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Se hizo millonario con el Quini y armó una fiesta para sus vecinos

Eduardo Martí es de Córdoba. Ganó 44 millones de pesos y asegura: “No me piden autógrafos, me piden números”.

Eduardo Martí, es de Villa Dolores, se convirtió en millonario luego de acertar los seis números en el Quini 6. Lejos de esconderse e irse de su lugar, decidió celebrar sus flamantes $44 millones organizando una fiesta para sus vecinos.

Al hombre de 58 años y a su compañera de trabajo en los Tribunales de la ciudad, les cambió la vida el 16 de octubre y ahora dialogó con Clarín.

A diferencia de lo que se ve en hoteles como The Palms, en Las Vegas, donde los millonarios posan con cheques gigantes y máscaras de Donald Trump o algún superhéroe de Marvel, Eduardo, que trabaja como ordenanza, no se tapó la cara en las notas y hasta salió en vivo por Telenoche. Ella, en cambio, pidió seguir enmascarada.

Es que el ganador le dio la mitad del dinero. Por los impuestos, el premio quedó en 33 millones. Para dos. “Mis 16 millones y pico ya están acreditados, listo. Nadie me puede robar nada”, dice él.

Eduardo habló con ella antes de hacer su gran entrada en la “QuiniFest”, la fiesta que organizó en el Salón Vecinal del barrio José Hernández, a unas cuadras de donde vive, para festejar con todos sus amigos y vecinos.

Lo miran como si fuese famoso (lo es) y en vez de autógrafos le piden números. En 2007, Martí integró un grupo de 114 empleados municipales que fueron despedidos. Unos meses más tarde consiguió su actual trabajo en el Poder Judicial.

Mesas negras, el vino de cajita que ahora viene en botella, mozos, catering con sándwiches de ternera, banda en vivo y barra libre. Los invitados primero eran 120. Después, 136. Cayeron 160 personas.

“Tengo que frenar un poquito porque van a venir todos. No paran de llamarme, me preguntan si vienen con el plato y los cubiertos. Como si fuese un gran asado esto”, dice Antonia a Clarín. Altísima, se puso los tacos que nunca usa y se convirtió en una party planner. Mientras a Eduardo se le cuelgan de los hombros, literal, por una selfie, ella da órdenes.

Le pide a un vecino que por favor vaya a buscar el uniforme con el que trabaja como Seguridad y se pare en la puerta. El salón, nuevísimo, de fachada roja y blanca y con un escenario en formato “mini” pero bastante profesional, tuvo muy pocas fiestas desde su inauguración, en marzo. Afuera está rodeado de una calle de tierra y chicos, algunos descalzos, que miraban -por momentos bailaban-, colgados del cerco de alambre.

El hombre, ya con los borcegos y la camisa celeste con charreteras, recibió una lista, impresa, que no tenía ni un solo nombre, sólo apodos. “Es un formalismo para decirles ‘no’ si no están anotadas. Porque sé perfectamente quién es quién”, confiesa.

“Tengo más amigos que nunca. Y levantás una baldosa y sale un acreedor”, agrega Eduardo. Si algo hace bien -además de ganar la lotería- es hacer chistes. Entre esos apodos hay varios “Negro”. Pero “El Negro” es un amigo con el que se crió y ahora lo abraza llorando. Eduardo lo mancha sin querer por el vaivén del vino en su copa. Manchó a todos los que abrazó. Pero a nadie le importa. Como Halloween.

Además de “Las Negras”, sus tres hijas, y “Las Negritas”, sus nietas, “La Negra” es su madre. Muy mayor, está en la fiesta, en un lugar preferencial, con su silla de ruedas.

