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De presidente a presidente

El modelo es sólo un altar de valores mutantes, donde se venera a un dios que prodiga a sus sumos sacerdotes los bienes de la tierra y la impunidad que mancilla la dignidad del pueblo.

Dijo el presidente de la República: "No creo en el axioma de que cuando se gobierna se cambia convicción por pragmatismo. Eso constituye en verdad un ejercicio de hipocresía y cinismo". Dijo también el presidente que su proyecto era "reconstruir un capitalismo nacional que genere las alternativas que permitan reinstalar la movilidad social ascendente". Los resultados están a la vista: una expansiva desnacionalización de la industria, que se extiende a las tierras cultivables, las industrias frigorífica y láctea, las cementeras y las acerías, a la minería, a la destrucción de la ganadería, a la importación de combustibles. Curiosa política de reconstrucción del capitalismo nacional.

Denunció también el presidente que "se intentó reducir la política a la sola obtención de resultados electorales" y reivindicó la seguridad jurídica que, dijo, "debe ser para todos, no sólo para los que tienen poder o dinero", y fue categórico cuando sostuvo: "No habrá cambio confiable si permitimos la subsistencia de ámbitos de impunidad". El resultado también está a la vista: asfixiantes niveles de corrupción e impunidad, convertidos en escándalos internacionales.

Respecto de la gobernabilidad, dijo: "No es ni puede ser sinónimo de acuerdos oscuros, manipulación política de las instituciones o pactos espurios a espaldas de la sociedad". Agregó que una nueva ley de coparticipación federal no sólo implica mejor distribución y nuevas responsabilidades sino diseñar un nuevo modelo de país.

El presidente Néstor Kirchner colocó el 25 de mayo de 2003 la piedra basal del "modelo" –que arrasó hasta los cimientos del federalismo consagrado por la Constitución Nacional– en el discurso inaugural de su administración, cuyas líneas maestras prolonga, como verdad revelada, la presidenta Cristina Fernández.

Hay coherencia en la construcción de un "modelo" definido como "progresista", cuya extremada labilidad ideológica, impregnada de intenso oportunismo, permite forjar alianzas con los barones del conurbano bonaerense y con la burocracia sindical. Los mismos que habían sido denunciados por el kirchnerismo en tiempo y forma como "mafiosos" y "corruptos"; rescatar a Ramón Saadi, luego del ostracismo impuesto por su oscura intervención en el crimen de María Soledad; reivindicar a su denostado y humillado Carlos Menem (es imposible olvidar que Kirchner, ya presidente, tocó madera y algún atributo masculino suyo en las dos ocasiones en que se encontraron en público, para ahuyentar la presunta mala suerte). Todos son sorprendentes cambios de frente para alcanzar "acuerdos oscuros, manipulación política de las instituciones o pactos espurios a espaldas de la sociedad".

El modelo es sólo un altar de valores mutantes, donde se venera a un dios que prodiga los bienes de la tierra y una impunidad que mancilla la dignidad del pueblo.