ejerciendo la medicina, nunca vi una muestra de inmoralidad semejante", dice Fernando Cichero.

Como personal de salud, he vivido desgarradoras situaciones laborales y personales en esta pandemia. Hace dos días me enteré de la muerte por coronavirus de un técnico de lavarropas, M. Rubin, amigo de la familia, de 56 años. En enero, los muy queridos Camoia, marido y mujer de 74 años, se enfermaron el 31 de diciembre y murieron 15 días después.

Él me había dicho en diciembre que “en cuanto lleguen las vacunas, los primeros en vacunarse deben ser todos los que trabajan en salud”. Otro caso, de dos colegas directores que, aparte de enfermarse ellos, lo hicieron también sus esposas, que estuvieron internadas en grave estado, pero por suerte lo superaron. Todos ellos actuaron como corresponde, esperando su turno y, como no hay vacunas suficientes, muchos murieron o se enfermaron gravemente.

Entonces, pensé en los dichos de la diputada Mara Brawer: “Hoy no necesitamos la vacuna de Pfizer”, o en la diputada Cecilia Moreau, que incluyó una cláusula en la ley de vacunas que ni ella entiende.

En todos los años que llevo ejerciendo la medicina, nunca vi una muestra de inmoralidad semejante con lo que sucedió con las personas que, teniendo influencia o contactos políticos, decidieron vacunar o ser vacunados sin que aparezca el más mínimo remordimiento o vergüenza, tanto de las personas que las recibieron, como de aquellas que las facilitaron.

Eduardo Valdés, Horacio Verbitsky (el protegido), Jorge Taiana, los Duhalde, los jóvenes del call center, los gremialistas y los activistas de 18 a 20 años de La Cámpora como Stefania Purita Díaz, (y siguen las firmas), no tuvieron la más mínima vergüenza, algunos por oportunismo, otros por estar enceguecidos con la militancia acérrima.

Yo me pregunto ¿todos esos jóvenes no tienen abuelos, tíos, padres, amigos adultos mayores, que sí necesitaban la vacuna? ¿Qué le paso a parte de la sociedad?

Esta situación me recuerda a la famosa película Titanic, donde el dueño del barco se sienta quietito en un bote y está impávido ante la mirada de un oficial que gritaba “mujeres y niños primero”. Como los Moyano, justificándose diciendo que “¿trabajan?” en un sanatorio. En otra escena, cuando el novio “malo” de la protagonista agarra a una niña y se sube a otro bote para acceder a su lugar.

¡Claro! Parece Zannini, que encima bromeó sobre su olvido de fotografiarse. En este Gobierno dicen que “la Patria es el otro”. Me parece que deberían cambiarlo por “la Patria somos nosotros”.

Por mi profesión, tengo la más profunda de las convicciones de ayudar a cualquier persona sin cuestionar lo que es. Pero cuando veo la canallada de todos los funcionarios que facilitaron una vacunación para los amigos o conocidos, me resulta hasta repugnante que haya gente de esa calaña, que no reflexionó ni un minuto sobre lo que estaba haciendo o recibiendo. Me agobia el entorno transero, traidor y obsecuente de muchísimos políticos y políticas.

Los pueblos se educan con el ejemplo y, por lo que se observa, la segunda persona más importante del país, la vicepresidenta Cristina Kirchner, en vez de mostrar pruebas contundentes de que es inocente, se la pasa todos los días (ya hace muchos años) desacreditando a todos los que hacen su trabajo (jueces, fiscales, periodistas) y pueden perjudicarla.

O, ahora, que dice que hay que cambiar el sistema de Salud, defendiendo lo público contra lo privado, cuando ella se internó en los últimos 12 años siempre en su lugar en el mundo médico, el Sanatorio Otamendi o el Hospital Austral o la Fundación Favaloro (todos lugares de excelencia), pero nunca se le ocurrió ir al hospital público que lleva el nombre de su difunto esposo en La Matanza. Por eso, aunque me duela lo de los vacunados vips, ¿qué puedo pedirles? Si son ciegos ante la realidad y encima idolatran a una persona de bajísima moral.

Pido un ratito de silencio para todos los fallecidos por esta terrible enfermedad, y perdón por no haber podido ayudar o vacunar a más gente.


Pan y circo, y las culpas del Presidente

Por César Dossi

La lucha contra el coronavirus se le planta plomiza a Cichero cuando los que con suprema obsecuencia hacia el poder usan la picardía como trampolín. Entre las sombras, los acróbatas de las vacunas buscaron el atajo, hicieron contorsionismo para ladear lo legal chicaneando a una sociedad hipnotizada, siempre temblando en la cuerda floja.

Como esa, y como tantas otras villanías que acuna el populismo bajo su carpa, la Justicia aún investiga a los malabaristas que desviaron hacia El Calafate las 60 dosis de la Sputnik V asignadas al Hospital Posadas, en un vuelo de Aerolíneas en enero pasado.

Hace tiempo que el Gobierno reparte culpas. Algunas de esas víctimas fueron los profesionales de la Salud, el 14 de abril, acusados de “relajarse cuando comenzaron a disminuir los contagios”. También, el 9 de octubre de 2020, el Presidente dijo que “no hay que buscar culpables y le echó la culpa al coronavirus por la situación sanitaria”. Dos meses después llegaban al país tan sólo 300.000 dosis de vacunas rusas. El 27 de noviembre de 2020, en el funeral de Maradona, organizado por el Gobierno nacional, Alberto Fernández le echó la culpa de los disturbios a la Ciudad. Y semanas atrás, por el acuerdo frustrado por las vacunas Pfizer, un mago hizo de las suyas.

Hoy, por los descalabros en la economía, la noticia es que Wall Street le bajó la calificación a la Argentina sumergiéndola en un limbo financiero. Y, sin soplar ni repetir, el dedo acusador apunta a la “herencia recibida”.

Este es el espectáculo que se ve en cartelera. Pero hay otra función por el mismo precio: una diputada del Frente de Todos quiere instaurar en el país el 6 de octubre como el “Día Nacional del Circo”. ¡Nunca en mejor momento!, tenemos a todos los integrantes de la troupe. Mientras, en pandemia se trata ese proyecto de ley en la Cámara de Diputados, perdemos público.

Golpearse el pecho, admitir los errores y alejarse de la dominación que lo secunda, señor Presidente, quizá lo libere de culpas cuando baje el telón. “Pan y y circo”, diría Juvenal.

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