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Escritor Periodista

El default es un viejo amigo

Ahí vienen los buitres (II): la milonga inmóvil del gobierno no concluye en marzo. La parálisis gestionarIa por la deuda dura hasta julio.

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El conmovedor opus del Fondo Monetario Internacional, festejado con admirable algarabía, fue redactado por el ministro Martín Guzmán, Alias Gardelito (tal vez ya Gardel).

Supo Gardelito explotar el sentimiento de culpa de las autoridades renovadas del Fondo.

Marca la primera gran revelación: los funcionarios internacionales tienen sentimientos.

Burócratas anteriores fueron relevados. Resistían la demencia de otorgar el préstamo electoral decidido por Donald Trump, The Fire Dog.

Pobres: Dipton, Wenner, Cardarelli. Deben resignarse a quedar mal parados en la estampa de la historia.

Consta en actas el esmero de Alberto, El Poeta Impopular. Acumuló positivas postales macristas por Europa.

Consta también que se celebra el sigiloso reproche de La Doctora.

El dardo lanzado desde Cuba, mientras aplaudía el presidente cubano Miguel Diaz Canel (el Alberto de Raúl Castro).

Los tres -Gardelito, El Poeta Impopular y La Doctora- lograron confirmar -desde el organismo multilateral- la insistente “insostenibilidad de la deuda”.

La imposibilidad, tanto “económica como política”, de pagarla.

Juntos, los tres consolidaron la insolvencia patriótica del país.

El relativo orgullo por el quebranto digno.

Arrugar pero que no parezca

Recrear detalles de la negociación, marcados por la trascendencia del drama teatral (para Carlos Gorostiza, tal vez Agustín Cuzzani).

“No nos pidan más ajuste fiscal, ni exijan reformas estructurales. Las vamos a hacer sin decirlas”.

Arrugar pero que no parezca.

“Sean ustedes los que reclamen el zarpazo a los tenedores privados. Lo ideal sería un 40%.

Quédense con los 13 mil palos que nos tendrían que dar, en virtud del crédito Trump-Lagarde-Mauricio, que se fue a la lona”.

La milonga inmóvil

Acertó Alberto en tomar la deuda como exclusivo problema prioritario. En quedarse quieto, sentado sobre la caja del Estado, el Gorro Frigio.
“No designar implica ahorrar”.

El desierto de los ministerios, secretarías y organismos se legitima por el ahorro de los salarios que no se pagan.

(Alberto también tiene un poco de imaginación para juntarla).

Hasta hoy, la problemática de la deuda derivó en el pretexto utilitario para justificar la especulativa inmovilidad.

Pero de inmediato habrá que inventar algo. Dejar la producción de fotos, como entregar un DNI.

Deben ponerse a trabajar, sin ir más lejos como El Wado, con cama adentro en su ministerio.

O como Daniel Arroyo, Gestito de Idea, en la distribución piadosa, franciscana, de lo que calma la mayor demanda. El hambre.

Recurrir al Plan B sin sortear, de pura casualidad, el Plan A, que consistió, en definitiva, en embocar al Fondo. Con la elaboración de la culpa.

Debe fingirse, en adelante, el predominio de la acción.

Porque la milonga inmóvil de la deuda se planificó para los primeros tres meses.

Pero al final de marzo, a los cien días, no va a pasar tampoco nada. Ni registrarse ninguna propuesta plausible para los bonistas privados.

Con suerte, eficiencia y buena letra, la milonga inmóvil puede devorarse el otoño entero.

Hasta los albores de julio y con la adrenalina fugaz de la monotonía. 

El mercado. Conjunto de atorrantes 

El “mercado” es un conjunto complejo de atorrantes.

Pero hay que conocerlo. No es para iniciados teóricos que nunca llevaron la contabilidad de un puesto de ventas de hotdogs.

Ni siquiera de un consorcio de departamentos de clase media, como los que hicieron poderoso al señor Santamaría.

El “mercado” se encuentra dominado por los fondos de inversión excelentemente descriptos por Nicholas Shaxson en “Las islas del tesoro”.

Fondos que se recargaron de los bonos dispersos de carilinas argentinas.
Fidelity, BlackRock, Pincom, Templeton. Y otros innumerables buscapinas a la carta que tal vez puedan aceptar la quita del 20%, bajar la tasa.

O no aceptar la quita ni bajar la tasa un pepino. O aguardar que bajen los bonos un poco más y suba el riesgo país otro poco.

Para que pasen, de los 40 centavos de hoy, a los 25, con la ayuda elevada del “riesgo” a 2.500.

Para que todos los bonos carilinas se los compre el Fondo Elliot.

Y mister Paul Singer, El Buitrero, se disponga a soltar generosamente los buitres. A pleitear y esperar diez o quince años, para cobrarlos como si fueran de verdad.

Se necesita un nivel de interlocución sofisticado que seguramente tropieza con prejuicios ideológicos.

Porque se impone contratar un banco de inversión especializado, que actúe como intermediario entre el Gorro Frigio y las multiplicadas variables de inversores.

Con Carlos Heller, El Tovarich, infortunadamente no alcanza.

La artesanía inicial del franeleo deriva en traslados hacia Washington. Con presentación de propuesta en el Club de Susanita Segal, La Permanencia, llamado Council.

Con sesiones en Frankfort o Tokio, al mejor estilo Guillermo Nielsen.
En simultáneo debe atenderse a las bandas de fondistas unificados que eligen, de pronto, un representante que debe ser atendido en Buenos Aires.
(Ojo, no basta ablandarlo con una manifestación de protesta).

Cuesta, desde el gobierno popular, avalar la licitación que contenga el Merrill Lynch, el Morgan Stanley, Bank of América.

O la Banca Rotschild (para tirarle un pase amable a Emanuel Macron, El Principito de Saint Exupery).

Pleno de carnaval

En “Ahí vienen los buitres” (cliquear) se anticipó que, con el FMI, el juego estaba servido.

Porque el propio Fondo, después del papelón electoral, necesitaba arreglar.
El problema es que Trump, con los fondos privados, tiene “injerencia cero” (como Alberto decía de La Doctora, a propósito de la toma de decisiones).

El juego que se abre es para especialistas. Contratar el Banco de Inversión al 0,2 o al 0,5 por mil de lo reestructurado, con o sin generosidad retributiva.

Aparte hay que disponer, en Hacienda, con titanes de las finanzas que conozcan las vueltas de tornillo de los buscapinas de Wall Street.

El funcionamiento seguramente injusto y pragmático del mundo.

Pero el fantasma del default, aquí, no hace temblar a nadie.

Para Argentina el default es un viejo amigo.

Aplaudido, incluso, en ceremonias parlamentarias de barras bravas.

El riesgo es caer, otra vez, en los brazos del amigo default, pero por mala praxis.

Al cierre del despacho, en la plenitud del carnaval, Gardelito jugó otro pleno en Arabia Saudita.

Con La Cristalina, en la reunión del G-20 que reproduce la melancolía amarilla.
Por el G-20. Conjunto de atorrantes internacionales con los que Macri, El Ángel Exterminador, creyó conquistar la inmortalidad.

Por la calidez brindada en su hotelería. Por la seducción del ojo de bife. Por la irrupción contenida, en el Teatro Colón, del llanto.

 

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