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La destrucción del periodismo

*Por Edgardo Litvinoff. Los "periodistas militantes" replican en ellos mismos la crítica que hacen a quienes "escriben lo que sus jefes les dicen".

Tras la pelea que el actual Gobierno nacional intenta imponer no sólo contra la prensa que no le es adicta, sino también entre periodistas, subyace una consecuencia que afectará de la misma manera a todos, estén del lado que estén.

Ni siquiera se trata de la discusión "K" o "anti-K", algo que sería interesante debatir si existiera un espacio –o voluntad– para hacerlo. Pero esa no parece ser la idea.

En primer lugar, la discusión de si el "periodismo militante" –categoría que se atribuyen los defensores del actual modelo– es o no es periodismo ya de por sí debiera aclarar los tantos. Es que la visión crítica de la realidad es parte ineludible de la definición de "periodismo", mal que les pese a los nuevos "periomilitantes", que pretenden convertirlo en mera comunicación oficial.

"Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda", decía en 1997 Horacio Verbitzky –ahora sostén ideológico del kirchnerismo– en Un mundo sin periodistas , cuando describía la relación de la prensa con el menemismo. Eran otros tiempos. Además, quienes se dicen "periodistas militantes" ni siquiera creen que lo suyo sea un género: señalan que no hay periodismo por fuera de esa categoría. De Gabriel García Márquez a Jorge Lanata, todos están equivocados.

Ahora bien: si incluso se obviara la falacia anterior y se aceptara el debate entre "bandos" –el "militante" y el "no militante"–, quedaría todo sumergido en el mismo barro. La vereda "no militante" incluye a los profesionales que tratan de ejercer su profesión de manera honesta: reconociendo virtudes, analizando cada medida con argumentaciones, poniendo el ojo crítico en cada aspecto de la realidad y expresando una opinión cuando hay elementos para hacerlo. Trabajen en el medio que trabajen. Como esa tarea puede incluir críticas al Gobierno, la ecuación "militante" es clara: son todos opositores.

El problema es que esa actitud obliga a los que están en el medio a situarse –ante los ataques recibidos– en posiciones incómodas que en otro contexto no defenderían. Lo que se logra es que el ejercicio de reflexión hacia adentro –útil para mejorar las redacciones periodísticas– se vea minado ante la necesidad de defenderse de simples bajezas.

Si 6,7,8 se inició como un intento público de sacudir y discutir la legitimidad de la profesión periodística, lo olvidaron desde el primer programa. Ahora todo es "chicana", y de una vulgaridad cada vez más sorprendente. Son funcionales al Gobierno, pero en una forma distinta de la que creen. No degradan a otros: degradan todo.

La grieta también se produce entre colegas, al romperse el diálogo entre ellos.

Esa horadación obra en todos los sentidos. Y desnuda un efecto más peligroso que la falsa dicotomía "periodismo opositor-periodismo militante": lo que se logra es minar a todo el periodismo; poner a todos en cuestión; limar la credibilidad de unos y otros –no importa de qué lado estén–; dejarlos en ridículo; cuestionar lo que escriben, dicen o muestran.

Los "periodistas militantes" replican en ellos mismos la crítica que hacen a quienes "escriben lo que sus jefes les dicen". No importa que se destruyan a sí mismos si eso sirve para destruir todo.

Los beneficiados por eso son los mismos de siempre: los que no dan respuestas –porque no reciben preguntas– ni explicaciones. ¿Los perjudicados? El periodismo, los periodistas y la calidad de los contenidos.

El periodismo es sólo una muestra. El accionar de este Gobierno se repite en demasiados ámbitos de la vida institucional.
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