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Cosas de varones

Mi finado suegro, que en paz descanse, era el encargado de anotar a sus hijos en el registro civil.

Su esposa que, dicen, era una santa, imaginaba los nombres durante nueve meses, y luego de tan devota elección lo mandó a anotar a la primera hija con el primoroso nombre de Aída.

Allí partió mi suegro, pero antes tuvo que pasar por el banco y, ya se sabe, más de una idea no se les sostiene adentro de la cabeza, así que cuando llegó al registro, en épocas en que no existían los teléfonos celulares, el nombre de su hija se le había borrado totalmente de la cabeza. Sin tomarse el trabajo de volver, reconocer su error y reiniciar el trámite (además son haraganes) apeló al primero que se le pasó por la cabeza, así fue como mi cuñada Aída, en todos sus documentos se llama María y sólo la obcecación de la madre y el cariño familiar conservaron el nombre de ópera tan bellamente elegido.

La segunda debía llamarse Nélida y allí partió don Jacobo, que esta vez se detuvo a tomar un café con los amigos ¿adivinen cómo se llama Nélida? Acertaron, María! (Además, son faltos de imaginación)

Fue una suerte que mi suegra no siguiera pariendo hijas mujeres porque todos hubieran terminado en el libro Guiness de los récords.
Tampoco se piense que estas disfunciones corresponden a la línea parental de mi marido, tengo un hijo (que es de otro padre) que se olvidó de cargar nafta antes de llevar a su mujer a parir el primer niño.

Explicaciones inexplicables

Cierta malevolencia femenina, suele argüir que adentro de esas cabezas solo hay deporte y sexo. Disiento Después de todo a las mujeres también nos gusta el sexo y, a falta de deporte invertimos gran parte de nuestra cabeza en el romance palabra bastante ajena o al menos no tan obsesiva para ellos. Me parece que la cuestión pasa más por una corteza cerebral plana. Literalmente no tienen recovecos para guardar los detalles, las sutilezas, cierta astucia, y ese maremagno de pequeñas informaciones que registramos las mujeres para afrontar el día más banal.

Sin embargo, aunque creo que el problema es congénito, al calor de esta minusvalía también han desarrollado mañas que vuelven aun más insoportable este desorden congénito. Ya se anotó la haraganería, la falta de imaginación, y a ello hay que agregarle la soberbia. Veamos un ejemplo: los varones desdeñan en general las listitas que infatigablemente armamos las mujeres, no sé si lo consideran como de poco machos o realmente esperan que les advenga un ataque de inteligencia y memoria y de pronto se acuerden y sepan cómo resolver algo de esta cotidiana vida.

En la búsqueda de esta huidiza explicación más inapresable que "el tiempo perdido", he llegado a especular que les encanta ser retados... que se complacen en quedarse para siempre en el lugar de hijos y dejarnos por toda la eternidad en el lugar de madres. Aunque por hoy, mucho mas no puedo pensar porque si no hago mi listita para el día, no habrá manera de llegar al día de mañana.