LOS JÓVENES /ADULTOS, ¿CADA DÍA MÁS ENCERRADOS?
La juventud está cada día más encerrada. Libertad para ser explotado como quieras: ¿la nueva cuarentena de los jóvenes?
Nos encontramos ante un proceso de individualización en el cual la sociabilidad se vuelve compleja. Los jóvenes de entre 25 y 40 años sufren el impacto en su vida comunitaria debido, en gran parte, a los problemas económicos. Esta falsa libertad, con ingresos que alcanzan apenas para la supervivencia, nos obliga a una pregunta: ¿libres para qué? ¿Para el aislamiento laboral sin la posibilidad de vivir una vida?
Al observar el marco de esta población, queda claro que las redes sociales no son el único factor que aleja a los jóvenes de las calles. Los datos del INDEC demuestran que la mitad de los argentinos perciben un ingreso individual de $500.000 pesos o menos al mes. En un contexto donde el ingreso promedio general per cápita es de $728.008 pesos, y las tarifas de transporte y servicios están desreguladas, las horas del parecieran no alcanzar para cubrir los gastos con un empleo que ni siquiera permite llegar a fin de mes. Dentro de este esquema de la meritocracia, el ocio pasa a ser un privilegio, sobre todo en las clases medias y bajas.
¿Existe el derecho a descansar cuando el dinero no alcanza? ¿la libertad existe cuando la otra opción de pasar hambre? El presidente de la nación afirma que, si la situación fuese extrema, habría cadáveres en las calles. Sin embargo, los indicadores de consumo marcan un escenario de vulnerabilidad en el cual los ingresos imponen la privación de necesidades básicas.
Una familia tipo hoy necesita alrededor de $1.531.473 pesos netos mensuales, según los reportes de la Canasta Básica Total del INDEC. Los sueldos de los sectores medios oscilan entre los $644.818 pesos y $1.300.000. Estos montos no son muy realistas, ya que no contemplan por ejemplo el precio de los alquileres. Un ítem que modifica la cuenta de forma drástica por los altos valores. Frente a la precarización laboral, la supuesta victoria de la baja inflación convive con la licuación previa de los salarios. Si el poder adquisitivo cae, el consumo masivo se estanca en la recesión por la parálisis de la capacidad de compra.
La informalidad laboral escaló al 44,2% del total de la masa trabajadora. Un joven precarizado en aplicaciones de delivery, comercios o un gastronómico no registrado que cumple extensas jornadas por un sueldo de entre 500.000 y 900.000 pesos, percibe exactamente la mitad de lo que cobra un empleado bajo convenio. El salario básico inicial de los gastronómicos, según la escala paritaria oficial, se ubica entre los 939.463 y los 1.292.026 pesos. Estas cifras pertenecen a la EPH del mercado de trabajo y tasas socioeconómicas del INDEC.
La asfixia de la clase media y el uso constante de la tarjeta de crédito restringen las salidas, el fantasma de la morosidad, problemas habitacionales y financieros recluye a la juventud. Una parte ya sostiene deudas y otra teme contraerlas. El diagnóstico responde a que el 78% de los hogares argentinos cayó a la base de la pirámide: el 21% padece la pobreza y el 57% subsiste entre la clase baja superior y la media, en un declive social constante. Para pertenecer a la clase media real, se requieren más de 2.300.000 pesos mensuales. Ante la falta de excedente, los jóvenes financian la comida en cuotas o cubren las boletas de servicios (luz, gas, etc) con endeudamiento. Estos indicadores se desprenden del estudio de estructura social de la consultora W, publicado por El Observador.
Cada día se evidencia más la atomización laboral y el control patronal. La desregulación estatal y la pérdida de centralidad de las negociaciones colectivas (sindicales) restan fuerza al diálogo entre trabajadores y empleadores. En este panorama predominan los empleos informales y no registrados, lo que genera una enorme disparidad de condiciones para plantarse en una negociación. El trabajador queda solo. Cumple más de 45 horas semanales de forma precaria, con el consecuente desgaste físico. Sin una estructura gremial/ social que funcione como escudo o sostén, el empleado termina aislado y forzado a aceptar sueldos bajos por largas jornadas laborales, tal como reporta la evolución de la distribución del ingreso del INDEC. La falta de recursos económicos cancela las experiencias colectivas presenciales y traslada la sociabilidad a las pantallas.
¿Es una libertad real pasar hambre con la mirada fija en el celular y puertas adentro? El aislamiento digital genera el efecto "anteojeras" que hace no poder percibir con claridad de que el problema no es personal, sino colectivo. Esto lo demuestra el cruce de datos sobre ingresos y empleo evidencia que el resto de la población atraviesa la misma situación. No se trata de una conducta antisocial electiva, sino de un sistema de supervivencia que no deja tiempo ni para respirar.
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