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Menem, el otro Tigre Riojano

El exPresidente murió este domingo en el sanatorio de Los Arcos. Había cumplido 90 años en julio.


En 1975 Carlos Menem, me pidió un gran favor político. Luego de que se lo concedí me dijo “cuando sea presidente me voy acordar de esto”. Mi respuesta entre cariñosa y burlona fue “te vas a presentar en River?”.

Luego de la larga noche de la dictadura, donde se ensañaron con él, volvimos a encontrarnos, café de por medio, me solicitó que intercediera en el mundo sindical, para que lo apoyaran para integrar la fórmula presidencial.

Lo hice sin éxito: el Facundo Quiroga redivivo, no era tomado muy en serio en el peronismo tradicional.

Los elegidos fueron Luder y Bittel.

Al día siguiente del triunfo de Alfonsín, las calles de la Argentina fueron inundadas de carteles que decían: Ahora Unidos. Ahora Menem.

El presidente radical se había entusiasmado con el gobernador de La Rioja, sin comprender que estaba frente a quien lo iba a derrotar.

Muchos de nosotros caímos en el mismo error.

Desde entonces transitamos la vida del peronismo siempre en veredas opuestas.

Nos encontrábamos en partidas de tenis organizadas por el negro Morere.

En su mítico departamento de la calle Cochabamba y en las reuniones de la renovación peronista, que él lideraba junto a Antonio Cafiero y Carlos Grosso.

Un día compartimos un Racing vs River y me dijo: “que haces con Antonio y el Gallego, les gano con la fusta abajo del brazo”.

Y ganó nomas y al día siguiente nos estaba llamando a los perdedores a trabajar con él en su futuro gobierno.

Cuando me ofreció ser su Embajador en Italia, rememoró la anécdota de 1975 y yo, le recordé nuestros desencuentros. Me respondió con una frase que me iba a repetir años después cuando me opuse a los indultos: “no se gobierna desde el rencor”.

Me designó su candidato a vicepresidente pese a que su círculo íntimo no me quería. Solo su hijo (un pibe inolvidable) y Eduardo Bauza (un patriota al que siempre extraño) le aconsejaban que lo hiciera.

De esos cuatro años, quiero recordar su inmensa lucidez para analizar el mundo y nuestra Patria. Nuestras fortalezas y debilidades. Su amor sin límites por la provincia de La Rioja.

Su buen humor para enfrentar situaciones complicadas, su severidad respetuosa cuando, en la intimidad de su despacho le decía que cosas no compartía, sus simpáticos reproches cuando volvía de algún viaje y yo me había comido sus pistachos.

Su preocupación cuando veía que la convertibilidad, que había sacado a nuestro país del drama de la hiperinflación, empezaba a tener problemas que él advertía con la lucidez de un estadista.

Que no hubiera ni inflación ni desocupación eran sus máximas obsesiones.

Fue un gran presidente y una persona amable y comprensiva. Mas preocupado, como siempre me decía, por las futuras generaciones que por las siguientes elecciones Al final de su Gobierno, volvimos a ser rivales. Se realizaba la última gran interna que tuvo el peronismo en la Provincia de Buenos Aires y él apoyaba a mi adversario, Antonio Cafiero.

En realidad, quería derrotar a Eduardo Duhalde que le había quitado el sueño de la re reelección.

No nos volvimos a ver hasta hace dos años. Marcelo Open nos invitó a un asado. Nos sentó en una punta, lejos del mundanal ruido y ahí pudimos recordar viejas historias. Estaba Zulema, la mujer de su vida (aunque no siempre se diera cuenta) su hija, que lo ha cuidado en sus horas más difíciles y uno de sus nietos.

Al final, nos despedimos y le dije “Mira que nos hemos peleado en esta vida”. Puso su mirada más pícara y me dijo: “Cuando?”.

Adiós Presidente. Un abrazo a Carlitos.

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