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Celebrando la siesta

Por Héctor Ciapuscio. Un anuncio curioso nos lleva a un tema para pensar, aprovechando el alivio poselectoral de estos días, en el verano que se acerca. La asociación titulada "Parque ecológico y museo Guillermo E. Hudson" invita a su "Celebración del día de la siesta".

Promete, luego del almuerzo, descanso y bienestar en contacto con la naturaleza en el predio "Los veinticinco ombúes", cerca de Quilmes. Allí está la casa natal de Hudson, el autor que narró su amor por la paz de los paisajes naturales en "Allá lejos y hace tiempo" y en "Días de ocio en la Patagonia". En este último habló del carácter imborrable, como impresiones de la niñez, de sus siestas cerca del río Negro. De haberle sido posible vivir allí, escribía, se hubiera convertido en un ermitaño entre los matorrales o alguna cueva en la roca para llegar algún día, él también, a ser gris como esas piedras y esos árboles.

No le faltan al tema de la siesta aspectos de interés educativo, científico, económico y hasta político. En España, vista como el Edén de los siesteros, un poeta atribuyó la invención a un santo, San Isidro, (como otro le consignó a Santa Ana la del puchero). Allá se la ha considerado siempre, en razón de los almuerzos largos, una necesidad absoluta. En el 2005 se discutió con pasión la pertinencia de una ley de Zapatero que canceló "la siesta de los funcionarios" para aumentar la productividad y "reconciliar el trabajo con la familia". En ese tiempo todavía de euforia económica, el gobierno español la consideraba una pérdida de tiempo, un hábito ruinoso para la sociedad. Camilo José Cela, uno de sus Nobel de Literatura, llamó a la siesta, bendiciéndola, "el yoga ibérico".

Con la globalización, la costumbre se extendió a países desarrollados. La pausa se respeta, con distintas modalidades, en Alemania y Japón. Chinos y japoneses pueden disfrutar de una media hora. Se instalan comodidades adecuadas a un uso breve y reparador. En Japón muchas empresas habilitan "salones de siesta". Quienes no pueden usufructuarlos acuden a un almohadón para apoyar la cabeza y dormitar, lo que ingeniosamente llaman "airbag de escritorio". Se ha reconocido que si el trabajador puede tomarse un respiro intermedio, la productividad de la empresa aumenta. En Estados Unidos, la agencia espacial NASA ha publicado varios trabajos de investigación acerca de la duración ideal para las cabezadas de sus astronautas. Se habla de que 40 minutos luego del almuerzo aumentan en un 34% la performance humana. En la Universidad, uno de los científicos que ha investigado el descanso posmeridiano es la profesora de Psiquiatría de la de California, Sara Mednick. Esta especialista en el sueño publicó un libro con título "Take a nap/Change your life" (tómese una siestita, cambie su vida). Demuestra con experimentos que ese descanso es una necesidad biológica y que con él la gente mejora su rendimiento mental y su memoria.

Sabrosa es la literatura periodística italiana sobre el asunto. El título de un artículo del "Corriere della Sera" anunció en letras grandes "Il pisolino rende più produttivi. Uffici e aziende adottano la siesta". Abunda en elogios respecto de la costumbre de "schiacciare un pisolino (echarse una siesta) como se dice en algunas regiones o, con otro nombre popular, "fare la pennicchella", expresión común en Roma. Entre los políticos Giulio Andreotti, ex primer ministro, se confiesa incondicional del sacro reposo, se reconoce "pennicchella dipendente". Antonio Martino, ex ministro, era famoso por hasta ponerse un piyama cuando se disponía a "cargar las pilas" con "una mezzoretta di sogno". El habitué más famoso es Giorgio Napolitano, el actual presidente que amarga con su severidad republicana al alicaído primer ministro. Este último, Berlusconi, tiene un médico personal, que es neuro-endocrinólogo, y le aconseja una sesión de 30 minutos a base de que es terapéutica, previene el envejecimiento y recupera un 40% de energía. (No sabemos si también lo aconseja para la capacidad erótica que quiere demostrar il Cavaliere con sus funciones de "bunga-bunga"). En los textos periodísticos se atiende también a los daños atribuibles a la falta de siesta. Un profesor de Medicina del Trabajo afirma que la somnolencia en operarios fue una de las causas de desastres mayores como el atómico de Chernobyl en la URSS y el ecológico del petrolero Exxon Valdez, en Alaska.

En nuestro país, la siesta es una costumbre tradicional que viene desde la colonia y el clima. Existe un abundante material, en particular folclórico, sobre la obligada y larga (hasta "sagrada" costumbre) en las provincias norteñas. La imaginó una infinidad de artistas nuestros. Por ejemplo, Atahualpa Yupanqui, poeta, y Carlos Guastavino, músico. Como ejemplo de memoria, una canción que lleva el nombre de ambos: "Aguatera del zanjón". La primera estrofa dice: "Desde la acequia a tu rancho / bajo el rigor de la siesta. / Arena, sol y algarrobos / en tu tierra santiagueña". La segunda: "Aguatera del zanjón. / Alhaja niña morena / fuego de selva en los ojos / y música en las caderas". La última: "Y he de saludarte al paso / Aguatera santiagueña, / mientras cantan los coyuyos / en el rigor de la siesta".

Tenemos, por último, un recuerdo sobre la siesta como metejón argentino. Hace años, allá por los '70, Jorge Sábato, incansable propulsor de la autonomía tecnológica nacional, tuvo la humorada de escribir un artículo-mensaje para el desarrollo de nuestro país y los latinoamericanos, con título picante como tantas de sus cosas: "Desarrollo cum siesta". El artículo mereció una réplica indignada en otro, escrito por un colega suyo desde Venezuela. ¿Cómo era posible que él propiciara la siesta, la haraganería, cuando lo que necesitaban nuestros países para salir del subdesarrollo era lo contrario: ciencia, trabajo y esfuerzo? ¿Cómo un hombre de su trayectoria aconsejaba abulia a la sociedad? Ésta fue la reacción pública de Marcel Roche, líder entonces de la comunidad científica venezolana. Pero la explicación de la consigna, obvia según la genialidad de Sábato, era que, medio en broma, sintetizaba lo que él tenía como un ideal equilibrado para el crecimiento de nuestros pueblos.