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El drama del paco: una pelea hora a hora contra la adicción

* Por Gisele Sousa Dias. Una cronista y un fotógrafo compartieron con tres jóvenes 24 horas de su tratamiento en Casa Flores. Chicos de clase media, la droga les sacó todo. Pero eligieron luchar para volver a estar "limpios".

Empecé a consumir en séptimo grado. Primero marihuana, después cocaína. Y a partir de ahí, todo: keta, pastillas, lanzaperfume, pasta base. Mi mamá me llamaba por teléfono y me preguntaba:
"¿Dónde estás? ‘En San Juan’, le contestaba yo. ‘¿San Juan y qué?’, me decía. ‘No, estoy en la provincia de San Juan’. Pobre mi mamá. Yo tenía 12 años".

–¿Sabía lo de las drogas? –No. Mis viejos se enteraron cuando toqué fondo. Arranqué un jueves y estuve sin dormir hasta el lunes. Agarraba cigarrillos, les ponía pasta base y ceniza y fumaba como 20 en dos horas. Ese día me imaginé que tres pibitos me venían siguiendo y que uno me había mostrado un fierro. Convencí a unos amigos y los fuimos a buscar. Agarramos a uno y lo destrozamos. Y enseguida vinieron los delirios de persecución. Veía patrulleros que pasaban en contramano, que me estaban buscando. Corrí. Llegué a mi pieza y cerré los ojos. Cuando los abrí, me caí contra el ropero. Empecé a ver caras en el piso que se reían. Se reían de mí. Abrí los ojos y pensé: "me estoy por dar vuelta, me estoy por dar vuelta, me muero de sobredosis, me muero".

No podía hablar. Empecé a golpear el ropero, a darle piñas al piso. Así se enteraron.

Esa noche que duró cinco noches, D. gastó $ 1.600 en drogas. Cuando llegó a Casa Flores, el primer centro de día para adictos al paco, su historia –un chico de clase media que después de un romance enfermizo con el paco llegaba con la piel pegada a los huesos– era calcada de la de quienes intentaban "limpiarse" adentro. La misma novela triste –de verlos pasar en pausa, como zombies , de vender hasta lo puesto, de esconder cuchillos para combatir alucinaciones– de los casi 180.000 adictos al paco que se cree que hay en el país. Su efecto es tan devastador que se triplicaron los casos que se atendieron de urgencia en las guardias porteñas, según los últimos datos oficiales de 2009.

Clarín vivió con ellos un día de su tratamiento. En el patio de esta casa, que está bajo el paraguas del Ministerio de Desarrollo Social porteño, alguien pintó con colores "sólo por hoy".

Dejar de consumir es una decisión que se toma hoy, ahora. Y otra vez dentro de un rato.

Por eso el éxito se mide en días.

En el comedor, una adolescente, adicta en recuperación, le da la teta a su beba. Ella y los 15 varones acaban de salir del taller en el que leen en voz alta todo lo que sintieron anoche. Saben que arriba, la heladera está llena de membrillo. "Lo llamamos ‘herramientas para dejar de consumir’. El membrillo tiene mucha glucosa y les calma la ansiedad. A veces suben agitados y me ruegan ‘necesito membrillo’, pero, en realidad, saben que al lado de la heladera estamos nosotros.

Lo que necesitan es hablar ", sonríe Mery Ricciardi, coordinadora y alma de la casa. Ahora, el silencio. Empezó el taller con el psiquiatra.

"Tratá de no decir ‘paco’, ‘cocaína’, ‘marihuana’", pide Mery. "El sólo hecho de nombrarlas les dispara las ganas de consumir". No es una suposición. Eso se probó en Estados Unidos con imágenes cerebrales tomadas con resonancia magnética. Cuando se le mostraba a un adicto en recuperación una imagen de medio segundo relacionada con el consumo –medio segundo– se activaba el sistema de recompensa que les paga con placer el ingreso de más droga .

Acá, a la droga, la que sea, la llaman "la sustancia". Y tratan de que no se zambullan en sus propias anécdotas porque enseguida aparece la euforia. Lo dice D. : "El día que llegué, alguien preguntó cómo pegaba la pasta base. Uno empezó a contar que la cara se te pone dura y eso. Me dieron tantas ganas de consumir que me temblaba todo el cuerpo". Las neuronas, dijo recién Mery, "tienen memoria".

Por Casa Flores pasaron, desde 2007, unos 800 adictos pidiendo ayuda. Sólo 3 de cada 10 se quedaron.

Quedarse es una elección: no están internados.

Enseñarles a decir "no" cada noche, cuando vuelven al barrio, es el desafío.

"Muchos chicos tienen padres que consumen y venden. Y nos dicen: ‘Todas las noches, cuando llego a casa, me acuerdo de que mi viejo tiene la bolsa en el placard’. Por eso tenemos que enseñarles a que elijan no consumir", dice Adrián Farías, el consejero. Parte del tratamiento es que vayan sus padres. Otra, que puedan volver al secundario ahí mismo. No todo es enseñarles a guillotinar los pensamientos relacionados con el consumo.

También es que aprendan a armar un CV o a conseguir entrevistas de trabajo.

Cada mañana, a las 8.30, estas 12 personas reciben a los que deciden seguir. Hay psiquiatras, trabajadores sociales, psicólogos, consejeros. Y hay un empleado de seguridad que también tuvo que aprender a contener a los que se acercaban con su sillita y sacaban a pasear a los fantasmas.

Hoy, D. tiene 19 años, lleva "cinco meses y dos días limpio". Las ganas de consumir, dice, no se van nunca, pero ya no le tiembla el cuerpo cuando la nombran. Su hija, una beba a la que veía cada cuatro meses, ahora le dice papá. Y hace tiempo que esas caras que se reían de él ya no lo visitan.