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Once-doce-once

*Por Ernesto Tenembaum. En la ambivalencia de la relación entre el Gobierno y De la Sota se pueden percibir los tiempos que corren.

Me resulta realmente muy difícil entender la reacción del kirchnerismo ante el triunfo de José Manuel de la Sota. No entiendo bien si están tristes o contentos, aunque está claro que están muy interesados en recibir un gesto, aunque más no sea chiquito, efímero, ambiguo, de apoyo para las elecciones. Y, la verdad, no lo entiendo.

De la Sota las hizo todas. No sólo fue menemista, defecto menor si se tiene en cuenta todos los ex menemistas que ya son amigos. No sólo encabezó la fractura del PJ durante la crisis con el campo. No sólo dijo hace unas pocas semanas que "yo con el kirchnerismo no tengo nada que ver, estuve con el campo durante la pelea con la 125". Además, también afirmó en campaña que "si ser de derecha es no haber puesto bombas en los setenta, entonces soy de derecha". Y, por si fuera poco, su gente resistió a piña limpia la incorporación de una columna K a los festejos del triunfo del PJ cordobés.

Curiosamente, al día siguiente de las elecciones, desde el gobierno nacional le piden un gestito de idea. ¿No es una reacción torpe, contradictoria, que demuestra demasiada preocupación? ¿No hubiera sido más razonable felicitarlo, reconocer que encarnan ideas diferentes de país, anticipar que convivirán en la diversidad porque así es la democracia y admitir que tiene todo el derecho de apoyar a quien sea? ¿No hubiera estado mejor eso que andar pidiéndole el votito? Y, si el objetivo era conseguir apoyo en la carrera presidencial, ¿no tenía más lógica cerrar un acuerdo antes? Eso es lo que no entiendo: ¿somos dignos y no acordamos o somos pragmáticos y no le hacemos asco a nada, o las dos cosas al mismo tiempo y entonces nos mareamos a nosotros mismos?

Sé que es un clásico de estos tiempos. Periplos similares se pueden trazar en la relación, entre tantos otros, con Eduardo Duhalde, Carlos Menem, Ramón Saadi, Héctor Magnetto y hasta con –nada menos– César Blaquier. Mientras los referentes del Gobierno le exigen al resto del mundo una dignidad a prueba de todo, ellos van, vienen, se casan, se divorcian y todo eso que estamos acostumbrados y explican que así es la política pero sólo para ellos.

De todos modos, me parece que ahora algo ha cambiado y que los tiempos empiezan a plantear otros dilemas. Nadie puede estar seguro de nada y menos del futuro. Pero lo ocurrido en las últimas elecciones, y lo que se lee a grandes rasgos en las encuestas más serias que circulan, permiten aventurar algunas perspectivas. En principio, es muy improbable que Cristina Fernández de Kirchner no sea reelecta. No es imposible su derrota pero sería realmente una sorpresa dados todos los indicadores de imagen, de aprobación de gestión, y de caracterización que hace la población sobre la situación económica del país.

En segundo lugar, es muy improbable que Cristina pueda imponer cualquier mecanismo que la habilite para un tercer mandato. Aun si quisiera, debería triunfar con una holgura que nadie anticipa, luego convencer a los lideres territoriales de su partido –quienes, aunque más no sea por ambición personal, resisten la idea–, después acordar con sectores dispersos de la oposición y, aun cuando logre eso, ganar una elección nacional donde el eje será el apoyo o la resistencia a la reelección indefinida –lo cual sería un regalito hermoso para Macri–. Todo, en una situación económica, al parecer, más complicada que la actual.

O sea que lo más probable es que el país asista a los últimos cuatro años de Cristina Fernández de Kirchner en el poder.

Ese detalle marca una diferencia con el 2007. En aquel entonces, Cristina empezaba el primero de sus dos posibles mandatos y luego quedaba como reserva su marido, Néstor Kirchner. El horizonte estaba lejísimo. Además, no existía liderazgo opositor y Néstor era el jefe de todo el PJ. Hoy no se puede decir lo mismo. Cristina es la candidata más fuerte. Pero difícilmente alguien pueda creer que es la jefa del cordobés De la Sota y, al parecer, hasta Daniel Scioli se atreve a mojar la oreja de la Casa Rosada con una campaña donde Cristina prácticamente no aparece y a la que se han incorporado elementos confesionales muy contrastantes con la ideología oficial. Para no hablar del progresivo distanciamiento de Hugo Moyano.

En el 2007, el Gobierno no tenía fecha de vencimiento. Ahora sí. En el 2007, todo el peronismo se alineaba. Ahora no. Encima, en todos los distritos grandes, ganan los peronistas que no van con Cristina, o van en contra de ella. Y pierden los que reciben su apoyo. Para agregar un dato a la debilidad relativa de la Casa Rosada, el kirchnerismo pagará en el próximo período la debilidad que tuvo para formar candidatos alternativos. Ha sido un fenómeno político excesivamente personalista y familiar. No hay, al parecer, una personalidad como fue Dilma Rousseff para Lula, o Pepe Mujica para Tabaré Vázquez, o Michele Bachellet para Ricardo Lagos. En realidad, eso ocurre en parte porque el PT, el Frente Amplio o la Concertación chilena tienen una identidad propia, con sus dirigentes de toda la vida. El kirchnerismo no es una fuerza política autónoma. Depende del peronismo para existir. Y por eso, en cierta medida, es allí de donde surgirán sus reemplazantes: serán peronistas, no necesariamente kirchneristas.

En la ambivalencia de la relación entre el Gobierno y De la Sota se pueden percibir los tiempos que corren. Si Cristina es reelecta, si no intenta o no logra imponer la reforma constitucional, deberá convivir y negociar con los líderes territoriales, que se sienten parte del futuro, aun más que ella.

Esto es, básicamente, con Daniel Scioli y José Manuel de la Sota, dos claros exponentes del peronismo clásico. Si uno se guía por lo ocurrido en las últimas elecciones, desde afuera del peronismo acechan otras figuras con mayor o menor predicamento hacia adentro, como Mauricio Macri y Miguel Del Sel. Cristina tiene, en ese sentido, varias decisiones por tomar. Si fuerza su propia reelección, si trata de imponerle al peronismo un candidato propio, si sigue gobernando en una mesa demasiado chica o consensúa, si se concentra en gobernar lo mejor posible o se desvive por la continuidad suya o de alguien propio en el poder. Todo ello con el riesgo de que cualquier fractura o tironeo duro con los referentes del peronismo facilitará la llegada al poder de "El peligro amarillo", como llamó Página 12 en su tapa a Mauricio Macri.

Son típicos dilemas del poder, de aquello que los norteamericanos llaman el "pato rengo". Mejores resultados en Capital, Santa Fe y Córdoba, para el kirchnerismo, hubieran atenuado esa renguera. Para lograrlo, ahora la Casa Rosada deberá obtener un triunfo demoledor en octubre.

Si, en este contexto, el once del doce del once, Cristina empieza a renguear, se prepararán para tomar el poder, unos años después, y cada día un poco más cerca, el creyente Daniel Scioli, el agropower José Manuel de la Sota o el peligro amarillo. Y si alguno de ellos lo logra, ese día, ese mismo día, Aníbal Fernández dirá que triunfó el kirchnerismo, como lo hizo el lunes al referirse al triunfo del segundo.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué es el kirchnerismo sino todo lo que gana? ¿O no somos el Frente para la Victoria?

Qué cosa, ¿no?