Que suba. Que suba. Pidió el locutor. Y subió. “Muchas gracias por haber venido. prometí que les iba a hacer una fiesta y acá estamos. Quiero compartir esta felicidad que tengo con mis compañeros, con mis amigos, con todos. Espero que disfruten de esto, que coman bien, que tomen bien y que bailen bien. O sea, espero que se diviertan hasta que salga el sol. Y si falta algo me dicen, que voy a buscar de nuevo”, dijo. A la medianoche se había acabado el fernet.

Después se metió entre los músicos de la banda “La Cura”. Rallador en mano, ni siquiera en el escenario pudo liberarse de las selfies. “Vení, vení Edu”, le decía el cantante, y colgándose de su hombro, lo hacía mirar al teléfono.

En “el pueblo” -como llaman a esta ciudad de unos 30 mil habitantes, a 300 kilómetros de Córdoba capital- se conocen todos. Por eso saben que la dueña de la agencia de lotería es María Ester González. “Cuando llegué, la agencia había cerrado, pero le dije a la chica que prendiera la computadora. Faltaba un minuto y lo pude jugar", recuerda él. También ya está claro qué va a hacer con el dinero. “Unos departamentos, en un terrero que ya tengo.” El cordobés debió asumir lo obtenido luego de que un pariente suyo lo publicara en Facebook. Pero la otra ganadora del Quini no quiere que el resto de Argentina sepa quién es. Fue la gran ausente de la fiesta.

“¿Por qué no vino? Si le diste la mitad del premio”, pregunta Clarín al ganador. “Ella es superior a mí en el trabajo y tiene miedo de que le roben, supongo”. Pero la realidad es que estos dos ganadores quizá no vuelvan a hablarse.

“Hubo un malentendido con la Doctora”, como la llama por ser abogada. Cuando se enteró que gané, me llamó. Me preguntó cuál era su boleta y cuál era la mía. Creyó que habíamos jugado dos boletas. Y lo que hice fue combinar mis números de siempre con unos que me pasó ella. Jugamos a medias. Yo tenía el papelito del Quini y me podía quedar con todo, pero obvio que le iba a dar su mitad a ella. Ya está, listo, ya firmamos con el escribano y se acabó el tema. Eso sí, ya habíamos jugado juntos antes y ella quiso jugar conmigo de nuevo porque ‘Vos siempre ganás, siempre tenés suerte’, me dijo”. Así fue.

¿Vas a volver a Tribunales? “Y... es la gran pregunta. No lo sé. Necesito pensarlo un poco más". Ahí su mujer lo frena. “Hablás tanto, tanto Eduardo. Esto se me va a desbordar”, dice Antonia. Él la mira y le sonríe. Ella lo entiende.

Los números de la suerte (y de la discordia): 03, 10, 11, 20, 25 y 30. "Veía un programa de televisión del Papa que había canonizado un nuevo santo. No me acuerdo el nombre, pero el periodista que narraba decía que había que pedirle al nuevo santo porque son muy milagrosos. Y muy adentro mío le pedí que me hiciera ganar el Quini”, había dicho Eduardo. En la fiesta aclaró a Clarín que en realidad ese “santo” era un cardenal. Y que seguía sin saber su nombre. “Ponele ‘el Santo del Quini’, y listo”, bromea.

-Calmémonos, che. Tampoco es que se salvó. Si hacés el cambio son como 500 mil dólares. Nada más.

-Apa. ¿Cuándo te pusiste la casa de cambio, que no me enteré? ¡Andá a pensar en dólares en Buenos Aires! Acá Eduardo se ganó 44 millones de pesos. Disfrutá y dejate de joder, Negro.

“Acá”, en Villa Dolores, donde el mismo viernes el diario local Democracia publicó una nota crítica contra el cantante Luciano Pereyra por pedir “imposibles” 70 mil dólares a cambio de presentarse en la Fiesta Nacional de la Papa, “el pueblo”, al menos los vecinos del Barrio José Hernandez, los 150 que bailaron y tomaron, tuvieron la esperada “QuiniFest”. Duró hasta las 6 de la mañana. 

 

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