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No repetir el error de 1946

* Por Raúl Faure. En 1946, la UCR bendijo una alianza para contar con el apoyo de los simpatizantes de otros partidos, excluyendo a los calificados de derecha.

Ricardo Alfonsín, candidato presidencial del radicalismo, anunció su propósito de anudar coincidencias con los partidos que en 2009 derrotaron en la provincia de Buenos Aires al oficialismo, bajo la conducción de Francisco de Narváez. Su propósito es la formación de un amplio acuerdo para enfrentar, con probabilidades de éxito, al conglomerado que, con partes del peronismo, integran el Partido Comunista, las corporaciones sindicales sometidas a Hugo Moyano, los grupos facciosos que conducen Quebracho y Luis D’Elía y la agencia de colocaciones "La Cámpora", que actúa en el oficialismo.

Quienes inspiran el proyecto para asociar a distintas y hasta antagónicas expresiones saben que el 23 de octubre no enfrentarán al Partido de la Victoria en igualdad de condiciones, sino al propio Estado que, sin controles, viene volcando sus enormes recursos para asegurar el triunfo del oficialismo.

Seguro que se escucharán opiniones adversas; ora para custodiar "la pureza doctrinaria del radicalismo"; ora para eludir compromisos con esa franja de electores a la que, despectivamente, se designa de centroderecha.

Contra Juan Perón. Este episodio –en otro contexto histórico, desde luego– guarda cierta similitud con lo ocurrido a fines de 1945 y principios de 1946, cuando diversos sectores republicanos decidieron enfrentar al entonces coronel Juan Perón a través de una candidatura única. Entonces, el radicalismo bendijo una alianza para que su fórmula presidencial contara con el apoyo de los simpatizantes de otros partidos, con la expresa exclusión de los que se calificaban como de derecha; por caso, el Partido Conservador de la provincia de Buenos Aires y el Partido Demócrata de Córdoba.

En el radicalismo, no habían cicatrizado aún las heridas que provocaron los comicios realizados en la década anterior, cuando los conservadores utilizaron prácticas fraudulentas para mantener sus gobiernos.

En Córdoba, Ramón J. Cárcano –fundador del Partido Demócrata y elegido dos veces gobernador en comicios limpios– remitió a uno de sus discípulos, José Aguirre Cámara, una carta cuya copia conservo –por habérmela cedido su destinatario– fechada el 15 de enero de 1946, para hacerle conocer su disgusto por la decisión adoptada por el radicalismo. "¿Cómo es posible –se preguntaba– que un partido honorable y de manos limpias (refiriéndose al Partido Demócrata local) sea repudiado por los demás para desarrollar una acción en común?"

El 24 de febrero de 1946 se votó. Perón obtuvo 1.478.000 votos y la oposición 1.212.000. Muchos dirigentes y simpatizantes de los partidos excluidos de la Unión Democrática decidieron responder a la humillación inferida incorporándose a las filas del naciente peronismo. Remorino, Cámpora, Visca, Decker, en la provincia de Buenos Aires, y en Córdoba el ala del catolicismo tradicional que integraba el Partido Demócrata aconsejaron a numerosos correligionarios que votaran por Perón.

La exclusión de esas históricas corrientes, que por fidelidad al ideario republicano se plantaron ante el arrollador avance del fascismo, fue un error funesto.

Esas corrientes –con sus aciertos y errores– contribuyeron a construir desde 1880 una Nación y un Estado en medio del desierto. Y desde el Gobierno, en la década de 1930, obraron con pericia para cerrar las heridas que produjo la gran crisis de 1929. La historia de las alianzas –o sea, la suma de los esfuerzos entre sectores que carecen de coincidencias totales, pero que afrontan peligros comunes– es tan vieja como la historia de la humanidad. Y debe ser repasada con prudencia.