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La historia en primera persona de Marina Fernanda Aragunde, la joven secuestrada por narcos que se reencontró 24 años después con su madre

Tenía cuatro años cuando se la llevaron del jardín de infantes. En diálogo con Clarín, reconstruyó detalles de su historia.

Durante dos décadas Marina Fernanda Aragunde incorporó como propia una historia que no era la suya. Secuestrada de su casa a los cuatro años, como parte de una venganza narco, en 2015 su esposo y un policía le advirtieron que de acuerdo a los registros había nacido 80 años atrás y que ya estaba muerta.

La joven rechazó la idea. Pensó que lo único que buscaba era separarla de la que creía era su familia biológica. "¡Valeria, vos no existís! Tenés 80 años y no podés votar. A vos te robaron. Vos sos hija de Fernando Esquivel", le advirtió el oficial, compañero de trabajo de su esposo. "Dejá de ponerte en esa postura caprichosa. Aceptá que te robaron y buscá a tu familia", insistió su pareja.

Hasta ese momento ella desconocía que la habían secuestrado de su casa, en Marcos Paz, el 1° de febrero de 1995. El caso, que conmocionó al país, tenía un trasfondo delictivo: una venganza contra su abuelo paterno, involucrado con el comercio de drogas.

"Yo en un primer momento estaba en la postura de que me querían separar de mi familia. Pasó el tiempo y me quedó la duda. Voy a (la oficina de) Migraciones, porque tengo una numeración extranjera, y me dicen que la persona con mi identidad falleció en el 95. Me habían dado, después de comprarla, la identidad de una persona muerta", detalla en diálogo con Clarín.

"Me ponía mal toda la situación. Saber que lo que me habían dicho era todo mentira, que toda la vida desde que me crié era mentira", explica. La familia que se apropió de la pequeña ocultó siempre aquella historia. Ella creía estar frente a sus padres biológicos.

"Desde el momento que me compraron, cada dos años, cambiaban de casa. Yo tenía el pelo rubio y me cortaron los rulos. Me vestían como un varón para que no fuera reconocida. Vivíamos en la ciudad de Buenos Aires, pero cada dos años automáticamente cambiábamos de casa. O al año me mudaba", recuerda. Era parte de una maniobra que buscaba ocultarla, pero que ella, aún pequeña, no terminaba de comprender.

Al advertir lo que había sucedido cortó el diálogo con sus apropiadores. "Hace cuatro años que no hablo con ellos", precisa. Dejó Buenos Aires, se instaló en Rosario y, aturdida por la nueva realidad, inició una búsqueda imprecisa que le permitiera conocer su pasado, su historia, sus raíces.

Comenzó a investigar, a buscar en redes sociales algún indicio. Un día tropezó en algo que fue como un flash: se reconoció en una foto de Facebook, que la retrataba siendo pequeña, y a partir de allí todo se convirtió en un vértigo del que todavía no logra reponerse.

"Veo la foto, me impacta y quedé una semana traumada. Una madrugada busqué hablar con ella --su madre biológica-- porque ya no aguantaba más. Le cuento los recuerdos que tengo y me dijo: 'Sos Marina'. Fueron días de hablar, de hablar, de hablar".

 

No recuerda el día exacto del encuentro, en un banco del bulevar Oroño de Rosario. Sí tiene claro lo que le dijo su madre, algunas de sus primeras palabras: "Mi mamá me miró a los ojos y me dijo 'sos Marina'".

En esa charla confirmó sospechas. Algunas dolorosas. Por ejemplo, que narcotraficantes le pagaron a la ex mujer de su abuelo paterno para que la secuestre del jardín de la casa familiar, en Marcos Paz. Ella jugaba. No entendió qué sucedía. Recién ahora lo sabe.

En los últimos meses vio a otros integrantes de su familia biológica y dialogó telefónicamente con su padre. Necesitaba que él le entregara respuestas. Marina tenía el dato de que había sido detenido junto a su abuelo paterno, meses después del secuestro. Los dos estaban involucrados con una banda de asaltantes que se dedicaba además a traficar drogas.

Sus padres se separaron porque él ejercía violencia de género. "Cuando me roban él no hizo nada para buscarme. El mismo me lo dijo", lamenta. Su abuelo murió dos años después de que robaran a su nieta. A su padre no quiere verlo.

La joven cuenta que esta historia la afectó psicológicamente, pero también en cuestiones cotidianas. La falta de una partida legal traba el acceso a un trabajo formal o a carrera educativas. Actualmente es empleada en un comercio y trabaja para recuperar su verdadera identidad. Mientras tanto, desde el reencuentro con su familia biológica, denuncia que la amenazan. Lo mismo le sucedió a su madre y una de sus tres hijas, de 14 años.

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