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El dólar blue se escapa del relato

* Por James Neilson. Parecería que para la presidente Cristina Fernández de Kirchner gobernar es hablar.

 Brinda la impresión de suponer que decirnos que "esta presidenta es absolutamente responsable y previsible" será más que suficiente como para garantizar que realmente lo sea pero, fuera de la claque de simpatizantes fervorosos que la acompaña a todas partes, incluso a Angola donde entretuvo a sus admiradores y a sus sin duda sorprendidos anfitriones con una arenga desopilante, digna de una comediante surrealista, en que exaltaba los méritos –"¡es insoportable, es insoportable!"– de las vacas, cabras, limones, grifería, anteojos, mochilas y otros productos del ingenio criollo, muy pocos soñarían con tomarla por un dechado de responsabilidad y por lo tanto previsible.

Aunque las dotes retóricas de Cristina, la gran comunicadora, le han permitido erigirse en la figura dominante del teatro político nacional, no la ayudarán mucho si resulta que, como fue el caso en distintas oportunidades en el pasado, el pánico cambiario de los días últimos haya sido sólo una obertura jocosa que anuncia el comienzo de otra crisis económica tremenda. Por el contrario, la propensión a privilegiar las palabras por encima de las engorrosas tareas administrativas –una de las características más llamativas de la presidenta y de sus partidarios emblemáticos– podría inducirle a continuar cometiendo errores que harían aún menos manejable el embrollo económico que está produciéndose.

También es motivo de preocupación el sistema, por llamarlo así, de gobierno elegido por Cristina en que, para ahorrarse los disgustos que le supondría tener que tolerar la presencia de colaboradores demasiado capaces, ha optado por rodearse de improvisados seleccionados por su presunta lealtad hacia su propia persona. Como resultado, en el gobierno nacional no hay nadie que esté en condiciones de merecer la confianza de los agentes económicos, ya que los integrantes más destacados de su equipo, Guillermo Moreno, Axel Kicillof, Mercedes Marcó del Pont, son mejor conocidos por sus excentricidades que por su eficiencia. Todas las decisiones significantes dependen de la voluntad de Cristina, una señora que nunca ha titubeado en castigar a aquellos subordinados que se han animado a discrepar con sus opiniones contundentes, lo que, huelga decirlo, no es exactamente tranquilizador.

He aquí una razón, tal vez la principal, por la que el dólar "blue" se ha puesto en fuga. Ha llegado, pues, el momento que todo gobierno teme. Sobreviene cuando miles, acaso muchos miles, de personas deciden que les convendría más intentar subir a la economía norteamericana que seguir sentadas en el a su juicio cada vez menos confiable modelo local. La forma más sencilla de hacerlo consiste en comprar dólares, de suerte que los asustados por lo que creen está por suceder los están buscando en las calles de los distritos financieros donde los esperan los arbolitos, aquellos cambistas informales que acaban de regresar luego de una ausencia prolongada, y en cuevas habitadas por individuos de mirada furtiva, desafiando así a los gendarmes, agentes policiales, perros que parecen estar tan interesados en apoderarse de ejemplares de la codiciada divisa yanqui como el que más, e inspectores impositivos que, por motivos presuntamente patrióticos, procuran frustrarlos.

Todos sabemos cómo continúa esta historia. El dólar negro, paralelo o, para usar el eufemismo en boga, blue, ya se ha distanciado del verde oficial –a mediados de la semana pasada la brecha entre los dos se acercó al 40%– mientras que el gobierno vacila entre minimizar la importancia del asunto, atribuyéndolo a un espasmo de locura colectiva, y reforzar las medidas policiales, a pesar de entender muy bien que esta segunda alternativa suele ser contraproducente. Asimismo, voceros gubernamentales nos aseguran, como hacían en tantas ocasiones sus antecesores, que los números macroeconómicos son tan satisfactorios que no tiene sentido comprar dólares a un precio exagerado.

Puede que estén en lo cierto, pero pocos les creen. Aquí es normal que las estadísticas oficiales deban más a la imaginación de funcionarios optimistas que a la realidad verificable, pero ningún otro gobierno ha hecho tanto como el kirchnerista para confirmar las sospechas de los escépticos. Por lo demás, una y otra vez se ha comprobado que apostar al dólar es un buen negocio. No siempre ha sido así. Cuando Eduardo Duhalde estaba en la Casa Rosada, el dólar negro pegó un salto para rozar 4 pesos, pero pronto bajó y tuvo que transcurrir más de un lustro antes de llegar nuevamente a dicho nivel. El gobierno de Cristina esperará que, lo mismo que en el 2002, la gente no tarde en convencerse de que el pánico de los días últimos no se justifica, pero no es muy probable que ello suceda. En aquel entonces, la economía del país comenzaba a levantarse de la lona; en la actualidad, parece estar grogui y a punto de caer.

Según una consultora respetada, la Fundación de Investigaciones Latinoamericanas (FIEL), la "fase recesiva" de la industria ya lleva siete meses. No existen motivos para suponer que la tendencia deprimente así reflejada esté por revertirse; antes bien, la "desaceleración" a la que se alude con frecuencia creciente parece destinada a resultar aún más abrupta de lo que hasta hace poco preveían los agoreros profesionales más lúgubres. La inversión está en caída libre, lo que puede entenderse en vista de la incertidumbre generalizada. El bloqueo de importaciones, incluyendo a insumos imprescindibles y, por increíble que parezca, medicinas, el cepo cambiario, una cosecha gruesa decepcionante, las penurias fiscales que para desesperación de los gobernadores están sufriendo tantas provincias, las represalias comerciales brasileñas y el riesgo de que el eventual derretimiento del euro más el aterrizaje accidentado de China, además de las señales negativas que está dando la economía norteamericana, provoquen un cataclismo mundial, hacen pensar que estamos en vísperas de una etapa sumamente difícil, una que, a menos que tengamos mucha suerte, podría desbordar por completo al gobierno de aficionados leales que Cristina ha sabido formar.