La historia circular
El Líder Supremo Ali Jamenei dista de poseer la magnitud de Ciro el Grande.
Pero tampoco se lo equipara con el carismático ayatolá Ruhollah Jomeini, el conductor de la Revolución Islámica planificada desde Neauphle-le-Château, suburbio de Francia.
Sin jerarquía monárquica, Jamenei es analizado como aquel Mohammad Reza Pahleví, el derrocado Sha de Persia.
Por la violencia tristemente caótica del epílogo, que signa la coronación exacta del fracaso.
Consecuencia definitiva del desmadre económico.
La teocracia de Irán se desintegra con la potencia colosal que oportunamente le brindó legitimidad.
Estruendo de manifestaciones populares que son torpemente atribuidas a los proyectados de Estados Unidos, agrandados por las disrupciones de la Corbata Carmesí de Donald Trump.
O peor, por Israel, el enemigo constitucional.
En tiempos del Sha costaba imaginar la viabilidad de la rebelión producida por la categoría de la fe.
Menos aún encabezada por Jomeini, el opositor marginal. Generador de la revuelta que los iba a desalojar.
Pero Jamenei -el heredero de Jomeini- cae como el Sha por el fenómeno circular de la historia.
La teocracia se reduce por los disparates inflacionarios.
Se desliza por la pendiente riesgosa de la represión salvaje. Gases y palos que superan la cifra de 60 muertos. Identificación total con el estigma de la derrota.
Similar error, en efecto, al del monarca.
El Bazar como institución
La monarquía comienza a ser pasado en 1979 cuando se anexa a la rebelión la institución del Bazar.
El Sha arranca con el exilio en Egipto para morir pocos meses después.
El regreso triunfal de Jomeini a Teherán puede ser comparado con el retorno frustrado del General Perón en 1973.
Pero la evaluación de la Revolución Iraní supera el margen del columnista.
Interesa por el final del ciclo relativamente desagradable de la Guerra Fría, que enfrentaba a los poderosos representantes de Satán.
La contabilidad del capitalismo contrastaba con la superación moral del marxismo que derivó en la patología del “socialismo real”.
Al morir Jomeini, en 1989, el ciclo teocrático persa ingresa en el desdén de las contradicciones.
La fe rígida del Islam chiita deambulaba entre los satanismos, pero con superior proximidad a la utopía esquemática de los soviéticos, quienes mostraban, sin pudores ni culpas, la prioridad espiritual del petróleo, más cautivante que la sumisión de la fe.
Mientras tanto el Irán chiita disputaba la interna islámica con el rigorismo sunita de Arabia Saudita.
Contexto de marginación y simultáneo aislamiento, mientras se introducía en banales conflictos secundarios, o encaraba guerras o atentados espectaculares que agudizaron el aislamiento.
Para estancar la revolución extrañamente machista que generaba la creatividad artística entre la resistencia.
El ejemplo digno del cine venerable expone las limitaciones de una sociedad menos atrasada que opresiva.
Pero las protestas actuales son distintas porque fueron iniciadas por el Bazar.
Factor invariable de poder que se traduce en otro mensaje: la teocracia también pertenece al pasado.
La élite clerical se impuso por el estallido social que derivó en indispensable religión.
Llamativamente otro estallido social se propone despedirlos con lastimosas imágenes de mezquitas incendiadas.
La emotiva incineración de la fe es tan perceptible en Teherán, la capital, como en Mashad, en Isfahán, en Tabriz.
Nadie defendió a Bashar
El disparate inflacionario llega justamente en el momento de máxima vulnerabilidad.
Costó en Siria la caída abrupta de la dinastía alauita de los Hasad.
Extinto padre Hafez y Bashar hijo.
Los alauitas fueron históricos aliados tradicionales de los chiitas.
Los Hasad se mantuvieron 70 años en el poder para ser desalojados en menos de una semana por Abu Mohammad al-Golani, mero efecto colateral del menjunje etnológico que supo mezclar vestigios de Al Qaeda con sobrevivientes del Estado Islámico.
Junto a la bella Asma, estilizada esposa inglesa, Bashar supuestamente reside en una dacha de las afueras de Moscú, protegido por el Zar Vladimir Putin, Pleno Otoño del Patriarca, y debe preguntarse cómo pudo habérsele escurrido el poder con tamaña celeridad.
Nadie podía defender a Bashar.
Aunque mantiene la base mediterránea en Tartus, Zar Putin se encontraba inmerso en la epopeya de despedazar la que fuera República Socialista Soviética de Ucrania.
Mientras tanto Jamenei, con 86 años, estaba acosado y haciéndole frente al conflicto nuclear. Plantaba la fatwa a Rafael Grossi mientras padecía los ataques satánicos sucesivos de Estados Unidos y -cuándo no- de Israel, que en simultáneo reducía la sanguinaria banda sunnita de Hamas como a la banda chiita y libanesa de Hezbolá.
Al cierre del despacho, la prensa occidental impacta con el detalle de las desventuras de Reza Ciro Pahlaví, el hijo del Sha, un cortesano de 65 años que se predispone a capitalizar, desde Maryland, la repentina rebelión, a los efectos de estimular, entre el desvarío, el regreso de la monarquía.
Pero la historia suele ser también lo suficientemente sabia como para admitir tanta excesiva circularidad.
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