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El evidente aislamiento de la Presidenta

Molesto y fatigado, un gobernador peronista se preguntaba si el gobierno de Cristina Kirchner se ha propuesto provocar a la sociedad.

Extraído de La Nación

Por Joaquín Morales Solá

Molesto y fatigado, un gobernador peronista se preguntaba si el gobierno de Cristina Kirchner se ha propuesto provocar a la sociedad. Esto sucedió antes de que la Presidenta anunciará la posibilidad de conspirativos estallidos sociales en diciembre próximo. Habían existido antes anuncios faraónicos. O declaraciones que niegan lo que es evidente. La propia Presidenta, Jorge Capitanich y Axel Kicillof estarían al frente de esa tarea de incitación a la rebeldía social. Ningún problema de la sociedad (economía e inseguridad, fundamentalmente) se resuelve nunca. ¿Por qué le agregan la frivolidad a la impotencia? Aquel gobernador supone que el Gobierno anda detrás de una profecía autocumplida. Quizá se equivoque: podría no haber una estrategia. Es chapucería, no más.

La provocación o el aislamiento tuvieron ayer un nuevo capítulo con el discurso de Máximo Kirchner.

El inconstitucional proyecto de reelección de su madre se había terminado con la derrota bonaerense de octubre pasado. El hijo presidencial lo reflotó en medio de una fiesta camporista.

Sus palabras fueron claras. Sólo un Kirchner puede expresar al kirchnerismo. Ni Daniel Scioli ni Florencio Randazzo sirven para eso. Sólo su madre expresaría la continuidad. ¿Distracción? Es posible, aunque también apareció el inconsciente con su carga de sectarismo y pertinacia.

El país es otra historia. Un dato nuevo de la economía es que se registró una fuerte pérdida de trabajo en los cordones de los grandes centros urbanos del país. Rosario, Córdoba, La Plata, Capital Federal. Son también los lugares más conflictivos. El fenómeno acompaña una caída que no tocó fondo aún de la actividad económica y una inflación que, según mediciones privadas, perforó el techo del 40 por ciento anual (40,9). En esos momentos de vacilaciones, Cristina eligió hablarle a la sociedad de una reedición del neoyorquino Central Park en la isla Demarchi y de la construcción de la torre más alta de América latina en ese lugar para hacer proyectos audiovisuales.

El caso es preocupante. Ni siquiera sirve el argumento de que estaba buscando crear una polémica artificial para encubrir el malestar real. Esa es una vieja treta de casi todos los gobiernos. Aun así, la polémica ficticia debe ser verosímil para tener cierta repercusión social. No es éste el caso. ¿Qué le pasa a la Presidenta, entonces? ¿A qué grado de aislamiento llegó como para creer que la promesa de un Hollywood folklórico podría disipar el miedo a perder el trabajo, los desquicios de la inflación o los crímenes de la inseguridad? Cristina Kirchner está hace demasiados años en el poder (27, si se cuentan los de primera dama de Río Gallegos) y tiene un carácter que rechaza las malas noticias. Mata al mensajero. No hay mensajeros, claro está.

Capitanich dijo que la pobreza está erradicada. Pocos días antes, el prestigioso Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica difundió un estudio que daba cuenta de la existencia de 5 millones de niños y adolescentes pobres en el país (800.000 son indigentes). No podrían existir niños pobres sin padres pobres. El mismo Observatorio aseguró en abril pasado que la pobreza en la Argentina alcanza al 27,5 por ciento de la sociedad. Es un organismo técnico, políticamente imparcial.

La invisibilidad de ciertas personas es un recurso histórico de los gobiernos autoritarios. Ignoran lo que no desean ver. Es, al mismo tiempo, un instrumento extremadamente conservador. Si el Gobierno no reconoce lo que es evidente para cualquier argentino que camina por la calle, entonces el problema quedará intacto o se agravará. Tan insensible como la declaración de Kicillof: "Un pobre más o un pobre menos es metodológicamente poco serio". Es el académico al que sólo le importan las estadísticas o los porcentajes. Cualquier argentino que sufre la pobreza o el hambre es una ofensa que interpela a la política.

Esa ausencia de política es lo que aflige a los gobernadores. Temen perder sus exiguos reinos en manos de candidatos de Mauricio Macri o de Sergio Massa. Pero ya no existe la "liga de gobernadores" que hubo en tiempos de De la Rúa o de Duhalde. Estos gobernadores (De la Sota es la única excepción peronista) no tienen temperamento ni condiciones financieras para enfrentar a nadie. Saben describir la crisis de la política y la economía, pero la sublevación les está prohibida. Sin capacidad de emitir moneda y desaparecida cualquier ilusión de financiamiento externo, dependen del gobierno nacional para pagar los sueldos a fin de mes. Su proyecto político se reduce a esa insignificancia. En el gobierno más unitario de la democracia argentina, los gobernadores se han convertido en simples delegados del gobierno nacional.

Algunos gobernadores se reunieron con Daniel Scioli para proponerle una fórmula de unidad, que se concretaría en una interna de todos los candidatos, incluido Massa, dentro del Partido Justicialista. ¿El PJ se iría entonces del Frente para la Victoria? Sería el escenario ideal para que Cristina pueda denunciar el golpismo peronista. ¿Massa volvería al PJ para disputar con Scioli? El problema de Massa es que muchos argentinos creen todavía que nada lo diferencia a él del resto del peronismo y del kirchnerismo. El ex intendente de Tigre puede ser muchas cosas, menos un suicida.

La prestigiosa revista The Economist publicó una nota con un titulo tan sugerente como perturbador: "El regreso de los vientos en contra". Se refiere a las economías emergentes y, sobre todo, a la caída de los precios de las materias primas. Comprende a la Argentina. El país podría estar, en efecto, en las puertas de una crisis externa. El sector de los agronegocios supone que el precio de la soja podría derrumbarse el año próximo hasta los 330 dólares la tonelada. El precio del maíz podría irse también por ese tobogán. Si fuera así, la Argentina perdería entre 5000 y 6000 millones de dólares, casi todo el superávit comercial. El default técnico o parcial declarado tras la crisis irresuelta con el juez norteamericano Thomas Griesa dejó al país sin dólares adicionales. El comercio internacional lo condenará a contar con menos dólares aún. Cristina Kirchner se está preparando, además, para un largo default.

El problema consiste en que la escasez de dólares no es neutra ni carece de consecuencias. La crisis de la industria automotriz, que provocó en los últimos días varios enojos públicos de la Presidenta, está vinculada con esa carencia. El término que usó Cristina ("encanutar") es casi pandillero, pero refleja una realidad. Hay automotrices que prefieren no vender autos, porque no saben si podrán reponerlos o cuánto les costará reponerlos. Esta es la verdad que se esconde detrás de la polémica.

La industria automotriz, como casi toda la industria argentina, es muy dependiente de los insumos importados. No hay dólares para pagar esos insumos. El sector automotriz está debiendo casi 3000 millones de dólares en insumos que compró en el exterior y que el Banco Central no le permite pagar. Las casas matrices de las fábricas de automóviles pagan en el exterior algunos insumos. Pero ya adelantaron que no seguirán con esa práctica, porque además las filiales locales tienen prohibido desde hace mucho tiempo girarles dividendos a sus matrices. Una importante automotriz ya anticipó que podría levantar su fábrica en la Argentina.

Esa es la historia que afecta a la gente de a pie. La reelección de Cristina no es su preocupación. El conmovedor aislamiento presidencial es consecuencia también de la anorexia política e institucional. No hay un solo mecanismo que funcione para modificar los desvaríos de un gobierno que se va.