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El error de trabar importaciones

El comercio internacional es una avenida de doble mano; hay reglas que limitan las intervenciones discrecionales de todo país

La acción del Gobierno impidiendo importaciones mediante instrumentos forzados y contrarios a las reglas vigentes responde a la aparición de un temor más que a la decisión de aplicar una política.

Desde que se percibió que el saldo comercial comenzaba a mermar y no cedía la fuga de capitales, se eludió el análisis de las causas intentando actuar directamente sobre los efectos. La falta de un correcto diagnóstico, unida a instintos intervencionistas, llevó a imaginar que trabando importaciones se podía mejorar estructuralmente el balance de divisas. Pero claramente no es así.

De esta forma no se resuelve el problema, sino que se lo agrava. Tampoco se promueve la producción local o eventualmente si se lo hace, lo es en forma precaria, artificial y a un alto costo. En el corto plazo se benefician algunos industriales, aunque también se perjudican otros por la falta de insumos. El carácter improvisado de estas medidas y la ruptura de las reglas no hacen más que deteriorar la seguridad jurídica y ahuyentar los inversores. No sólo se han creado conflictos internacionales sino que también es fácil ver cómo de esta forma se alejan las posibilidades de sustentar un crecimiento genuino. Lo inevitable es que los consumidores tengan menos opciones y que las que subsistan sean más costosas o de menor calidad.

Los perjuicios son mayores cuando la medida se toma intempestivamente deteniendo operaciones de importación ya iniciadas. En los depósitos de aduana se acumulan autos, maquinarias, repuestos y otros productos, algunos de los cuales son necesarios para no paralizar líneas de fabricación locales. Siendo la discrecionalidad lo que conduce estas medidas, se abre así un terreno fértil para la corrupción o la prebenda. Aun si esto no se diera, resulta inaceptable la actitud prepotente que supone una medida de este tipo para quienes operando legalmente se ven perjudicados. No pueden ser peores las formas del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, ejecutor de estas disposiciones.

La pérdida gradual del superávit comercial ha corrido en paralelo con la del superávit fiscal. El modelo de tipo de cambio alto ha dado paso, inflación mediante, a otro de fuerte aliento al consumo. La insuficiente respuesta de la oferta de bienes industriales por falta de inversiones ha derivado hacia las importaciones gran parte del crecimiento de la demanda. Estas han aumentado más rápido que las exportaciones, a pesar de los excelentes precios agrícolas en el mercado mundial. Por otro lado, se ha impulsado la fuga neta de capitales por efecto de la falta de confianza en políticas cortoplacistas que están comprometiendo el futuro. A esto se suma el uso de reservas por parte del Gobierno sin una contrapartida fiscal. Nuestras autoridades parecen desconocer estas evidencias y apelan a frenar importaciones sin siquiera evaluar las consecuencias internacionales.

El comercio siempre es una avenida de doble mano, más aún el internacional. Hay reglas en los acuerdos multilaterales que ponen límite a las intervenciones discrecionales de cualquier país. Las hay con mayor especificidad en los convenios bilaterales o regionales, como el Mercosur. La Argentina no puede someter las importaciones de Brasil, Paraguay y Uruguay a licencias no automáticas o a trabas burocráticas artificialmente creadas. Haciéndolo se expone a medidas de retaliación, como lo ha sido el cierre del mercado brasileño a la entrada de automotores argentinos. Se advierte el grado de irritación de un gobierno amigo que ha decidido pegar donde más duele: el intercambio automotriz. Ya China había respondido con igual contundencia ante medidas arbitrarias de la Argentina sobre importaciones de ese origen, al suspender sus compras de aceite de soja.

La pérdida de los superávits gemelos, la inflación y otros inconvenientes evidenciados por nuestra economía deben llevar al Gobierno a una profunda revisión del llamado modelo. El calendario electoral no debería provocar una postergación de las correcciones de fondo. Los artificios para disimular los peligros y para mantener la ilusión de un crecimiento apoyado en el consumo harán más difíciles las soluciones posteriores y más graves las consecuencias.