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¿Cristina es mejor que Néstor?

*Por Luis Majul. La idea de un Operativo Manos Limpias dentro del gobierno es algo que se viene escuchando, cada vez con menos timidez, entre quienes trabajan cerca de Cristina Fernández.

Lo describió Alfredo Leuco ayer en Perfil, con lujo de detalles. El dato central es que ya no entrarían más valijas con dinero de empresarios amigos ni a Olivos ni a la Casa Rosada. Que la Presidente instruyó a sus asesores más cercanos para que nadie fomente la oferta o recepción de coimas. Que el pase a segundo plano del jefe de gabinete Aníbal Fernández y el ministro de Planificación Julio De Vido es una fuerte señal de nuevos y buenos aires. Que la designación de Juan Manuel Abal Medina en la Secretaría de Medios y la de Nilda Garré en el Ministerio de Seguridad son gestos contundentes en el mismo sentido. Que las directivas de Cristina Fernández para ponerle límites al secretario general de la CGT Hugo Moyano deben ser analizadas en la misma dirección. ¿Cuánto hay de verdad y cuanto de operación política entre quienes informan, desde el propio Gobierno, sobre este nuevo estado de cosas?

Durante la última cena de su vida, Néstor Kirchner comió en su casa de El Calafate, junto a la presidenta, Lázaro Báez y su esposa. Báez, el hombre que pasó de cajero del Banco Nación de Santa Cruz a manejar más del 90 por ciento de la obra pública de esa provincia, sigue teniendo, con la jefa de Estado, una relación fortísima, personal, y sin fisuras. Esa es la pura verdad, más allá de los anuncios.

A Garré tampoco se le puede negar su profunda vocación para terminar con los nichos de corrupción en la Policía Federal. Pero el dato fuerte es que después de las denuncias sin pruebas que lanzó la ministra en una charla partidaria junto a Horacio Verbitsky, la Presidenta le mandó a decir que no le parecía muy adecuado hablar antes de hacer. El mensaje implícito de la jefa de Estado fue claro: no se puede acusar de corrupción a una fuerza que estuvo manejada, desde 2003, por su antecesor, el ex presidente Kirchner, y al actual jefe de gabinete, quien en su tiempo libre escribe zonceras.

También es evidente que Cristina Fernández se siente más cómoda, desde el punto de vista ideológico, con Carlos Zannini que con Julio De Vido. Pero eso no significa que el primero sea la reencarnación del Bien y el segundo El Mal Absoluto. Solo hace más visible el alejamiento voluntario de De Vido, a causa de la diabetes y el estrés, y el acercamiento raudo de Zannini, quien, días después de la muerte del ex Presidente, gritó, en público, frente a decenas de militantes kirchneristas:

¡Ahora sí vamos por todo!

Juan Manuel Abal Medina, todavía, es una incógnita. Formado en la línea ética de Carlos Chacho Alvarez, un hombre que no dudó en denunciar la corrupción en el propio gobierno que integraba, trabajó junto a Alberto Fernández y también Sergio Massa en la jefatura de gabinete. Abal Medina, hasta ahora, parece manejar la millonaria caja de la publicidad oficial de la misma forma arbitraria con que se lo venía haciendo hasta que llegó: a los medios y periodistas amigos todo, y a los considerados críticos nada. Cuando se sinceran, los hombres de Abal Medina afirman que ellos desprecian tanto al Grupo Clarín como a los empresarios periodísticos aventureros que se volvieron kirchneristas para hacerse millonarios, pero los pocos datos públicos de la distribución de publicidad oficial parecen desmentir aquellos nobles sentimientos.

Lo mismo sucede con el Caso Moyano. Un hombre de la Presidenta que trabaja en una superintendencia del ministerio de Salud sostiene que Cristina lo desprecia y que, tarde o temprano, va a hacer lo necesario para limitar su influencia dentro del Gobierno y el Partido Justicialista. Pero la realidad, hasta ahora, es que desde que murió Néstor Kirchner, Moyano y sus aliados siguen acaparando más espacios de poder y lograron que la Presidenta firmara la liberación de $ 250 millones para planes especiales que el camionero venía reclamando desde hacía mucho tiempo.

La idea de que Cristina es mejor que Néstor tranquiliza a quienes pretenden imponer una renovada mística al futuro gobierno de la presidenta, pero podría inquietar a la propia jefa de Estado, a una parte de la actual administración y a los formadores de opinión que todavía tienen memoria.
A la Presidenta, porque resultaría para ella muy incómodo reconocer que convivió tantos años con un hombre que no ponía a la transparencia entre sus principios y sus valores.

A la actual administración, porque tampoco nació de un repollo. De hecho, funcionarios multiprocesados como Ricardo Jaime y Héctor Capaccioli formaron parte del gobierno de Kirchner y de Cristina Fernández también.

Y a los formadores de opinión, porque deberían estar al margen de la ola triunfalista que borra todos los males. Siempre es mejor que desde lo más alto del poder haya quienes envíen la señal de que no van a tolerar el menor acto de corrupción.

Pero a la corrupción del Estado se la combate y se la limita cuando se la investiga y se la condena por vía de la justicia. Y no a golpes de efecto o expresiones de deseo.