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Roberto Pettinato "Mis padres eran casi estrellas de cine"

Roberto Pettinato publicó su primera novela, "La isla flotante", un texto apasionado sobre la relación amorosa que unió a sus padres durante la hegemonía y caída de Juan Domingo Perón.

Sin tanta pompa y sin atender a ninguna circunstancia especial, Roberto Pettinato publicó su primera novela, La isla flotante, en la que se aproxima a la figura de su madre, Clara, y la relación que mantuvo con su padre, al que se refiere con el frío "El hombre de Clara".

El saxofonista y conductor televisivo escribe con pluma intensa y emocionante, que sabe cómo intercalar los aspectos de esa historia de amor profunda con el contexto histórico en la que se desarrolló.

Fue el de la hegemonía del peronismo y su caída a manos de la llamada Revolución Libertadora. Claro que el relato está abonado con un detalle mayúsculo de la realidad: Roberto Pettinato padre se desempeñó como Inspector General del Servicio Penitenciario Federal Argentino durante los gobiernos de Juan Domingo Perón y fue hombre de confianza del general.

Por ese dato, y por la distancia que logra el autor en su narración, La isla flotante se puede leer al margen de lo autobiográfico y coquetear con lo ficcional. "Las mujeres seguían a los hombres a todas partes, por entonces; esta es una de esas historias, aunque con condimentos singulares. La novela tiene el título que tiene porque las parejas vivían en una especie de isla flotante... Todo era tan menguante. Se vivía a pura fanfarria y envuelto en gloria, pero también se sabía que se iba a terminar", dice Petti vía e-mail.

–¿Por qué narrar esto, ¿por qué ahora?
–Esta novela la tengo desde 2005, cuando mi madre ya estaba internada. Nada tiene que ver con la coyuntura actual, ni con que la Presidenta haya dicho que quiere que alguien escriba su historia con Néstor. Bueno, de hecho, creo que La isla flotante es la historia de todas esas Claras (el personaje) que existen desde los tiempos de Perón y de la Revolución Libertadora.

Más allá de la historia de amor central, la novela destaca esa certeza de que estamos hechos de lugares y circunstancias. Una casa (sus espacios, sus silencios, los ruidos que lo rompen y la alternancia de la luz y la oscuridad, los rituales de su ama, en este caso, Clara) puede determinarnos como personas. ¿Somos lo que habitamos, Petti? "Creamos lo que habitamos –contesta–. La ciudad está vacía, los departamentos están vacíos y todos los espacios son vacíos. Nosotros los creamos y los desarrollamos como sueños que rompen la llamada Cuarta Realidad en la que todavía no entran Los Ángeles Solares".

–A Clara la describís abnegada y algo sumisa, pero se percibe una dimensión en la que también es poderosa. Por ejemplo, sabe diseccionar a la política y sus agentes. No es ingenua en ese punto. Sabe que todos son traidores. Y parece tener todo bajo control.
–El único control de las Claras es la puteada, el dolor hecho lucha. Son y fueron todas como Evitas. Son las Evitas que quedaron en el tiempo. No las viejas gorilas que redujeron su vida a contar los cuernos que les metían los maridos mientras tomaban el té y mentían diciendo que leyeron a Victoria Ocampo. Estas Claras, en cambio, fueron mujeres híper morales, decentes, impecables pero también celosas, posesivas y cuasi vírgenes de conventos que nunca habitaron.

–Narrás que tu padre fue misericordioso en el ejercicio de su profesión. Que acercaba mantas a los internos, que los atendía personalmente. ¿Era una rareza ser tan blando con "los contreras"?
–No tengo nada para decir más allá de que los propios contreras alabaron lo bien que fueron tratados cuando eran presos políticos, aunque, por supuesto, no dudaron en devastar todo a su paso. Incluso, no dudaron en llevarse puesta la Penitenciaria Nacional, que podría hoy ser un gran colegio industrial modelo. Seres nefastos, todos sabemos que fueron así. Los que hoy habitan nuestro país y están infiltrados en el gobierno apenas si son pobres diablos que alcanzan los choricitos a la Presidenta en un asado. Dan pena. Y encima, como me dijo uno allegado a la Presidenta, "nosotros ahora ya no necesitamos a nadie ni de nadie, así que dejamos que se nos acerquen". Quedó esa soberbia de pobres diablos ya calvos y con viagra. Los gorilas de los ’50 eran verdaderos hijos de puta. Iban en serio. Clara luchó contra ellos con impecabilidad.

–Clara vivió la Revolución Libertadora escapando a la embajada de Ecuador embarazada. Así que tu niñez fue el exilio y la proscripción. ¿Entendías la persecución o apenas se trataba de una aventura?
–Las persecuciones están en el aire. ¡No hay aventura de Harrison Ford! Mi madre le sacó 27 procesos, y demostró que mi padre no tenía nada ni había robado nada. De hecho, lo que tenía se lo robaron los gorilas cuando entraron a la casa. Así que ni siquiera pudieron probar nada de nada. Un día Lanusse dijo: "El 17 de octubre fue producto de un sindicalista y de un penalista irresponsable (que era mi padre)". Porque entre él, Cipriano Reyes y otros más tramaron ese 17 de Octubre. Ahora es gracioso decirlo porque hay 300 mil peronistas que se dicen de la primera hora, y no entiendo cómo mierda es que entran en 60 minutos.

–¿En serio tu padre confiaba que los gorilas iban a ser misericordiosos con él?
–Sí, pero no lo fueron. Y a todas las Claras les hicieron las mil y una. Imaginate que eran algo así como Videlas sin picanas aún, y sin la idea de poder desaparecer 30 mil tipos sin que nadie los encuentre. Y que nadie los pueda acusar ni meterlos presos. ¡Horrible!

–Te referís a la economía de gestos que había entre Clara y su Hombre, el escaso contacto físico. ¿Lo hacés para reivindicar un lazo invisible y poderoso, o para marcar que se trataba de un matrimonio disfuncional?
–No existían los matrimonios disfuncionales. Por Dios, eran poderosos como decís y tal como se los ve en la portada del libro. Eran casi estrellas de cine, a semejanza de Eva y Perón.

–¿De Clara heredaste tu amor por la radiofonía?
–Sí. Ella quería, como tantas en aquellos tiempos, triunfar cantando hasta que conoció a mi papá y terminó entre presos y cierto lujo peronista. La radio era todo y mi madre cantaba sus canciones de paz y la zarzuela.

Apenas un hijo
En el epílogo, Petti ilustra una sesión de kinesiología de su madre ya ancianita. Parece querer comunicar que, más allá de que el rock o el jazz lo hayan transportado a lugares soñados, en ese momento es un hijo sin historia y con obligaciones. La idea implícita es: todos tenemos que pasar por ese momento tan poco glamoroso. Hasta se lee como una
jugada emocionalmente incorrecta. "¿Jugadas emocionalmente incorrectas? No sabía que existían, salvo para las anorgásmicas. Todos pasamos por la muerte de nuestros padres. Cuando murió mi padre me dejaron en el Otamendi solo con la puerta abierta, el cadáver tapado y su dedo gordo afuera de la sábana. Me quedé así tanto tiempo; una hora hasta que lo retiraron. Nunca me animé a levantar la sábana para verle la cara. Obvio, por miedo a que despertara o sucediera algo inimaginable. De todos modos los espiritistas (mi padre lo era) siempre supimos que en cada rincón de la habitación se retiene el alma durante todo un día", remata.