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No todo lo que brilla es "blanco"

Por Milagros Senders. La vida es mágica y también desordenada: contra el mandato Kondo.

Kondo vs color

Hace unos años que venimos escuchando sobre “La magia del orden”, un best seller escrito por Marie Kondo, la reina del minimalismo. No por nada tiene en su haber cuatro libros escritos sobre la misma temática, que fueron traducidos en múltiples idiomas y con récord de ventas en más de treinta países.

Esta fascinación por el orden perfecto y el despojo de todo lo material esconde una ideología, un pensamiento propio de estos tiempos. Es solo la carcasa de algo más profundo.

La japonesa te propone que cada objeto o prenda tenga un lugar de guardado asignado, sea útil y te genere felicidad. Lo opuesto a la acumulación (supuestamente) sin sentido, a los dormitorios abarrotados o a las mesadas repletas de adornos. El boom se notó: todos sus lectores corrieron a comprar cajas, cajitas, tuppers y organizadores; mientras regalaban consejos, tips y opiniones por doquier.

Limpio, blanco, espacioso y silencioso. Uno puede imaginarse la casa ideal, digna de una fotografía de catálogo. Luminosa, con paredes intactas, suelos claros, muebles compactos y ventanales amplios. Sillones en tonos de beige o gris claro.

Muchos dicen que lo que no hemos usado por un año, ya no lo usaremos más. En páginas online se pueden encontrar un sinfín de objetos usados en venta. Algunas personas venden los libros ni bien finalizan su lectura. Otros encontraron la veta comercial a esta necesidad de “tener sin retener”: alquilan vestidos de fiesta, juguetes según la edad o determinadas prendas por temporada. “No ocupa espacio” se volvió un gran beneficio para cualquier producto.

Vivimos en una era, en la cual abundan tatuajes con leyendas como “soltar”, “fluir”, “dejar atrás” o “esto también pasará”. Hay algo de este despojo contemporáneo que se traduce en los vínculos, en la comunicación y en el día a día.

Se pretende estar en varios lugares en simultáneo, mantener una amistad a fuerza de likes en redes, y se estigmatiza cualquier tipo de vínculo duradero como enemigo fatal de la libertad individual.

Quizás un celular, una pantalla y una consola resuelven muchas actividades a la vez. Ya no se revelan las fotos, no se juega con tanto juguete, no se guardan cosas “por las dudas” y se viaja con poco equipaje.

Sin embargo, al visitar las casas de abuelos, los talleres de arte o las librerías antiguas, se encuentra… vida: un aroma a especias, una mezcla de colores no pensados, un crujir de mecedora. Hay algo de hogar que dan los azulejos pintados, el cacharro para calentar agua, la pava sobre la hornalla, los recortes de distintas telas, los objetos de diversos materiales, las fotografías amarillentas, los libros ajetreados, los pinceles salpicados, los adornos inútiles, los mantelitos tejidos a mano, la madera, el ladrillo, las ropas usadas, las aberturas de época; que lo eléctrico e impoluto no da.  

Hay algo pintoresco que se pierde en el blanco radiante e insostenible, en esta suerte de limpieza con acabado perfecto. Habrá que cuestionarse entonces estas frases tan conocidas, tan “autoayuda”. Estimo que una prenda que no se usó en un año quizás no se vuelva a usar, o quizás sí, dentro de cinco.

¿Todo debe hacernos felices? ¿Debemos tirar o regalar cualquier cosa que no cumpla con este requisito? ¿Un baúl repleto de fotos o cartas que nos hacen llorar a moco tendido? ¿Pilas de escritos sobre una mesada que nos recuerdan proyectos en los que vamos avanzando como podemos? ¿Un cuento o un muñeco de la infancia? ¿Una remera preferida un tanto desteñida? ¿Esos libros que quizás imaginas releerás algún día? La vida no es únicamente el reposo sonriente; es también la nostalgia, el deseo, la tristeza, la ansiedad, la bronca, la carcajada… Es perfecta, pero no de manera acabada, sino justamente impredecible y escurridiza.

El blanco tiene identidad gracias a los otros colores, por lo tanto si lo dejamos solo, no será nada. 

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