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Vicente Ferrer q.e.p.d.

Extrañaba en su estómago cosas que antes eran normales y hoy en la Argentina es caviar: queso fresco, chocolates y aceite de oliva. Por eso le reventaron la cabeza a patadas y golpes hasta dejarlo sin vida.

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Tenía un zapato roto. Tenía un zapato sano. Me acerqué despacio, despacio. Mirando hacia todos lados. No hay que robar zapatos en los supermercados. No hay que robar zapatos en los supermercados. Tomé el zapato nuevo. Metí adentro el pie. Dejé el zapato viejo. Yo no robé: cambié. No hay que robar zapatos, en ese momento pensé. No hay que robar zapatos. En ese momento pensé. El guardián me dijo "Usted! Se está llevando un zapato!" Y yo empecé a correr. Ya casi iba ganando. No hay que robar zapatos, gritó una voz de mando. No hay que robar zapatos, gritó una voz de mando. Ahí empezó a tirar. Erró como cinco tiros. Después vino el bueno; me perforó el intestino. No hay que robar zapatos aunque no sean finos. No hay que robar zapatos aunque no sean finos. Pegué un salto en el aire con mi zapato nuevo, con mi zapato viejo. Y en el cuerpo un agujero. No hay que robar zapatos sin saber correr primero. No hay que robar zapatos sin saber correr primero. Hay zapatos que te matan. Zapatos como el mío. Zapatos calibre nueve y botas cuarenta y cinco. No hay que robar zapatos. ¿Hay qué?


La letra y música son de Carlos de la Vega y Jorge Schussheim. La cantaba Nacha Guevara y por supuesto refería a la misma historia, con algunos matices diferentes, de Vicente Ferrer. Han pasado exactamente 60 años de esta canción y hoy tiene una vigencia dramáticamente presente.

Así como no hay que robar zapatos en los supermercados tampoco hay que robar chocolates ni aceites de oliva ni medio kilo de queso. Inevitablemente, el asesinato de Vicente Ferrer me llevó a la memoria precisamente al Di Tella donde Nacha Guevara estridentemente emocionaba a su gente con la canción de “No hay que robas zapatos en los supermercados”.

La canción cuenta la historia de un chico que había entrado en un supermercado de la cadena Rockefeller (cuando vinieron los primeros supermercados a la Argentina eran de esta cadena  y obviamente desaparecieron poco tiempo después porque los prendieron fuego a todos) y fue asesinado por los guardias ya que se llevaba un par de zapatos.

Imaginemos que alguna vez algún corredor argentino muy importante y otra mujer de un futbolista muy importante hubieran terminado asesinados porque en los shoppings o tiendas  intentaron robar un guante, en un caso, y un par de zapatos en otro. ¿No lo podemos creer? En Argentina sí hemos llegado a este grado de salvajismo.

Vicente Ferrer tenía 68 años y vivía sólo. No sabemos si tenía jubilación mínima o no. Esto ya no tiene importancia. Algunos dicen que tenía demencia senil. Ahora digamos también se puede llamar demencia senil a alguien que tiene angustia de góndola.  ¿Qué es esto? Una persona se enfrenta a una góndola en el supermercado y no puede comprar lo que hay.  Una vez, dos veces no puede y a lo mejor hace diez años sí podía. Vicente quería saber el gusto del chocolate.

Hay chocolates que en estos momentos en el supermercado cuestan $500. Sí, el grande pero $500. ¿Ustedes saben lo que son $500 para un jubilado que gana la mínima? Ni hablar los precios del aceite de oliva y el queso. Entre todas las cosas que se llevó Vicente del supermercado había aproximadamente $1500, un porcentaje grande de su jubilación.

Una candidata de José Luis Espert aparentemente robó en un Coto con un changuito de doble fondo. Una economista exitosa hurtando es, probablemente, un caso patológico. Pero el caso de Vicente Ferrer, con una jubilación mínima, es una expresión de miseria.

Vicente Ferrer extrañaba en su estómago cosas que antes eran normales y hoy en la Argentina es caviar: queso fresco, chocolates y aceite de oliva. Por eso le reventaron la cabeza a patadas y golpes hasta dejarlo sin vida.

La salvaje guardia armada de Coto tuvo cómplices que también debieran rendir cuentas en la justicia: son los que han convertido a nuestros jubilados en un infinito ejercito de muertos vivo esperando un ajuste que nunca llega  a poder comer, aunque más no sea, dos veces por día.

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