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El turno de Rajoy

A diferencia de sus homólogos de Grecia e Italia, el flamante presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, no es un tecnócrata.

Sino un político que, a pesar de que nunca hubo duda alguna de que iniciaría su gestión con un ajuste muy duro con la esperanza de congraciarse así con "los mercados", triunfó por un margen respetable luego de una campaña electoral.

Así y todo, si bien la base de sustentación de Rajoy es mucho más fuerte que las de Lucas Papademos y Mario Monti, nadie ignora que, como afirmó en su discurso de investidura, "afrontamos enormes dificultades". De éstas, la más imponente tiene que ver con la tasa de desocupación del 23% de la población registrada como activa y, lo que es más alarmante aún, del 45% de los jóvenes. Para enfrentarla, Rajoy apuesta a la flexibilización, una receta que suele ser eficaz pero que, por motivos evidentes, se verá resistida por los sindicatos, por la alicaída oposición socialista y también, de manera menos coordinada, por los muchos que a pesar de todo lo ocurrido en los años últimos confían en la capacidad del Estado para defender los derechos de los trabajadores. En este ámbito como en tantos otros las tradiciones españolas se asemejan a las nuestras, razón por la que han fracasado los esporádicos intentos de destrabar el mercado laboral.

Además de querer llevar a cabo lo que llama "una reforma integral del mercado de trabajo", Rajoy se propone congelar los salarios de los empleados públicos, limitarse a reemplazar a aquellos que cumplen funciones imprescindibles en salud y seguridad y eliminar las "prejubilaciones" para quienes aún no han alcanzado los 67 años. Como era de prever, los cortes anunciados por el nuevo jefe de gobierno merecieron las críticas de los voceros opositores, aunque se asemejan bastante a los previstos, a regañadientes, por los socialistas encabezados por José Luis Rodríguez Zapatero. Si algo distingue la política económica de Rajoy de la de Zapatero, esto es que el líder del Partido Popular está realmente comprometido con el programa de austeridad que acaba de poner en marcha, mientras que su antecesor como presidente del gobierno se sintió obligado por las circunstancias a tomar medidas que no le gustaban en absoluto.

De todos modos, Rajoy y Zapatero comparten la misma fe en el euro, el que según el popular es "una moneda de primera" y por lo tanto una de las "enormes fortalezas" de su país, pero sucede que es en gran medida a causa del euro que España está en crisis. Conforme a las pautas actuales, la deuda pública, del 66% del producto bruto anual, no es excesiva –en Alemania ronda el 80%, en Francia el 85% y en Italia el 120%–, mientras que su sector financiero parece relativamente saludable. Si España ha caído en un pozo, es porque su productividad es llamativamente inferior a la de Alemania pero durante años sus empresas pudieron disfrutar de créditos a tasas apropiadas para países mucho más dinámicos.

En el pasado el gobierno hubiera atenuado los problemas resultantes devaluando la peseta, pero en la actualidad no cuenta con dicha alternativa, razón por la que tanto los socialistas de Zapatero como, a partir del martes pasado, los conservadores de Rajoy han tenido que hacer un esfuerzo por mejorar la competitividad mediante una serie de devaluaciones internas con el propósito de seguir formando parte de la Eurozona cueste lo que costare. Sin embargo, tal y como están las cosas la batalla heroica que han emprendido los españoles podría resultar inútil. De estar en lo cierto quienes creen que el euro tiene los días contados por suponer que tarde o temprano los habitantes de los países forzados a ajustarse una y otra vez no estarán dispuestos a tolerar años de crecimiento a lo mejor lento, con un nivel muy alto de desocupación, bajo tutela alemana, algunos, comenzando con los griegos, podrían llegar a la conclusión de que les convendría más independizarse. Por lo demás, el que ya se haya puesto a hablar no sólo en Londres y Nueva York sino también en Berlín, París y Bruselas del eventual colapso del euro hace pensar que la voluntad de defenderlo a cualquier precio está comenzando a flaquear, sensación que, claro está, incidirá en el ánimo de "los mercados".