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Un ritual carcelario que terminó con el "Loco Prieto"

Fue uno de los asaltantes y asesinos más despiadados de la historia penal argentina.

Varios presos lo rodearon y lo sujetaron con fuerza. Lo rociaron con kerosene y después lo encerraron en su propia celda. Era de noche y en medio de un diabólico ritual, otro preso acercó el fuego. De ahí en más fueron corridas y gritos en el penal de Villa Devoto. La víctima tenía 37 años y sobrevivió esa noche, aunque falleció un par de días después en el Hospital del Quemado. Ocurrió el 25 de enero de 1965.

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Miguel Alberto Prieto llevaba la violencia en la sangre. Nacido en Buenos Aires, vivió con sus padres hasta que se lo llevaron preso por primera vez, cuando aún era menor de edad. Le decían "El Loco Prieto" y, cuando ya era un delincuente mayor, no había policía que no conociera su historia de pistolero y asesino. Hubo miles de versiones y relatos alrededor de este personaje siniestro de la historia penal argentina. Nunca fue aclarada la cantidad real de gente que mató, aunque algunos llegaron a endilgarle hasta ochenta crímenes en su extensa carrera en el mundo del hampa. Aunque, en rigor, fue formalmente acusado de un centenar de asaltos y diez homicidios.

Cuando Prieto fue quemado en la cárcel de Villa Devoto surgieron decenas de hipótesis, pero fue una versión la que "compraron" los investigadores de entonces. Se sabía que este hombre, que llegó a liderar una banda de asaltantes y robar botines millonarios, había sido la cara visible de una organización mayor, una mafia que era liderada por policías, algunos políticos y funcionarios judiciales. "El Loco" amenazó con hablar en varias oportunidades. Dicen que eso le costó la vida. Lo mataron para que guardara silencio. De ser cierto, el secreto se lo llevó a la tumba.

En el prontuario policial figura la fecha de nacimiento: 14 de enero de 1929. A los once años había cometido su primer delito. Su hermano Domingo Cipriano Prieto lo había iniciado en el mundo del hampa.

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Domingo, el mayor, cayó en una balacera con la policía. Y "El Loco" se sumó a una banda que asoló Buenos Aires allá por los finales década del ´50 y comienzos de los ´60. El primer crimen brutal que lo transformó en uno de los delincuentes más buscados fue el del cabo de la Policía Federal José Baistroqui, quien fue acribillado cuando la banda asaltaba la recaudación de la empresa Nestlé.

Prieto hacía menos de un mes que había sido liberado de la cárcel tras haber cumplido una pena por robos. Para entonces integraba la banda de un tal Luis Caliguante, quien le aportó ciertas relaciones que lo marcarían para siempre. Conoció a comisarios corruptos, para quienes "trabajaba" y les aportaba información. Lo que hacía, según se dijo, era compartir los botines a cambio de protección.

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El robo que llevó el nombre de Prieto a las portadas de los diarios policiales se produjo el 16 de mayo de 1961. Con la banda de Caliguante, alias Camota, asaltó la droguería La Continental, en Buenos Aires. Allí, en forma cruel y fría, asesinó al empleado Miguel Jeystz. Tiempo después, al ser capturado, el homicida dio su versión de los hechos: "Imagínense, la pistola es celosa. El empleado se movió y yo creí que se me venía encima. Apenas oprimí el gatillo". Al menos así lo recuerdan las crónicas periodísticas de aquéllos años.

La cacería de los delincuentes que mataron al trabajador no se hizo esperar. Fue la Sección Robos y Hurtos de la Policía Federal Argentina, a cargo del legendario comisario Evaristo Meneses, quienes dieron con toda la banda. A Prieto lo encontraron escondido en una casa de Ciudadela. Cuando rodearon la vivienda, el asesino se entregó sin ofrecer resistencia. Cuentan que imploró por su vida. Estaba sólo y actuó como un cobarde. El juez lo envió al Hospital Ramón Carrillo para ser sometido a un tratamiento psiquiátrico, pero meses después se  escapó y continuó con su carrera de robo y muerte. Le quedaban pocos años de vida.

Cuando finalmente fue capturado, en el año 1963, se decía que era cuestión de tiempo que terminara muerto. Sabía demasiados secretos de las bandas vinculadas con policías corruptos y podía enviar a la cárcel a muchos de ellos. El primer juez que lo indagó, Carlos Arigós, se trasladó a la comisaría 43 de la Policía Federal porque temía que intentaran rescatarlo si lo trasladaba a Tribunales. De ahí lo enviaron a una comisaría de Morón, donde se produjo uno de los hechos más extraños y violentos de la vida de "El Loco Prieto".

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El hecho ocurrió en mayo de 1963. Era de noche y un grupo de hampones armados tomaron una vivienda vecina de la comisaría 1° de Morón. Los policías que acudieron a esa casa, fueron recibidos a los tiros. Otro grupo ingresó a la seccional abriéndose paso a sangre y fuego. Hubo una balacera infernal, pero no lograron llegar a los calabozos donde, aparentemente, estaba detenido Prieto. En el  enfrentamiento murió el delincuente Luis Armando Romero Gauna, conocido como Garúa o El Conde. Era un gatillero de una banda a la que no pertenecía "El Loco", por lo que se manejó la hipótesis que no querían rescatar al célebre hampón, sólo habían sido contratados para matarlo. Según se conocería años más tarde, querían "vengar" la muerte de otros ladrones, quienes habían sido acribillados en distintas zonas del Gran Buenos Aires por orden de Prieto.

Después, Prieto fue llevado a la Brigada de San Martín y de allí a la entonces Unidad Regional de La Plata, en la calle 12, donde estuvo algunos días hasta que fue indagado por otro juez, el doctor Garganta, quien lo envió primero a la cárcel de Olmos para luego ser finalmente alojado en Villa Devoto. Para entonces se decía que era cuestión de tiempo que "El Loco" rompiera el silencio y aportara los nombres que estaban detrás de aquellos violentos y millonarios asaltos en los que había participado. Quiénes, en definitiva, eran los responsables de tanta violencia y muerte que indignaba a la sociedad argentina.

Pero "El Loco" nunca habló. No le dieron tiempo. Apareció quemado en una celda de Devoto, lo que lo llevó a la muerte en una fría habitación de un hospital porteño. Tenía 37 años y su foto del prontuario se había hecho muy conocida en las crónicas policiales de aquellos años.