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El constructor que mató dos veces para no pagar

El hombre decía ser un exitoso empresario de la construcción pero estaba completamente endeudado. El trágico final.

Marcela Basualdo tenía 28 años y estaba casada con Jorge Torres (36). Ella trabajaba en una perfumería del centro de La Plata. Y él era preceptor en un instituto de Menores bonaerense. Ambos decían que todo había que conseguirlo con esfuerzo. No sólo lo decían, lo ponían en práctica. 

Trabajaban mucho, pero juntaban peso a peso para llegar al sueño de la casa propia.

Mientras reunían el dinero, el matrimonio vivía en un departamento construido en el terreno de Luis Basualdo, el padre de ella, en Berisso. Habían tenido algunas malas experiencias con las viviendas y no querían más complicaciones. Por entonces, vieron un aviso en el diario, en el que un arquitecto promocionaba edificaciones de primera categoría y, lo mejor de todo, el pago era en etapas. Tenían el terreno, por lo que sólo les faltaba un poco de esfuerzo, sólo un poco más.

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El arquitecto no era arquitecto. Era el maestro mayor de obras Walter Olmos, un joven que se mostraba emprendedor y exitoso. Los llevó a ver casas que, según les dijo, él había construido con su equipo de trabajo. Eran modernas y confortables. Y además, los números cerraban. "Vamos para adelante", se dijeron Marcela y Jorge. Ellos ya lo habían comentado con sus familiares: después de la vivienda propia, se venía la segunda fase del plan familiar: tener un hijo. 

Corría el año 2004 cuando comenzaron a pagar las primeras cuotas. Olmos cobraba religiosamente el dinero acordado. Pero la obra no arrancaba. Pasaron los meses. Jorge y Marcela se desesperaron, se angustiaron. Para noviembre estaban seguros de que el "arquitecto" los engañaba.

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Marcela lo llamó una y cien veces a Olmos. El constructor siempre tenía un pretexto. Hasta que finalmente le dijo que no podía seguir con la obra, que les iba a devolver la plata que les debía. Pero como no tenía el dinero, les entregaría órdenes de compra de un corralón de materiales.

El viernes 3 de diciembre tenían una cena con amigos. Esa tarde, Marcela atendió su teléfono celular. Era Olmos. Le dijo que pasara por su casa, en el barrio Villa del Plata, en Ensenada, que finalmente le iba a dar las órdenes de compra del corralón. La joven y su marido, poco después, salieron en su auto Renault 12 rojo para encontrarse con el constructor.

Luis Basualdo se preocupó al no poder comunicarse con su hija. Tenía un mal presentimiento. Ya cerca de la medianoche, radicó una denuncia por "averiguación de paradero". Estaba al tanto del conflicto con Olmos y sintió miedo por su hija y su yerno. 

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Olmos, cuando llegó la Policía a su casa, estaba sólo. Comentó que Marcela y Jorge habían estado con él, acompañados por dos hombres, que uno dijo ser su abogado y el otro un primo. Aseguró que les pagó la deuda en efectivo y mostró un recibo con una firma que parecía la de Marcela. "Nunca antes había dicho que iba a pagar esa deuda en efectivo", recordó Basualdo de inmediato. Era demasiado extraño.

Horas después, el Renault 12 del matrimonio fue encontrado, abandonado, en una calle de La Plata. La angustia de la familia fue creciendo con el correr del tiempo.

A tres días de la desaparición, en la denominada "selva marginal" de Punta Lara, hallaron los cuerpos semienterrados. Jorge había sido asesinado de un golpe en la cabeza. Y a Marcela le habían dado varios golpes en el rostro, luego la habían asfixiado con una bolsa de nylon, atada del cuello con una piola de albañilería.

Los cuerpos habían sido tapados con arena que no era del lugar. Además, entre la arena había frutos y hojas de un eucalipto. Al perito de la Policía Científica le resultó llamativo, pues no vio ningún árbol de ese tipo en cientos de metros a la redonda.

Luis Basualdo fue el primer familiar que llegó a la escena del crimen. Allí lo esperaba el comisario Juan Carlos Paggi (que después llegaría a ser jefe de la Policía Bonaerense). Paggi le apoyó una mano en el hombro, no tuvo que decirle nada. "El me prometió que iba a hacer todo por esclarecer el caso, y cumplió", recordaría tiempo después el padre de Marcela.

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Olmos insistió que Marcela y Jorge habían cobrado el dinero y, junto a los dos acompañantes, se habían marchado. Pidió, por esas horas, que se investigaran otras hipótesis. Juró ser inocente.

El fiscal, de inmediato, ordenó allanar la casa de Olmos. Allí no había nada. Pero sí encontraron en un terreno vecino: una lapicera Parker y un llavero. "Se lo regalé yo a Marcela", declaró la hermana de la joven asesinada.

Y habría más pruebas: un peritaje demostró que una huella encontrada cerca de los cuerpos correspondía con uno de los neumáticos de la camioneta de Olmos. Pero la pista que faltaba, la aportó un biólogo de la Policía Científica: los frutos y hojas de eucalipto mezclados en la arena con la que taparon los cuerpos tenían parásitos que afectan y dañan algunos árboles de este tipo, la misma plaga que estaba por secar a un viejo eucalipto ubicado en un terreno cercano a la casa del maestro mayor de obras, donde construía una vivienda. Esa noche, además, un vecino lo vio cargar arena en la caja de su vehículo.

Olmos fue condenado a 24 años de prisión por el asesinato del joven matrimonio. Fue a la cárcel. Pero después también se probaría que, antes de matarla, había violado a Marcela.

Fue el final de uno de los crímenes más violentos e inexplicables de los últimos años.