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El mito de ponerle plata en el bolsillo a la gente para crecer

Por Aldo Abram. Ahora, si el país no tiene crédito ni ahorros, ¿de dónde va a salir ese dinero?

Estamos escuchando infinidad de propuestas de reactivar la economía “poniéndole plata en el bolsillo a la gente”. Ahora, si el país no tiene crédito ni ahorros, ¿de dónde va a salir ese dinero? Fácil, a alguien le sacarán lo que se repartirá más adelante; pero ningún candidato va a decir a quién porque perdería esos potenciales votos. Además, haciendo esto no se crece porque al que le sacarán, seguramente el sector que produce, dejará de gastar o invertir ese monto que es el que gastarán los que lo reciban. O sea, no aumenta la demanda total del país. Al contrario, dado que, entre 190 países, la Argentina está en el lugar 21 entre los que más exprimen con impuestos a sus empresas, aumentándoles la presión tributaria tendremos mucha menos inversión y, por lo tanto, un menor empleo y bienestar a futuro.

También, podrían darle a “la maquinita” para ponerle plata en el bolsillo a la gente. Lo malo es que eso significaría intentar apagar la “creciente inflación” echando combustible; lo que con la actual fuerte caída de la demanda de pesos hasta podría derivar en una nueva hiperinflación. Sin embargo, aunque esto último no ocurriera, es sabido que el impuesto inflacionario castiga a los que menos tienen; por lo que más bien resulta una redistribución a la “Hood Robin”.

Entonces, ¿cuál es la salida? Veamos un ejemplo sencillo. Supongamos que soy el carnicero de mi barrio. Un tipo responsable que me levanto temprano a controlar la buena calidad de la carne que me traen. Abro mi negocio en horario y atiendo muy bien a mi clientela; por lo que me gano su confianza y buena plata. Pero un día empiezo a levantarme más tarde y, muchas veces, mi ayudante recibe la carne; por lo que nadie controla su calidad. No abro siempre en hora y, a veces, cierro para irme a tomar un café con mis amigos. Seguramente, terminaré perdiendo mi clientela porque dejará de confiar en mi carnicería; por lo que ganaré menos y seré más pobre.

¿Imaginemos que viene un amigo a proponerme que, para salir adelante, ponga más dinero en el bolsillo de mi familia? Sin clientes, no tengo plata ni crédito. La solución es preguntarme por qué llegué a esa situación y empezar a recuperar la confianza de mis clientes. Levantándome temprano para controlar la carne que me dejan, abriendo cuando corresponde y cumpliendo con el horario de atención. Seguramente, los clientes empezarán a volver y recomendarán nuevamente mi negocio, por lo que podré mejorar mi nivel de vida.

Si dejamos de lado las soluciones mágicas, nos deberíamos preguntar por qué estamos como estamos. Y la respuesta es por no resolver los problemas estructurales de la Argentina. Hace ya varias décadas que vivimos de crisis en crisis; en las que se licúan los resultados desastrosos de no encarar las reformas estructurales pendientes. Es lo que sucedió en 2002  que implicó un costo social fenomenal, con más de 57% de los argentinos en la pobreza. Luego de la debacle, la economía siempre vuelve a recuperarse y, como en el pasado, en la etapa de crecimiento posterior no sólo no se aprovechó para encarar las soluciones necesarias, sino que se agravaron los problemas que nadie había resuelto antes. Así, llegamos al borde del precipicio en 2015 y seguimos bamboleándonos allí; porque la actual gestión no se animó a hacer todos los cambios que demandaba el delicado estado del país.

Por lo tanto, en 2018, ante el menor temblor internacional, argentinos y extranjeros perdieron la confianza y empezaron a sacar sus ahorros de Argentina. Eso implicó huir del peso y pasarse a dólares masivamente, gestando una crisis cambiaria. La pérdida de credibilidad fue tal que nos dejó sin crédito suficiente para enfrentar nuestra deuda pública y no entramos en cesación de pagos gracias al acuerdo con el FMI; sin el cual hubiéramos tenido una de las tradicionales crisis, aunque con la actual caída del bienestar, imposible de evitar.

¿Cómo se resuelve? Como lo hizo el carnicero, hay que recuperar la confianza de los “clientes” para que vuelvan a traer sus ahorros e invertir en la Argentina. Para ello, quien esté en la Casa Rosada el 11 de diciembre, deberá resolver los problemas profundos del país. Encarar una gran reforma del Estado, que sirva a los argentinos y no a la política (como sucede hoy); pero, además, para que lo podamos pagar. En la actualidad, no alcanza con exprimir a trabajadores y empresarios. Si queremos una economía que brinde a todos más oportunidades de progreso, es necesario bajar la presión impositiva. Asimismo, cambiar la actual legislación laboral que es incapaz de generar empleo productivo en el siglo XXI. Si tomamos cualquier año de los últimos 20, más del 40% de la gente estaba desocupada, en la informalidad o con un seguro de desempleo disfrazado en un puesto del sector público o un plan asistencial. Por último, desarmar rápidamente una red de regulaciones que ahoga, sobre todo, tanto a los emprendedores como a las PyMes y cuyo único fin fue justificar el exceso de empleo público y el afán de los iluminados burócratas de usar su poder para decidir por sus conciudadanos.

Es cierto, el facilismo de las soluciones mágicas es atractivo; pero sólo lleva a nuevos fracasos. Como ciudadanos maduros, debemos exigir al Presidente electo encarar el camino esforzado de resolver los problemas que nos impiden crecer. La experiencia de otros países que lo hicieron demuestra que el premio es enorme, no solamente evitar una crisis peor que la del 2002, sino poder triplicar el poder adquisitivo de todos los argentinos por tres o más en los próximos 20 años, como sucedió en ellos.

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